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sábado, 20 de octubre de 2001
REPORTAJE

La batalla de Mazar-i-Sharif

La Alianza del Norte confía en un rápido desmoronamiento de las defensas talibanes en el norte

La carretera de Salang es otra metáfora de la guerra afgana. Se trata de la única asfaltada del país, la que recorre los 400 kilómetros entre la capital y la norteña Mazar-i-Sharif, pero resulta una calzada inútil, pues no conduce a ninguna parte; sólo es transitable durante 25 kilómetros, hasta el túnel que Ahmed Masud ordenó volar en 1999 para frenar el avance de los talibanes. Construida como expresión de una tímida modernidad en los años setenta, se encuentra destrozada: baches horadados por las minas anticarro y los obuses, puentes dinamitados, pasadizos en los que el sol se filtra por la techumbre y mucha basura bélica, la oxidada pertenece a los soviéticos; la reciente, a este conflicto. Las veredas están salpicadas de pastos y tumbas engalanadas con estandartes verdes, el color del islam; son sepulturas que pertenecen a los muyahidin muertos en combate.

Este paisaje desolador es la prueba de la importancia histórica de Salang. Por este valle impresionante y bello, cuyas montañas más altas se elevan por encima de los 4.000 metros de altura, lucharon todas las facciones, y por él deberán descender las tropas de Rashim Dostum, una vez que tomen la ciudad de Mazar-i- Sharif.

El general de la Alianza del Norte Abdul Basir, responsable del frente de Salang, se inclina sobre la mesa de su despacho, coge un bolígrafo entre los dedos y dibuja un croquis del frente de Mazar-i-Sharif. Parece feliz con las últimas novedades. 'Dostum está aquí, a dos kilómetros del aeropuerto, y el general Astat Ata se encuentra a las afueras de la base talibán de Dedode. La toma de la ciudad es cuestión de días', afirma radiante. Los miembros de su estado mayor, tocados con el pakol tayiko, miran el boceto y asienten. 'Después caerá el norte. Los talibanes cuentan allí con 15.000 soldados, de los cuales 5.000 son extranjeros, y el resto, muchos campesinos movilizados a la fuerza. Confiamos en las deserciones. Así podremos liberar esta carretera y traer más hombres para la conquista de Kabul', asegura el general Basir. 'Estamos en contacto constante con Dostum; en el momento adecuado lanzaremos una ofensiva más allá del túnel para ayudar a sus fuerzas'.

El túnel al que se refiere el general está a 3.000 metros (el más alto del mundo) y tiene cuatro kilómetros de longitud; hoy es un amasijo de hierros retorcidos. La carretera se corta 200 metros antes. En el interior hace frío. Una senda construida con chatarra de vainas, bidones y maderas sirve para salvar el agua que lo inunda y curiosear unos pasos. Se trata de una obra de ingeniería muerta. Las tropas de Basir deberán escalar las montañas para asomarse a las posiciones enemigas.

La fusión de las fuerzas de la Alianza del Norte y del centro podría llevar semanas o meses. Con las primeras nieves, las operaciones militares en las zonas montañosas tendrán que ser suspendidas hasta la primavera. Basir confía en que una conquista rápida de Mazar-i-Sharif provoque la fuga de los talibanes y el desmoronamiento de sus defensas. 'Mazar-i-Sharif no es una ciudad pastún; la población es turcomana y uzbeca sobre todo, y con una fuerte influencia shií. Odia a los ocupantes y su política; confiamos en que la presencia de nuestras tropas provoque un levantamiento interno. La conquista del norte no será una cuestión de meses; estoy convencido de que las cosas pueden ir muy rápidas'.

En el norte de Kabul, los mandos de la Alianza confían mucho en el asalto a Mazar-i-Sharif, donde no media el veto de Pakistán, el aliado de EE UU en esta guerra. Reconocida su incapacidad total para atacar Kabul -admitida de hecho en sus constantes aplazamientos de la llamada ofensiva final-, la Alianza dispone de dos únicas alternativas: el bombardeo estadounidense sobre las primeras líneas talibanes (aviones norteamericanos volvieron a atacar ayer posiciones cercanas a la base aérea de Bagram) o que las tropas del general Dostum se sumen a la ofensiva. 'Con él ganaríamos potencia de fuego; podríamos dominar Kabul sin la ayuda de los americanos', dice una fuente aliancista. Otra, en cambio, apunta: 'No es que Estados Unidos nos prohíba la entrada en la ciudad, pero sería muy diferente que nos ayudara a tomar la ciudad; eso significaría tomar partido'.

Mientras, el valle de Salang se mantiene como una doble metáfora: la de una carretera asfaltada hace 30 años, y que no conduce a ninguna parte, y la de un ejército que debe esperar siempre la llegada de un salvador exterior para lograr sus fines. Los muyahidin aguardan ociosos la orden de atacar. Se entretienen en la limpieza de su vetusto armamento y con los partidos de balonvolea. Parecería un patio de colegio: 25 milicianos en cada bando pugnando, sin árbitro, por un balón, si no fuera porque sus 25 Kaláshnikov reposan en una roca a pie de campo.

Combatientes de la Alianza del Norte se enfrentan a los talibanes en la provincia de Tajar, en el norte de Afganistán. / AP

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