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miércoles, 24 de enero de 2001
RAÍCES

Enseñar al que no quiere

De las 14 Obras de Misericordia que tuve que aprenderme de memoria para aprobar el ingreso de bachillerato, la de enseñar al que no sabe, me resultó siempre la más misteriosa. Pero cada vez que me viene a la cabeza aquella letanía académico-religiosa, enseñar al que no sabe me lleva siempre a enseñar al que no quiere. Me he sorprendido a veces pensando en la Enseñanza Obligatoria, una especie de obra de misericordia al revés. Obligar a aprender no parece demasiado misericordioso, por eso nuestra cultura se protege de las imposiciones enseñando de modo soterrado, sin que el alumno se dé por aludido. Los andaluces hemos construido sin saberlo, concepciones del tiempo, del amor, de la muerte, de la vida, que no estarían a salvo, ni se transmitirían con tanta facilidad, si pudiéramos sacarlas a la luz e incluirlas en la Enseñanza Obligatoria. La mayor parte de nuestros gestos, de nuestras preferencias, de nuestras expresiones no necesitan la formalidad de la enseñanza. Se enseñan solas.

Don José Ortega pregunta aquí por una calle y el viandante, en vez de indicarle donde está, se ofrece a acompañarle hasta ella. Ortega se pregunta si se trata de una cortesía exquisita o si es que los andaluces no tienen nada mejor que hacer. Don José no entendió que nuestro concepto del tiempo está siempre supeditado a la relación personal. Hay tiempo dependiendo de para quién. No de para qué. Y los forasteros ejercen sobre los andaluces una fascinación casi morbosa. Por suerte solemos llamar enseñanza a una mínima parte de nuestro sistema de transmisión de conocimientos. Reservamos este término por lo común, para referirnos a la enseñanza reglada, a la que se imparte en los Centros de Enseñanza. Menos mal que la mayor parte de lo que llegamos a saber lo aprendemos sin saberlo, quiero decir: sin que nos demos cuenta, sin advertirlo. Afortunadamente aprender a vivir no es lo mismo que aprender a ganarse la vida y sobre eso la gente de nuestra tierra tiene una larga y fecunda experiencia.

Pasar por los Centros de Enseñanza vale, como mucho, para ganarse la vida, pero no garantiza que aprendamos a vivir. La escuela de la vida, ese centro no oficial de connotaciones levemente pícaras, es también obligatoria y no hasta los 18 años, sino hasta que duremos. Gracias a la inconsciencia con que los andaluces aprendemos en ella, una parte de nuestro modo colectivo de ser, de concebir las cosas y de relacionarnos con las personas, conserva ciertos rasgos distintivos, no mejores ni peores que los de otros ámbitos culturales, pero sí propios, nuestros.

Seguramente sólo logramos enseñar realmente bien cuando el alumno no advierte que le estamos enseñando. Por eso entre nosotros se dice mucho: 'hay que predicar con el ejemplo'. No diciendo cómo hay que hacerlo, sino haciéndolo calladamente, sin adoctrinar. ¿No sería conveniente llevar un poco de esa escuela de la vida, de la que tanto saben los andaluces, a esas otras escuelas en que se intenta enseñar al que, a veces, no quiere aprender? Quizás confundiéndolas un poco lográramos enseñar con una chispa de misericordia, con una chispa de disimulo, como quien no quiere la cosa. Enseñar al que no quiere. ¡Vaya mal ángel! ¿No suena eso a la seguidilla famosa? 'Querer a quien no quiere. / ¡Vaya malaje! / Se gasta la paciencia, / arde la sangre'.

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