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viernes, 7 de diciembre de 2001
Crítica:

La casa y el mundo

Que la CIA y sus aviesas, siniestras manipulaciones en los márgenes de la legalidad han ocupado gran parte del imaginario del siglo pasado está fuera de toda duda. Como lo está, igualmente, la escasa simpatía que el cine americano, tal vez por aquello de que sus hombres rara vez van de frente, le ha dispensado, en general, frente al heroísmo que suelen mostrar las hazañas de otros servidores públicos.

O, dicho de otra manera, que aunque para la inmensa mayoría de la población estadounidense no caben dudas sobre que la tal organización debe existir para salvaguardar sus sueños imperiales, nada desearían más que el silencio sobre sus actividades. De la CIA y de ese curioso sentimiento de rechazo que despierta habla esta película, dirigida por un Tony Scott mucho más contenido de lo que nos tiene acostumbrados: ni ampulosos movimientos de cámara, ni fragmentación demencial del plano, ni estridencia en la banda sonora. Si el hermano menos dotado de Ridley Scott ha hecho alguna vez una película sosegada, que permita al espectador contemplar lo que le propone, sin duda alguna es ésta.

SPY GAME

Director: Tony Scott. Intérpretes: Robert Redford, Brad Pitt, Catherine McCormack, Stephen Dillane, Larry Briggman Género: Thriller, EE UU, 2001. Duración: 115 minutos.

La historia que articula Spy game es simple: los desvelos de un veterano agente (Redford), en el último día antes de su jubilación, para impedir que los responsables de la CIA se desentiendan de la suerte de un agente (Pitt) pillado in fraganti por la policía china y expeditivamente condenado a muerte. Lo que el filme desvelará poco a poco, como una cebolla va librando sus sucesivas capas hasta permitir ver su jugoso núcleo, es una doble incógnita: una, por qué ese agente ha hecho lo que ha hecho; dos, por qué un hombre con todo en la mano para disfrutar de un ocaso vital dorado se compromete tanto por la suerte del otro.

Con una estructura de sucesivos flash-backs que iluminan el pasado, y que a algún purista de la narración clásica le pueden poner de los nervios, y con una peripecia que, a pesar de transcurrir casi siempre en escritorios y oficinas, resulta siempre trepidante, Scott compone una historia cuyo interés jamás decrece. Como es norma, todo el peso de lo narrado reposa sobre Redford, excelente, y, en menor medida, sobre Pitt; y de que el espectador se crea la peculiar relación maestro-discípulo que ata a ambos depende mucho que su interés no decaiga.

Redford sale bien parado, tanto como para hacer que su venganza sea, de alguna manera, también la nuestra: enésima versión del héroe individual enfrentado a una compleja, pesada maquinaria deshumanizada, la película se eleva por encima de contingencias ideológicas para, en un inteligente juego de sustituciones, poner al espectador en el centro mismo de la intriga, lo que le garantiza lo que rara vez alcanza este tipo de ficciones: atención, interés, adhesión.

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