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lunes, 21 de mayo de 2001
Editorial:

Ahora, Jaruzelski

El general Wojciech Jaruzelski, ex jefe del Estado de Polonia, está siendo juzgado en su país por su presunta responsabilidad en la represión de uno de los numerosos levantamientos obreros que se produjeron durante el régimen comunista, el habido en la ciudad portuaria de Gdansk en 1970. Aunque el juicio ha sido suspendido provisionalmente por cuestiones de procedimiento, el debate sobre la revisión política y judicial del pasado comunista ha vuelto a su cenit en Polonia, y no sólo allí. ¿Procede o no juzgar y condenar a un miembro del aparato represivo, cuya libertad de decisión era en todo caso muy limitada y que décadas después colaboró en el desmantelamiento pacífico del régimen dictatorial al que sirvió? Esta pregunta se ha planteado siempre en los diversos procedimientos iniciados contra el general Jaruzelski y en los casos de otros ex líderes comunistas del este europeo.

Como en 1956 y en 1968, en aquel año los obreros polacos salieron a la calle para protestar contra las condiciones de vida y trabajo en que se hallaban. La temida policía especial, conocida como los 'zomos', reprimió las protestas con dureza y causó 44 muertos y cientos de heridos. Diez años más tarde, en 1980, se produjo un nuevo levantamiento en el mismo foco de protesta, los astilleros de Gdansk, que resultó ser a la postre el inicio del fin del sistema polaco, que se hundió al fin en 1989 junto con todos los regímenes comunistas de Europa oriental.

El general Jaruzelski ocupaba en 1970 el cargo de ministro de Defensa. La cuestión que se plantea en este nuevo juicio es en qué medida tuvo el general opción de actuar de otra forma en aquel contexto histórico. Sin duda, es positivo para la reafirmación de la sociedad democrática polaca el debate sobre el pasado y la búsqueda de responsabilidades históricas y políticas. Pero también es cierto que el juicio de Jaruzelski viene muy bien a una derecha polaca más revanchista cuanto más reveses electorales sufre. Se ha llegado a comparar este juicio con el de Pinochet. La comparación es absurda. Pinochet dio órdenes directas y concretas de matar y torturar a miembros de la oposición.

Jaruzelski dirigía, con mayor o menor escrúpulo, un aparato represivo que utilizó sus armas cuando veía tambalearse un poder impuesto por la potencia exterior hegemónica, cuyas órdenes eran indiscutibles. Un debate tan intenso sobre pasado, memoria y olvido y su papel en las transiciones de regímenes dictatoriales a democracias tiene, sin duda, importancia política y pedagógica, y las verdades históricas siempre ayudan a la reconciliación. Pero en la misma medida que tiene carácter de terapia para sociedades con un largo pasado de sufrimiento, puede ser objeto de abuso por parte de intereses políticos muy actuales.

El régimen polaco que mató a los obreros era esencialmente perverso. Pero sacar los hechos de 1970 de su contexto histórico puede a la postre generar tanta injusticia interesada como sucedió no hace mucho en Alemania, donde una derecha postrada en la impotencia quiso criminalizar al ministro de Exteriores, Joschka Fischer, por su militancia en la ultraizquierda en la década de los setenta. En 1970, el general era un vasallo de sus vecinos. No es un papel heroico, sin duda, y menos comparado con las actitudes de la disidencia en su país. Pero, llegada la hora, Jaruzelski puso por delante su patriotismo a la defensa de la dictadura. Renunció a ejercer la violencia cuando Moscú le permitió hacerlo. Quien no quiera recordarlo no puede estar haciendo retórica sobre la memoria.

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