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sábado, 26 de enero de 2002
Crítica:MÚSICA

Rory McLeod, trovador de la calle

Antiguo artista circense, hombre ambulante y agitador de izquierdas, el cantautor londinense regresa al estudio con Mouth to mouth, un pletórico disco doble en el que presenta 28 canciones del más auténtico folclor británico sobre temas como los hijos y críticas a los telepredicadores, el racismo o los matrimonios irreflexivos.

Paso al hombre de la calle. Rory McLeod se yergue como un genuino producto del pueblo, símbolo del hombre nómada e irredento que termina agitando conciencias y clavando canciones como puñales. La poesía proletaria de McLeod ya se había vertido a lo largo de dos décadas y cinco trabajos repletos de amor, protesta y melodías contagiosas, pero puede que nunca haya bullido con tanta fuerza como en Mouth to mouth, el doble álbum (28 canciones, dos horas de duración) que acaba ha publicado en su discográfica, Talkative Music.

Nuestro personaje nació en Londres a finales de los años cincuenta, pero en su caso la adscripción geográfica precisa de varias líneas adicionales. Hijo de un 'sindicalista, comunista y ateo' de Glasgow, se casó muy joven con la hija de una familia rusa de religión judía y enseguida descubrió el veneno de viajar por medio mundo. Sin dinero ni plan preconcebido, claro.

Allá por 1976 ya se dedicaba a vender armónicas en Afganistán ('siempre me pregunto qué estarán tocando con ellas ahora'), una ocupación a la que siguieron temporadas en Alemania, Belice o México, donde se enroló en la vida circense. 'Un amigo de la escuela de arte londinense me había enseñado los rudimentos de comer fuego. Yo además ejercía de payaso en un número musical. El circo significaba aventura y cambiar de lugar cada pocos días', rememora divertido. En realidad, sólo el peligro de un cáncer de garganta le ha disuadido de seguir escupiendo llamas ocasionalmente.

En la década de los ochenta llegaría la aventura estadounidense en las calles de Austin, Tejas. Y la referencia a las calles carece aquí de valor metafórico. 'Dormía en las aceras, en barrios por donde hasta los taxistas se negaban a transitar, y por las noches empecé a cantar mis propias canciones en un bar de la resistencia antirrepublicana, el Emma Joe'. En aquella ciudad también se cruzó con algunos grandes nombres de la canción americana, como Lucinda Williams, Townes Van Zandt o Nanci Griffith.

Con un periplo vital tan agitado, es inevitable que la música de McLeod rezume bastardía por cada uno de sus poros. Rory ha escuchado muchas horas de Beatles, Paul Anka, Sonny Boy Williamson, Duke Ellington, Dylan, ska y reggae del más variado pelaje y, por vía paterna, música tradicional irlandesa. Su lista de colaboraciones incluye mujeres con carácter (Ani DiFranco, Michelle Shocked), concesiones al tex-mex (Flaco Jiménez), las deliciosas armonías malgaches de Tarika y dos nombres mayúsculos del continente africano, Hassan Erraji y Ali Farka Toure. ¿Un alarde cosmopolita? 'Si la pregunta alude a lo de las músicas del mundo, diré que recelo de esa denominación. No se puede viajar desde el sofá de tu salón, del mismo modo que no puedes pensar que has cruzado 50 fronteras en un fin de semana sólo por asistir a un festival étnico', advierte.

Mouth to mouth, el álbum que sucede a títulos como Kicking the sawdust (1987), Travelling home (1992) o Lullabies for big babies (1997), es un apabullante tratado de folclor británico, 28 disparos de genuino sabor trovadoresco. 'Las canciones deben ser así, sencillas y poderosas', demanda su autor. 'Nunca me gustó la psicodelia pretenciosa de los años sesenta, ese misticismo ininteligible que a mí me recuerda al cuento de El traje nuevo del emperador. Yo podría tocar mi música aunque se fuera la luz en medio del concierto'.

En la portada de Mouth to

mouth, Rory comparte manzana y carantoñas con su retoño Solly, de cinco meses en el momento de la imagen. El bebé es fruto de su relación con la escocesa Aimee Leonard, la excelente cantante del grupo Anam, que en este disco se encarga de las segundas voces. Tan entrañable panorama familiar propicia temas deliciosos, como When Mum & Daddy made me (Cuando mamá y papá me concibieron), pero también hay hueco para mensajes mucho más ácidos. Así, God loves me despelleja a los telepredicadores norteamericanos, What would Jesus do? alerta sobre las conductas racistas bajo el cristianismo o One man's folly deplora los casamientos irreflexivos. Los mejores momentos adquieren forma de canciones de amor: Unlearning song, London kisses, You were everywhere, Patron saint of loneliness...

Rory compone, canta, zapatea, sopla su inconfundible armónica, golpea las cucharas, estira el trombón. En ninguna de estas facetas se rige por la escolástica; él prefiere guiarse 'por las conexiones emocionales'. Y resume: 'Hace años decidí que mi abuela debía entender mis canciones para que yo las diera por buenas. No busco ser demasiado poético, sino celebrar que estoy vivo. Y en el fondo sólo sé hacer canciones de amor, aunque algunas resultan más agrias que otras...'.

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