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domingo, 25 de marzo de 2001
Tribuna:

'Annus horribilis' para el Reino Unido

MANUEL ESCUDERO 25 MAR 2001

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La sucesión de graves problemas que se acumulan este año en el Reino Unido -los reiterados accidentes ferroviarios, el mal de las vacas locas o la propagación de la fiebre aftosa, entre otros- han creado un clima de preocupación y polémica. Medios británicos creen que incluso deberían aplazarse las elecciones anticipadas de mayo ante esta situación. ¿Qué relación tiene el debilitamiento del Estado propiciado en la era de Margaret Thatcher con las dificultades actuales? Aquí se exponen dos análisis sobre la relación entre Estado y mercado a propósito de la experiencia británica.

El legado de la ex primera ministra Margaret Thatcher todavía se hace sentir en el Reino Unido y en el resto de Europa. Hay quien dice que la intención estratégica fundamental de la dama de hierro fue adaptar al Reino Unido a un mundo en el que el sistema económico keynesiano no generaba ya suficiente valor añadido como para pagar crecientes costes salariales, sociales y de materias primas. Pero Thatcher se pasó, y mucho.

Veamos: si en 1979 las inversiones netas públicas británicas estaban situadas en torno a 20.000 millones de libras anuales, durante la etapa conservadora cayeron a la mitad y en algunos años a la mitad de la mitad. El objetivo era recortar el gasto público a toda costa y devolver a la gestión privada entre un 5% y un 10% de los recursos públicos.

Si el dogmatismo estatista fue malo, el dogmatismo de mercado a palo seco ha sido tan malo o peor

Los cortes afectaron, en primer lugar, al sistema educativo, donde el gasto por alumno en la secundaria cayó anualmente un 6% entre 1992 y 1997. En segundo lugar, afectaron al sistema de transportes. En este terreno, desde 1985 (menos en 89-94) el crecimiento de la inversión fue negativo, en algunos años hasta el 10% o el 15% sobre el año anterior. El tercer sector afectado fue, por supuesto, el Sistema Nacional de Salud, con el agravante de que, en este caso, los recortes se complementaron con la introducción en el sistema de la de lógica de la competencia de mercados.

Todavía hoy es lugar común en el Reino Unido hablar de falta de equipos o camas en los hospitales, de médicos que trabajan 100 horas a la semana y cobran cuarenta, de un sector desmoralizado. En un sistema de salud en el que el tiempo se convirtió en dinero, no era una aberración el caso de personas que, al siguiente día de ser operadas, eran invitadas a dejar el hospital con la recomendación de contactar con su médico de cabecera para que les quitara los puntos de sutura...

Pero los excesos conservadores no se limitaron a la obsesión por hacer realidad el dogma del Estado mínimo. Además, abrazaron las privatizaciones con fervor militante... y fueron más allá de lo aconsejable. El ejemplo más evidente es la privatización del sistema de transporte ferroviario: no es sólo que, por ejemplo en el ejercicio 1998-99, hubiera más de medio millón de quejas de los usuarios de los trenes británicos debido a la falta de calidad del servicio (básicamente, puntualidad), sino que en trágicos accidentes como el de Paddington o el de Hatfield la investigación realizada ha encontrado evidencias de deterioro en las vías, de falta de inversión en el mantenimiento de la infraestructura viaria, mantenimiento que debe ser realizado por las compañías concesionarias.

Lo que quizás es menos conocido es que hay una conexión entre los dogmas thatcherianos y el mal de las vacas locas. Ya en 1987 apareció públicamente el mal en el Reino Unido. Desde entonces y hasta 1997, los sucesivos ministros de Agricultura conservadores, Southwood, Gummer, Waldergrave, Sephard y Hogg, jugaron alternativamente a no dar importancia al asunto, hacer callar la creciente evidencia de la naturaleza pandémica de la enfermedad, desanimar la alarma respecto a su posible efecto en los humanos, pretender ante la Comisión Europea que el ganado exportado no estaba contagiado ni descendía de la cabaña infectada y prohibir tarde y mal la exportación de ganado vacuno y de harinas fabricadas con el mismo.

El mal de las vacas locas fue una pesadilla que lentamente se fue desplegando ante los ojos de los ciudadanos británicos, granjeros incluidos, desde 1988 hasta 1997, una pesadilla en la que el Ministerio de Agricultura iba siempre detrás de las evidencias que no podía ocultar. El resultado, a la altura de las elecciones que dieron a Tony Blair su triunfo, no fue ya la total pérdida de credibilidad del ministerio, sino que el coste estimado de enfrentarse a la pandemia ascendía a 3.200 millones de libras. ¿Cuál fue la razón de tan torpe actuación? ¿Por qué en 1990 el ministro John Gummer invitó ante las cámaras de las televisiones inglesas a su hija a comerse una hamburguesa (que, por cierto, ella rehusó)? ¿Por qué no se tomaron en 1987 las medidas que hubieran evitado la propagación del mal? Sólo hay una razón posible: intentar no hacer frente al gasto público en compensaciones, prevención e investigación que luego, de todos modos, ha debido realizarse; en otras palabras, el dogma del recorte del gasto público, a costa de lo que fuera.

En estos nuevos tiempos le da a uno cierto pudor invocar pensamientos pretéritos. Pero viendo la herencia, amarga, que recogió el laborismo británico hace cuatro años, viene a la mente la máxima socialdemócrata de Bad Godesberg: 'Tanto mercado como sea posible' (es decir, el mercado es deseable y hay que hacerlo funcionar al máximo), y 'tanto Estado como sea necesario' (es decir, hay políticas públicas, muchas, que son imprescindibles). Quizás lo único que quepa decir, a comienzos del siglo XXI, es que si el dogmatismo estatista fue malo, el dogmatismo de mercado a palo seco, posterior, ha sido tan malo o peor.

Manuel Escudero es profesor de Macroeconomía en el Instituto de Empresa.

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