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sábado, 21 de octubre de 2000
Editorial:

Maltratada I+D

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En el terreno de la investigación y desarrollo no hay declaración de los políticos de turno que no subraye su importancia estratégica, social y económica para el futuro de nuestro país y que no contenga el firme propósito de solucionar una situación históricamente lamentable. Durante la década de los ochenta se hizo un esfuerzo apreciable en la mejora de presupuestos, procedimientos y programas de investigación, aliviando parcialmente la situación anterior, de claro subdesarrollo científico. Pero a principios de los noventa se produjo un retroceso como consecuencia de la crisis económica de esos años y de la falta de decisión para perseverar, aun en un escenario económico adverso. Se optó por lo fácil, recortando los capítulos que podían crear menos contestación social, a costa de interrumpir y dañar el proceso iniciado.El Gobierno del PP declaró la investigación como área de especial interés y se comprometió a fortalecerla hasta el punto de anticipar que el gasto total en I+D se duplicaría para acercarnos a las cifras que son normales en Europa. Pero tras las declaraciones deben venir los hechos, y más concretamente los presupuestarios, y ahí es donde este Gobierno no ha estado a la altura de las expectativas: en plena época de expansión económica, la situación sigue estancada, como demuestran los datos de la Oficina de Ciencia y Tecnología (OCYT).

No es un hecho nuevo que se incluyan algunas partidas destinadas al gasto en Defensa en los presupuestos de I+D, desvirtuando así en parte su significado, pero esa práctica ha adquirido especial dramatismo a partir de 1996. Hoy, del total supuestamente destinado a investigación en los presupuestos de 2000, aproximadamente la mitad corresponde a gasto militar, según la propia OCYT; bien en forma de subsidios a empresas que trabajan para la defensa, bien en forma de partidas destinadas a comprar equipamiento militar. Mientras, el gasto en genuina investigación y desarrollo sigue, en términos reales, por debajo del correspondiente a finales de los ochenta y a una distancia sideral de la media europea. No está claro si la amalgama de gastos de naturaleza distinta bajo el epígrafe de I+D tiene como fin camuflar el estancamiento del apoyo real a la investigación y aparentar que se está cumpliendo el compromiso del Gobierno. Pero en todo caso no es una práctica habitual en otros países y no contribuye precisamente a clarificar la situación de un área decisiva para el futuro.

La creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología fue recibida con esperanza por la mayoría de los investigadores. Parecía un gesto acorde con la importancia concedida a la investigación, pero también se esperaba que ese gesto tuviera consecuencias prácticas. Cerca de seis meses después de su puesta en marcha, muchos investigadores se sienten decepcionados. No le falta razón al secretario de Estado de Política Científica cuando endosa parte de su responsabilidad al anterior ministerio. Sus predecesores ya habían incurrido en la práctica de inflar los presupuestos con gastos militares y fueron responsables de un cierto abandono del sistema de concesión y evaluación de proyectos que, con todas sus limitaciones, venía funcionando desde antes.

Hay que decir, en todo caso, que la creación del nuevo ministerio ha agravado algunos de los problemas existentes, en particular los relacionados con el mecanismo de concesión y financiación de proyectos de investigación. Es claramente perceptible en su ministerio el desbarajuste en las convocatorias, en la resolución de las solicitudes y en el libramiento de recursos en tiempo útil, lo que sugiere una cierta improvisación en su puesta en marcha. El anuncio hecho ayer por la ministra en Alburquerque, en el sentido de buscar el dinero preciso para un proyecto concreto que estaba a punto de perder la patente por la falta de medios, es un gesto político inteligente y que demuestra capacidad de reflejos, pero a todas luces insuficiente. La actividad investigadora no es algo que pueda interrumpirse durante un tiempo a la espera de que se solucionen problemas financieros o de gestión. Los daños suelen ser irreversibles y la recuperación de la confianza, de los equipos, del ritmo de trabajo y de las oportunidades perdidas, extremadamente costosa.

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