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miércoles, 22 de agosto de 2001
Tinto de verano | GENTE

EL BOLO ALIMENTICIO

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Mírenlos, por Dios: un santo y una pájara surcando con su carrito de la compra los mares del Carrefour. Es la tarde de un día de fiesta. Ellos están en contra de la libertad de horarios y a favor del pequeño comercio, son antiglobalizadores, por qué no, están en contra de las multinacionales, así lo defienden, como contertulios furiosos en las radios, en columnas. Entonces, qué hacen aquí. Pues que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. Nos has jodío. Mírenlos, por Dios: si no se les ve, han llenado el carro de bollos industriales y de papel higiénico, porque cuando ellos piensan en sus hijos se hacen a la idea de todo el recorrido del bolo alimenticio, lo que entra por la boca, lo que sale por el culo. Mírenlos, por Dios: a pesar de que llevan 10 minutos dudando entre la melva atunera del Cantábrico o la de las carpas del Retiro -bastante más barata-, ellos no rebajan para nada su nivel intelectual. Ahora mismo, ella (la pájara) le está diciendo a él que el mundo intelectual no la respeta, y que tiene que hacer algo, porque, a ver, qué es ella, una payasa. Él contesta: Mujer, tampoco es eso; sí que es eso, dice ella desconsolada, mientras pide chopped al charcutero; y él por ayudar dice, lo que tienes que hacer es buscarte un territorio mítico, un escritor para ser considerado debe crear un territorio mítico, ahí están la Yoknapatawpha de Faulker, la Vetusta de Clarín, la Santa María de Onetti, el Madrid de Galdós, yo mismo tengo mi propio territorio mítico y me va bastante bien; ella empieza a tener esperanza: tú crees que Moratalaz puede servir, Moratalaz suena un poco a Yoknapatawpha; y él, siempre tan castrante, le dice, Moratalaz suena a Moratalaz, cariño.

Mientras se dirigen a los congelados ella piensa cuál podría ser su territorio mítico. Mueve los ojos y parece que lo quiere encontrar entre los lácteos, las hortalizas... Se llevan cinco bolsas de palitos de merluza. Mírenlos, por Dios, porque no tienen desperdicio: es posible que de entre todas las parejas de intelectuales de la historia ellos sean los más pringados. Es verdad que en este siglo cruel muchos tuvieron que huir de persecuciones, de guerras, pero tenía algo más de nobleza la cosa que eso de estar un día de fiesta cargados de papel higiénico y palitos de merluza. Ay, si las revistas literarias tuvieran paparazzi qué gran exclusiva sería ésta. De todas formas, ellos piensan que algo les distingue, ven a otras parejas empujando los carritos con esa mala leche retestinada, con ese gesto de acabamiento, ellos con los bermudas, ellas con el pelo como mojado hacia atrás emulando a la presidenta, gorditas o gordísimas. Hay algo en nosotros -piensa la pájara- que nos da un aire de distinción. Ahora bajan la rampa automática para marcharse. Ella se mira en el espejo lateral, y ve algo que casi le hace perder el sentido: la rampa está llena de parejas, y la verdad, le cuesta un rato encontrarse porque casi no pueden distinguirse de los demás. Ella (la pájara) piensa que tal vez éste sea su verdadero territorio mítico, pero no se lo dice a él (su santo) porque sabe que salir cargado del Carrefour le pone de mala leche. Como a todos los santos que ahora mismo bajan por la rampa. Y pone cara de víctima (como todas las pájaras).

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