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viernes, 14 de diciembre de 2001
Tribuna:

Kabul, 1974

En l974 viajé a Kabul con Pau Maragall -el malogrado Pau Maragall-, Ana Briongos, Miguel Briongos y Joan Míguez. Junto a Martí Capdevila, Ana es quien más sabe en Cataluña sobre el Afganistán de aquellos años, y por aquel entonces era amiga de Walid, hijo del primo del rey Zahir Shah, el mismo que ahora vemos en las fotografías, exiliado en Roma.

Kabul era toda de adobe, pero tenía su encanto. Y en medio de aquel conjunto marrón y gris, la casa de la familia de Walid sobresalía por su estilo: estaba construida en estilo Bauhaus, porque su propietario, arquitecto, había estudiado en Viena en l929. Todo esto resultaba un poco surrealista, pero también lo era el que un criado nos trajera zumos de grosella a la piscina,un signo de lujo evidente, mientras que los baños de la casa eran tan primarios y mugrientos como los de cualquier bar de mala muerte de Barcelona. Sí, las mujeres iban con burka (creo que entonces lo llamábamos chadri) y ello nos sorprendió, pero también recuerdo que no nos escandalizó: todo era distinto allá, y ellas hacían la vida especialmente en su hogar, en donde iban con la cara descubierta. Las mirábamos como un inglés debía de mirar a las campesinas españolas de los años treinta,todas vestidas de negro, seguramente tímidas y esquivas con lo desconocido. Y como en la atrasada España de hace 70 años, sólo una pequeñísima minoría culta y adinerada estudiaba. Sin embargo, nadie prohibía a las mujeres pasear por la calle o ir al médico, algo muy distinto de lo que luego sucedió bajo el régimen talibán.

'Una de las mujeres se levantó, como si yo le pareciera una mutante, y siguió con su dedo mis cejas depiladas'

'Somos un pueblo que nunca se ha dejado invadir', te contaban sólo llegar, y te decían que cuando los alemanes quisieron construir un ferrocarril, colocaban los raíles durante el día y los afganos los arrancaban por la noche. Se cuenta que durante una de las múltiples guerras que asolaron el país los afganos dejaron con vida a un inglés y lo enviaron con un burro a Peshawar para que explicara los hechos. Esto da la medida de cómo es el lugar: recóndito, fiero, con unas tribus todas iguales y todas diferentes a la vez, saliéndose siempre con la suya. Y pidiendo siempre dinero al extranjero (entonces era al turista, ahora al reportero, y si ven la película Kandahar, verán otros ejemplos). Detras de nosotros vinieron los rusos, y recuerdo muy bien que conocimos a un funcionario de museo formado en Rusia y que comprendimos que Moscú era entonces -hablo de l974- para un estudiante afgano como Nueva York para un occidental: significaba el progreso, la educación, lo laico.

Fuimos al desierto, con los nómadas. Allá las mujeres iban con la cara destapada y unos maravillosos vestidos de todos colores. Iban cubiertas de magníficas joyas de plata, pero todas nos pedían repetidamente: '¡Nivea!, ¡Nivea!', y también aspirinas. Ana y yo pudimos entrar en la tienda de las mujeres; los chicos pudieron visitar la de los hombres. Mataron un pollo en nuestro honor, un manjar que ellos saboreaban con suerte una vez al mes y que reservaban para los huéspedes ilustres: recuerden que con nosotros iba un familiar del rey y aquella tribu era tambien pastún. Entre sonrisas y un más que rudimentario intercambio de frases sobrevino una acción que nunca olvidaré: una de las mujeres se levantó, como si hubiera visto en mí a una mutante, y siguió con su dedo mis cejas depiladas. Era evidente que era la primera vez que las veía, y yo debí de parecerle una marciana o un ser superior, como aquel español montado a caballo que tanto asombró a los nativos en México.

Esto sucedía no lejos de uno de los parajes más bellos que esta vida me ha dado ver: los lagos colgantes de Bandi-a-mir, cuyas aguas turquesa chocan como uncristal contra el amarillo del desierto y que en invierno se congelan formando unas extrañas estalagmitas.

En cuanto al desierto... nunca ninguno de los otros desiertos que he visto en mi vida han sido comparables en belleza y en color al desierto afgano. Cuando más tarde atravesábamos los campos, éstos recordaban aquellas imágenes de las Muy ricas horas, del duque de Berry: hombres y mujeres faenando tranquilos, con una gran prestancia y dignidad, armónicamente colocados entre el verde en una suerte de composición natural.

Bastante más allá, Mazar-i-Chariff era una ciudad silenciosa, con una mezquita habitada por blancas palomas. Subimos a un montículo arbolado y estábamos descansando de aquel calor agobiante cuando de repente llegaron dos niños a darnos conversación. No pedían nada ni vendían nada, iban vestidos con el sobrio y elegante atuendo tradicional -los bombachos y una larga casaca, todo de algodón- y entonces pensé que aquello era el tiempo detenido y quizá incluso la felicidad.

El resto, ya lo saben. Aquel Afganistán pobrísimo, completamente medieval pero también en cierta medida bucólico, está ahora sumido en la guerra y la destrucción.

El futuro es impredecible, pero retengo una frase leída el otro día en El Mundo: entre las mujeres afganas que se manifestaron en Kabul sin velos para reivindicar su derecho a la educación y al trabajo, algunas lucían 'cejas depiladas y maquillaje', además de llevar chaquetas de cuero. De ser cierto, éste sería un cambio fundamental, y los cambios en Afganistán pasan también, como en todas partes, por la guerra de los sexos.

Victoria Combalía es crítica de arte

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