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COLUMNA

El perdón y la historia

Hay que presumir que la Cumbre Internacional contra el Racismo, celebrada en la ciudad surafricana de Durban, se convocó en virtud de honestísimos motivos, pero ya desde sus inicios los augurios no parecían favorables. Dos puntos iban a enrarecer el desarrollo de las sesiones: primero, el anuncio de que muchas delegaciones exigirían a Occidente, por su pasado esclavista, tanto un perdón explícito como reparaciones económicas concretas y, segundo, el problema de Oriente Medio y la intención de condenar el sionismo. Ello supuso la desconfianza primero y la espantada después de Estados Unidos e Israel, aunque muchos otros países también enviaron delegaciones de bajo nivel. De hecho, sólo han acudido a Durban unos pocos jefes de Estado, entre ellos, Fidel I, El Incombustible.

La crisis árabe-israelí absorbió demasiadas energías como para que se pudiera reflexionar acerca de las atrocidades perpetradas en el pasado. Por su parte, muchos estados africanos han insistido en la responsabilidad europea sobre la esclavitud, exigiendo un perdón expreso y la articulación de indemnizaciones. Curiosamente, los estados limítrofes con Sudáfrica, que padecieron operaciones militares durante el régimen racista, han 'condonado' las agresiones del pasado y no responsabilizan al actual gobierno de Pretoria, debido a su 'carácter democrático'. Que el mismo argumento no valga para otras 'condonaciones' demuestra hasta qué punto llega la obnubilación racial.

El problema de las responsabilidades históricas es concretar los sujetos imputables. Culpar a Europa por todas las atrocidades que ha conocido el planeta raya en la inocencia. Cualquier compensación, llevada a la práctica, exigiría unos deslindes comprometidos. No se trata de negar la constatación de tantas acciones vergonzosas cometidas a lo largo de la historia, ni tampoco de renunciar a paliar sus efectos en la actualidad, pero lo cierto es que la responsabilidad histórica, como concepto, es una falacia. La esclavitud ha sido un fenómeno atroz. Se exigen expresiones concretas de perdón. ¿Quiénes deben darlas? En la cumbre se ha aludido a 'los blancos'. ¿Quiénes son? ¿Los polacos? ¿El tráfico de esclavos portugués es imputable a los portugueses contemporáneos o a sus beneficiarios criollos, hoy brasileños? ¿Por qué no se alude al tráfico de esclavos, más prolongado en el tiempo, que realizaron los árabes? ¿Debería por eso pedir perdón hoy día el torturado pueblo palestino? ¿De qué esclavitud se habla? ¿Incluye la que practicaron los imperios amerindios antes de la llegada de los españoles? Aún existe la esclavitud en Níger: ¿deben pedir perdón los tuaregs?

La historia exige la verdad, pero no imputaciones jurídicas colectivas. Por otra parte, la desoladora pobreza de numerosos países se basta y se sobra para imponer a los Estados ricos un compromiso formal a favor del desarrollo. Los alemanes han pedido ya perdón (quizás hasta cansarse). ¿Deberían hacerlo los japoneses por la ocupación militar de gran parte de Asia en la II Guerra Mundial? ¿Deberían pedir perdón, por ejemplo, a los chinos? Pero ¿no deberían pedirlo éstos a los tibetanos? Los campos de concentración son un invento brutal del siglo XX, pero casi nadie recuerda que su primer practicante fue el Imperio Británico sobre los afrikaaners, blancos descendientes de holandeses, tras la Guerra de los Bóers, y ello sin olvidar que fueron los afrikaaners precisamente los máximos responsables del régimen de apartheid que padeció la posterior Suráfrica independiente.

Lejos de Durban, se exige a veces una disculpa por el bombardeo de Gernika. ¿Quién debe pedirla? ¿El actual Estado español? ¿El Estado alemán? ¿Los provectos franquistas que aún vivan? ¿Los neonazis del PND alemán? ¿Merecen los resistentes antifascistas del Madrid republicano que el Estado español cargue con tan sumaria deuda? Y ello sin plantear la segunda pregunta: si es difícil concretar quién pide perdón, ¿a quién debe pedirlo?.

Todo demasiado complicado como para no concluir en el absurdo.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001