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lunes, 22 de enero de 2001
COLUMNA

El cine de Delibes

Una vez oí decir a Ignacio Aldecoa -y su palabra fue, como siempre, un puro trazo, un dibujo verbal, un sonido que misteriosamente se me pegó a la retina- que él distinguía a la escritura de Miguel Delibes por el pudor de su estilo. Entendí que, por debajo de la transparencia y de la impresión de facilidad que despide la fluencia de su prosa, se esconde en realidad un laborioso ejercicio de orfebrería verbal. Hace ya muchos años de esto, pero sigo oyendo esa idea como última palabra sobre la tenue pero vigorosa sensación de permanencia que emana, y crece y crece, de la obra de Delibes. Una vez le conté a él, que no la conocía, esa frase nunca escrita, y me dijo sin titubeo que la compartía: 'Sí, es verdad, creo que tiendo a esconder el estilo'. Y ahora percibo algo que late en este escondrijo íntimo del narrador y que identifico como el pálpito cinematográfico que se mueve dentro de sus relatos y los hace ser secreta materia, carne de pantalla.

Hace ocho o diez años, en el festival de Valladolid, organizaron la exhibición de todos los filmes y telefilmes por los que pasó el largo idilio de Miguel Delibes con la pantalla. Son muchos, 12 películas en 24 años. El camino fue dirigida por Ana Mariscal en 1966 y por Josefina Molina en 1977; César Ardavín hizo Tierras de Valladolid en 1967; Cayetano Luca de Tena realizó En una noche así en 1968; en 1974, José Antonio Páramo dirigió la versión cinematográfica de La mortaja, monólogo teatral derivado de Cinco horas con Mario; Antonio Giménez-Rico llevó a la pantalla Retrato de familia en 1976, y El disputado voto del señor Cayo, 10 años más tarde, en 1986; Mario Camus hizo el inalterable prodigio de Los santos inocentes en 1983; La guerra de papá fue dirigida por Antonio Mercero en 1977 y este mismo director adaptó al cine El tesoro en 1988, dos años antes de que Luis Alcoriza cerrara la cuenta con La sombra del ciprés es alargada (1990).

Luego hay el salto de una década sobre el vacío, hasta que el otro día anunciaron el rodaje por José Luis Cuerda de El hereje. Y en las cunetas de este recorrido quedan además los vestigios de pasión por el cine que desplegó el periodista y crítico cinematográfico Miguel Delibes en las páginas de El Norte de Castilla, que él dirigía, y los testimonios -casi todos hablan de la rara facilidad o de la poca resistencia que les ofreció la conversión de la palabra de Delibes en imágenes- de los guionistas que sacaron películas de sus libros. Pero, sobre todo, ahí sigue, intacto y asombroso, casi inexplicable, el hecho de que la literalidad de los diálogos de la pantalla de Los santos inocentes sea casi la literalidad de los diálogos de la novela. Y algo así se presagia que puede deducir José Luis Cuerda de El hereje. La solvencia con que el director de El bosque animado domeñó la enorme dificultad que este insondable libro de Wenceslao Fernández Flórez ofrece a su traslación al cine y, más cerca, el puñetazo de verdad con que en La lengua de las mariposas removió el abismo del exterminio, en 1936, por el fascismo franquista, de la vivificadora estirpe de los maestros rurales de la Institución Libre de Enseñanza tienen el sabor de una garantía de que la delicada traslación a la pantalla de la salvaje y verídica caza de brujas que nos hiere desde las páginas de El hereje está en buenas manos.

Delibes habló de la que va ser su próxima película, El hereje, con el sesgo pesimista de quien teme que ha hecho su testamento literario. Es posible que dentro del libro haya algún eco audible de este presagio, pero lo dudo, yo no lo he oído. Es un relato enérgico, que quiere ser buen cine. Detrás del recio y ágil tocho, que se lee sin cansancio, del medio millar de páginas que encierra el esfuerzo de construcción imaginaria del tiempo de la caza de protestantes en el Valladolid del ecuador del siglo XVI, asoman por fuerza indicios de cansancio. La voz de Delibes era en 1998, tras publicar el libro, la de un hombre fatigado que necesitaba un periodo de intenso silencio, del que ahora parece estar saliendo. Y siempre, a los silencios de este hombre los ha roto -sin brusquedad, como el roce de quien emerge pausadamente a la alteración desde un ensimismamiento- la media voz de otro relato que brota, como su estilo discurre, sin dejarse ver, calladamente.

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