Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:Circuito científico

Investigación y endogamia Alonso Rodríguez Navarro

En los últimos meses, varios artículos han denunciado la endogamia del profesorado universitario proponiendo, para corregirla, que la universidad convocante participe lo menos posible en el nombramiento de las comisiones que juzgan la provisión de plazas. La receta, resultado de confundir causas y efectos, equivale a la de un antipirético para curar una grave septicemia.Lo primero a observar es que la endogamia es un problema complejo y que, como la fiebre, tiene causas diversas, aunque sólo sea porque el profesorado universitario responde a varios modelos en su actividad, preparación e incluso dedicación horaria, bastante ligados a las titulaciones en las que enseñan. Tomemos como ejemplo de esta complejidad la parte de la universidad con investigación internacionalmente competitiva, que está formada por unos 12.000 profesores numerarios. Éstos publican unos 16.000 trabajos anuales en revistas de alto prestigio (datos de 1997), con un incremento anual del 11% en los diez últimos años (4.500 profesores y 5.500 trabajos en 1987), el doble que el de otros parámetros universitarios. Estos datos son espectaculares y significan, entre otras cosas, que la formación y selección del profesorado ha sido excelente. Como ejemplo, un aspirante típico a profesor en las áreas de Bioquímica y Biología Molecular, Física Teórica o Química Orgánica, por citar tres áreas, es un investigador maduro que fue seleccionado varias veces para obtener becas y contratos de instituciones externas a la universidad, una parte importante del periodo posdoctoral lo hizo en el extranjero y es autor de numerosos trabajos en las mejores revistas internacionales.

Para relacionar estos datos con la endogamia hay que notar que la investigación en la universidad es voluntarista, con escaso apoyo institucional y en ausencia de estructura adecuada para investigar. En una universidad extranjera que tenga una producción similar a la expuesta, el número de empleados, muchos de ellos técnicos expertos, es de 4:1 frente a los docentes, mientras que en España es de 0,5:1. Sin soporte humano institucional, la investigación en la universidad española depende enormemente de la especialización de jóvenes científicos sin empleo fijo. En este contexto, competir internacionalmente tiene rasgos de milagro, y aunque la selección es muy dura en los primeros años de la carrera científica de un aspirante a profesor, la movilidad posterior conlleva un notable riesgo para un grupo competitivo que es difícil de arrastrar.

Nadie conoce las dificultades de investigar en la universidad española mejor que los propios actores. Por ello, cuando se juzga una plaza, si el candidato y el departamento son productivos, el más elemental análisis de prioridades exige apoyar al departamento que la convoca, y esta actitud sólo cambiará cuando cambien las condiciones y la universidad española tenga la misma financiación y atención política que en otros países desarrollados. Cualquier otra medida no conduce a nada. Y el disparate de excluir la participación formal del departamento que tiene la plaza es, además de inútil, quizá inconstitucional.

En la parte de la universidad que no investiga o que no compite, que es aproximadamente el 70% de la universidad española, la situación es diferente, pero no más sencilla. En esta parte, aún bastante heterogénea, lo que abunda es la falta de grupos de calidad capaces de formar candidatos de calidad, y éste es el problema central, del que la endogamia es subsidiaria. Y la solución tiene que empezar por invertir más en estimular a los grupos más competitivos, enviar becarios al extranjero e importar científicos. También elevando la calidad de las comisiones que juzgan a los profesores, pero para esto es ingenuo proponer un sorteo sin proponer antes cómo se elimina a los que no deben entrar en el sorteo porque nunca debieron ser nombrados profesores de universidad.

Alonso Rodríguez Navarro es catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 1 de noviembre de 2000