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sábado, 2 de marzo de 2002
Crítica:

La alquimia en quintaesencia

Veinticinco especialistas de diversas áreas científicas y del pensamiento repasan en Alquimia. Enciclopedia de una ciencia hermética la historia de la ciencia, la filosofía, la psicología y el ocultismo en torno a la más oscura y deseable de las artes.

Las huellas que ha dejado en nuestra lengua común la actividad alquímica (desde la quintaesencia y el elixir hasta el baño María y el cierre hermético) pueden testimoniar la importancia que tuvo su práctica. Y no es de extrañar: nacida en el Egipto helenístico, de donde la cogieron los árabes, retomada con fuerza en el Renacimiento y convertida en moda cortesana en los siglos XVI y XVII, sus principios estuvieron activos hasta casi el siglo XIX y, en su vertiente ocultista, aún no han desaparecido. Numerosos pensadores y científicos, de Ramón Llull a Newton y Goethe, se movieron en su estela, y lo cierto es que de la alquimia nació la química moderna, en muchas técnicas y conceptos.

ALQUIMIA. ENCICLOPEDIA DE UNA CIENCIA HERMÉTICA

Claus Priesner y Karin Figala (editores) Traducción de Carlota Rubies Herder. Barcelona, 2001 526 páginas. 36,75 euros

Quizá la forma ideal para abordar un fenómeno tan complejo y dilatado sea la enciclopedia: 25 autores, historiadores de la ciencia y de la técnica, de la medicina, del pensamiento y de la literatura se unen para redactar un numeroso conjunto de artículos que, unidos a las ilustraciones, despliegan un asedio múltiple sobre el tema. Entradas para elementos químicos (fósforo), sustancias (potasa, sal), conceptos filosóficos o místicos, personajes (Arnau de Vilanova, Rodolfo II), laboratorio o instrumentos, más un excelente índice, permiten diversas entradas a la obra.

El Papiro Leiden (egipcio, hacia el siglo III) es la primera fuente que existe de técnicas metalúrgicas y de tinción. Es muy probable que la investigación en tintes fuera uno de los primeros motores de la química (sobre su importancia véase Malva. Historia del color que cambió el mundo, Simon Garfield, Península, Barcelona, 2001). Pero lo cierto es que, ya desde esta temprana muestra, se recoge la intención de falsificar metales preciosos. El paso del fraude al intento de lograr la transmutación marca el inicio de la alquimia. Las bases filosóficas que avalaban esta posibilidad eran nada menos que la filosofía aristotélica, con su distinción entre materia prima y forma, y la consideración de cuatro elementos iniciales.

La compleja historia de los tanteos para conseguir fabricar oro a partir del mercurio, el azufre y otras sustancias, se ve complicada por el hecho de que el saber alquímico se ocultaba a los no iniciados con un lenguaje confuso. Las sustancias empleadas podían recibir el nombre de otras, o bien recibir denominaciones genéricas, a las que se añadía el posesivo nuestro (nuestra agua). Nombres de animales o figuras de la mitología clásica podían también ocultar operaciones o productos. Se usaban signos especiales (de los que esta obra tiene un bello apéndice) para hacer referencia a los elementos. Abundaban las paradojas y los enunciados oscuros: 'Piedra que no lo es, lo desconocido que todos conocen'. En el siglo XVII, y coincidiendo con la locura europea por los emblemas, imágenes oscuras (hermafroditas coronados, garras de águila en la roca) tomaron con frecuencia el lugar de los textos.

Las operaciones alquímicas -calentar al horno o dentro de agua, evaporar, ...- exigían un gran conjunto de aparatos: matraces, serpentines..., muchos creados ad hoc para ciertas operaciones. Para devolver un gas condensado a su recipiente, se usaba una especie de cono de vidrio llamado pelícano.

Pronto la filosofía cristiana se unió al conjunto de significantes que se fundían en la alquimia. En esa visión, el adepto, en paralelo con la transmutación del metal, se hallaba inmerso en un proceso de purificación religiosa, y toda la utilería alquímica cobraba nuevos significados. Como el pelícano era símbolo de Cristo (se creía que, faltándoles alimento a sus crías, se abría el pecho con el pico, para que comieran de él), el proceso de destilación repetida en el que se usaba el instrumento pelícano podía adquirir una lectura crística.

La fundación y refundación de los Rosacruces y su influencia sobre las comunidades masónicas creó grupos de adeptos que tomaron de la alquimia sobre todo el aspecto espiritual, cuyo último eco está en el siglo XX, cuando Carl Gustav Jung explicó la búsqueda de la piedra filosofal en clave de desarrollo del individuo. Como resumen de una historia tan larga, veamos el caso de Hermes Trismegisto (es decir: 'Tres veces grande'). El texto que se le atribuyó, La tabla de esmeralda, fue uno de los fundamentos de los alquimistas. Pero jamás existió una persona con ese nombre (pues es una fusión de los dioses Hermes y Thot, que ya se encuentra citado en la piedra Rosetta). El texto apareció en árabe en el siglo VII. Pues bien: La tabla de esmeralda sigue guiando a los místicos contemporáneos, y se encuentra hoy día en cualquier librería ocultista.

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