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lunes, 11 de junio de 2001
DE LA NOCHE A LA MAÑANA

Las hipótesis dispares

¿Y si las ilusiones joseantonianas del famoso Grupo de Burgos hubieran reencarnado en las temibles prácticas vallisoletanas del partido en el Gobierno mediante un golpe de paddle en todo ajeno al engorro del descargo de conciencia?

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El enigma Laín

Recuerdo a Juan Benet llorando en el entierro de Antonio Tovar mientras, horas más tarde, arremetía contra Laín Entralgo (Laín Entrenada, como ironizaba sin gracia el opusdeísta Calvo Serer) en el salón de su casa. También recuerdo a Juan Marsé, riéndose de Descargo de conciencia, sobre cuyo autor se despachaba a gusto en su peor novela, La muchacha de las bragas de oro. Pero ahora prefiero recordar al profesor López Piñero, discípulo de Don Pedro y concurrente en su esfuerzo por institucionalizar en años más difíciles algo entonces tan exótico como la Historia de la Medicina, y apreciar el dolor de un suceso irreversible. Laín era un beato falangista arrepentido años después y por escrito de sus dudosas hazañas de posguerra, es cierto. Pero su asombrosa contribución a la historia de la medicina, y sus luminosos estudios sobre el cuerpo humano bastan para merecer la admiración de un ejercicio de entendimiento en casi todo ajeno -y ese casi es mucho- al peaje de la ideología, aunque resulte enigmático que un beato haga ciencia médica con una fortuna negada a tantos monaguillos de lo ateo.

La mirada de las tenistas

El tenis es relajante para quienes siguen el juego desde casa, y de ahí quizás su éxito en televisión, aunque incluye ciertas virtudes estéticas en nada ajenas a su prestigio, además del noble esfuerzo de dos raquetas enfrentadas durante un encuentro agotador que bien puede prolongarse más de dos horas. Esa mayor intensidad no basta, sin embargo, para convertirlo en alternativa al fútbol, quién sabe si debido a que el amante del balón es más aficionado al tumulto. En todo caso, hay dos momentos en el tenis dotados de una belleza exultante. Uno es la figura casi griega que adoptan los jugadores en el instante de iniciar su servicio, y el otro es el inmediatamente anterior, cuando el tenista mira a su contrincante un segundo antes de lanzar la bola al aire. ¿Es exagerado aventurar que las chicas son menos severas en esa mirada, así como solidarias de antemano ante el daño que puede hacer el saque que se disponen a servir?

Arquitecturas bis

El famoso modelo organicista de Santiago Calatrava es un hallazgo condenado a repetirse hasta el aburrimiento, siempre idéntico a sí mismo, lejos de la elegante austeridad de un Moneo en el que cualquier ligera modificación de detalle basta para que el proyecto se convierta en algo muy distinto del que le precedió. Es como las alegrías de Sorolla frente al rigor de Pinazo. Esa impresión se refuerza en la muestra de escultura que el IVAM dedica al ingeniero y arquitecto valenciano, tan parecida a las ocurrencias de un niño chico algo travieso y mayor para su edad, tan insignificantes en sustancia. Tan cerca de Blasco Ibáñez, tan lejos de Azorín.

Intriga, suspense

Lo explicaba muy bien Alfred Hitchcock respecto del suspense, que es una técnica y no un género, cuando decía que una conversación entre cuatro personajes en torno a una mesa no hay espectador que la soporte durante más de tres minutos, pero que si previamente se te hace saber que debajo de la mesa hay una bomba a punto de estallar, la escena puede prolongarse todo el tiempo que uno quiera. La sucesión de Zaplana, ¿es un episodio de intriga o un fragmento de suspense? ¿Lleva camino de que el espectador pierda el interés por la trama a fuerza de reiterar sus indeterminaciones narrativas? ¿O puede suceder que, al cabo, no sea intriga ni suspense sino asunto de secundario que no repetirá la escena? Hay excelentes actores de comedia española que arruinan su carrera al rozar el drama. Zaplana bien puede acabar asumiendo el papel de un Paco Martínez Soria cargado de deudas y con legionella. Y la jefa de la Bienal largando impunemente sobre la transgresión de los murciélagos.

En el aire conmovido

Los poetas tienen fama de dejarse las cejas en su empeño por construir metáforas numinosas, aunque muchas veces se queden en la comparación más o menos brillante entre una cosa y otra distinta, lo que tampoco nos lleva muy lejos. En novela, incluso en teatro, hay metáforas de tanto esplendor como ese 'instante atónito' que menciona Faulkner o la más poderosa 'mira, mira cómo fluye la sangre de Cristo por el firmamento', que Christopher Marlowe atribuye en expresión agonizante a su Fausto. Pero el poeta, ya sea propenso al sentimiento o deudor de la experiencia, se dejará llevar muchas veces por algo que oscila entre lo bonito y lo estrafalario, un tanto a la manera del bolero, con tal de que suene exótico al oído. Con excepciones notables. Como, por ejemplo y entre nosotros, Marc Granell. Y que esto no salga de aquí.

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