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viernes, 18 de enero de 2002
PERFIL

La palabra culta

Hablar con Camilo José Cela constituía una delicia, por la fluidez y expresividad de su palabra, siempre culta y amena. Era un hombre, efectivamente, de palabra culta, lo cual a algunos les causará sorpresa pues en ciertos ámbitos -y en determinadas ocasiones- trascendió de él la virulencia con que respondía a los ataques, las descalificaciones o sencillamente las razonadas críticas adversas acerca de su personalidad y de su obra.

Era Cela, asimismo, amigo de bromas, si estaba en confianza, para lo cual utilizaba los más llanos vocablos de la lengua castellana, no más que por hacer reír, y sin embargo esto también lo utilizaron sus detractores para ratificar la imagen ya divulgada de su zafiedad y su chocarrería.

Mas no hubo tal y todo aquello se quedaba en la maledicencia. Hasta el término tremendista que se utilizó (e hizo fortuna) para determinar el contenido de La familia de Pascual Duarte -una de sus obras capitales- lleva en sí cierto matiz descalificador. Efectivamente, el término se ha solido utilizar para definir (y en realidad descalificar, efectivamente) el realismo desmesurado que emplearon en la primera mitad del pasado siglo muchos artistas plásticos y escritores españoles. Cuando en La familia de Pascual Duarte, durísima en su relato, trasciende la anécdota y nos presenta de forma descarnada los personajes lúgubres y patibularios de una España tétrica y siniestra que también existió.

El ejercicio literario de Camilo José Cela fue de una riqueza léxica y sintáctica auténticamente magistrales. Escribir una obra como Oficio de tinieblas 5 sin signos de puntuación, tal cual hizo el novelista -con un resultado brillantísimo, por cierto-, sólo es posible desde el dominio absoluto del idioma.

Una vez fuimos juntos a los toros. Fue en la plaza de Guadalajara, por su feria, el año 1989 (dos meses antes de que le concedieran el Nobel) y un servidor iba con la curiosidad de saber si Cela había sido alguna vez torero. Él sostenía que sí (aspirante e incipiente, por supuesto), pero yo nunca me lo creí. Se dio la corrida y pude comprobar que del toro, las suertes y el conjunto de la lidia no tenía ni idea. Y, en cambio, conocía sobradamente el rito, las formas y los tópicos y, sobre todo, dominaba el vasto y complicado vocabulario taurino más que el Cúchares. Lo cual me tuvo maravillado y me confirmó el envidiable conocimiento que tenía de la lengua castellana aquel hombre de palabra culta, inminente premio Nobel de Literatura.

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