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sábado, 24 de febrero de 2001
Editorial:

Desplome turco

Las graves tensiones que han salido a la luz entre el presidente de la República, Ahmed Necdet Sezer, y el primer ministro, Bulen Ecevit, han precipitado la crisis financiera de Turquía. Tres meses después de que el Fondo Monetario Internacional pusiera en pie un paquete de apoyo, Turquía ha echado por la borda el plan de reformas económicas y financieras comprometido con esa instancia internacional. Los mercados no han tardado en asumir que esa paralización política llevaba a quemar la opción más ortodoxa de estabilización macroeconómica. La caída de la Bolsa, la hemorragia financiera, la degradación de la calificación crediticia, la elevación de los tipos de interés hasta niveles astronómicos, ha sido la secuencia previa al abandono del régimen cambiario al que estaba sujeta la moneda.

La devaluación y la entrada en un sistema de flotación ha sido el desenlace lógico. Sus consecuencias, sin embargo, están todavía por manifestarse en toda su extensión. En primer lugar, sobre la propia economía turca. Tras la devaluación en más del 30% de la lira, ya no es tan creíble el cumplimiento de los propósitos antiinflacionistas del Gobierno, suponiendo que éste retorne a la normalidad, pues Turquía corre el riesgo de entrar en una espiral de subida de precios que alimente otra de salarios, y así indefinidamente. La autonomía al banco central en la definición de una estricta política monetaria será una decisión tan necesaria como probable, pero su eficacia tardará en manifestarse en ausencia de otras medidas más severas.

En realidad, tras esta crisis financiera subyace otra política aún más grave, que atañe nada menos que al modelo de país. Hay una enorme tensión entre los reformadores, que piden la liberalización de la economía, y los conservadores -entre los que hay que incluir a los militares-, que viven del Estado y de la corrupción y que en el caso de que haya liberalización quieren gozar de sus frutos, por ejemplo, asegurándose la parte del león en la privatización de la banca pública. Paradójicamente, el presidente y el primer ministro son partidarios de la reforma -condición necesaria, aunque no suficiente, para entrar en la UE-, pero Ecevit gobierna en coalición con una extrema derecha resistente a todo cambio, que ha hecho saltar chispas en el seno del poder ejecutivo. Salvar la crisis requerirá algo más que medidas puramente económicas, y no digamos ya meros cambios de caras de los responsables de la política económica. No cabe olvidar que una crisis económica similar en 1994 estuvo en el origen del espectacular crecimiento electoral de los islamistas.

De la rápida superación de la crisis van a depender las posibilidades de contagio a otras economías emergentes. Durante la semana en curso, Argentina, Brasil o Rusia, fundamentalmente, han visto cómo sus monedas eran objeto de presión y los precios de sus bonos experimentaban descensos amenazadores. Todas estas implicaciones renuevan la vigencia de las propuestas tendentes a fortalecer la arquitectura del sistema financiero internacional. El propio secretario del Tesoro estadounidense, Paul O'Neill, obligado a recomendar el apoyo financiero a Turquía por su papel de aliado clave en la OTAN, tendrá que revisar su doctrina general de que sean los mercados los que obliguen a purgar los excesos a los países que no cumplen estrictamente con la ortodoxia. Eso significaría dejar que Turquía se cueza en su propia salsa. Pero no en balde EE UU bombardea Irak desde sus bases turcas.

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