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Tribuna:LA HORMA DE MI SOMBRERO

Recuerdo de Josep Carner JOAN DE SAGARRA

El 3 de abril de 1970, a las 11.15, el matrimonio Josep Carner y Émilie Noulet subía en el aeropuerto de Bruselas al avión que había de llevarles a Barcelona. Josep Carner, príncipe de los poetas catalanes, hacía la friolera de más de 30 años que no visitaba Barcelona. Tenía 86 años. Su esposa, Émilie Noulet, ocho años menor que el poeta, era la primera vez que pisaba suelo catalán.El viernes 3 de julio de 1970, poco antes de la una de la tarde, Manel Ibáñez Escofet, director del periódico Tele/eXpres y un servidor llegábamos al aeropuerto de El Prat para recibir a Carner. Éramos, a lo sumo, unas 200 personas, la mayoría jóvenes. Nos reunimos en el bar con Albert Closas, Met Miravitlles, Sempronio y Tisner. Llegó el avión, vimos descender a Carner y a su esposa, vimos llorar al poeta, que arrastraba los pies; le vimos meterse en un coche, rodeado de Cendrós y de Andreu Abelló -¿o tal vez era Saltor?-, escuchamos unos tímidos aplausos, y cuando el coche, negro, se hubo marchado, regresamos a Barcelona con otro taxi.

Manel Ibáñez, mi director, me invitó a almozar en el Bar Sol para discutir la jugada. Según Manel, Carner regresaba a Barcelona para volverla a ver antes de morir, para despedirse de ella. Volvía con la posibilidad de quedarse. Siempre que la burguesía catalanista del país le resolviera la situación económica. Parecía cosa hecha. Como parecía cosa hecha la concesión del Premi d'Honor de les Lletres Catalanes, en su segunda convocatoria, a Josep Carner, príncipe de los poetas catalanes. Sin embargo, según me dijo Manel, lo del Premi d'Honor podía presentar algún problema: había un sector contrario incluso al regreso de Carner, que era partidario de concederlo a otra personalidad local menos terminal, menos mítica y más activamente beligerante.

Terminado el almuerzo, me fui a dar un garbeo por La Rambla y, a eso de la seis, como cada tarde, me llegué a la redacción del Tele/eXpres para escribir, en mi Lexicon 80, el artículo sobre el retorno de Josep Carner, príncipe de los poetas catalanes.

Lo titulé "Préssecs d'or", en clara referencia a un poema de Carner, del mismo título ("Ton seny de gran sabenta de mon delit és causa / De l'arbre en primavera vas respectar la flor. / I ara tos braços nus m'allarguen préssecs d'or / que s'han anat arrodonint amb pausa"). En aquel artículo, tras darle la bienvenida al poeta, le decía: "Meriéndate los melocotones, príncipe; te los has ganado, verso a verso. Pero, ¡ojo!, cerciórate bien antes de hincarles el diente; mira bien que sean de oro -oro de ley-, no sea que te los hayan pintado de purpurina". Y terminaba: "Buen apetito, poeta; meriéndate a tus anchas, sin prisas, que nosotros, los chicos alimentados con los hits de Espronceda, seguiremos, golosos, merendándonos tus versos, aquellos dorados y sabrosos melotocones con que nos regalaste para quitarnos -sin que tú lo supieras- aquel olor a flit, a cilicio y alabarda de nuestra adolescencia".

Para cualquier lector mínimamente inteligente, los melocotones de oro -de ley- eran lo prometido por la burguesía catalanista a Carner (la situación económica, el Premi d'Honor); los melocotones pintados de purpurina eran la teatral y caricaturesca versión de lo prometido o, cuando menos, sospechado, deseado. Quedan los otros melotocones, los de verdad, los versos del poeta con los que nos merendábamos "los chicos" para quitarnos "aquel olor a flit, a cilicio y alabarda de nuestra adolescencia".

"Los chicos". ¿Cuántos chicos? ¿Cuántos chicos, en 1957, cuando la Selecta edita el que debía ser el primer tomo de sus Obres Completes, revisado por el autor, conocen, leen ese libro: la Poesia de Josep Carner? Cuatro chicos o tres chicos y medio. Yo fui ese medio chico (19 años a la sazón). El libro me lo regaló mi padre el día de mi santo y esa Poesia fue, en Blanes, en el verano de 1957, mi libro de cabecera. Fue en aquel verano en el que los préssecs de vinya se mezclaron con los préssecs d'or cuando comprendí aquel "Tu duca, tu segnore, e tu maestro" con que mi padre, al igual que hiciera el Dante con Virgilio, saluda, en 1911, a Josep Carner. Un Josep Carner que, el primero de abril de 1911, se lleva al joven Josep Maria de Sagarra (17 años) a visitar, a conocer a don Joan Maragall. Y hablando de su Virgilio, mi padre, a la sazón un chico, un adolescente, dice en sus Memòries, que se agarraba a la sonrisa de Carner (10 años mayor que él), "i al fum del seu puràs, amb xerinola em semblaven bresques de mel".

Este recuerdo, esas líneas sobre el retorno a Barcelona de Josep Carner, poco antes de su muerte en Bruselas, de regreso a Bruselas, vienen motivadas por la reciente publicación del libro de Jaume Subirana, Josep Carner: l'exili del mite (1945-1970), editado por Edicions 62. En el libro de Subirana se cita mi artículo del 4 de abril de 1970, pero, helas, sin hablar ni de los melocotones de oro ni de los de purpurina, y sin mencionar ni el flit, ni el cilicio ni la alabarda. Tampoco se habla de aquel chico de 17 años al que, un buen día, Josep Carner consideró que ya estaba listo, preparado para visitar a don Joan Maragall. La única cita que he encontrado en el libro de Subirana sobre mi padre es en la página 36, en una nota a pie de página, en la que el autor menciona, en la correspondencia entre Joan Oliver y Xavier Benguerel, una carta del primero, fechada en 1949, en la que éste le dice haber asistido al jurado del premio Joanot Martorell, "presidit pel Sagarra, el qual és d'una frivolitat inenarrable", y que durante la cena "va atacar a fons (amb una rancúnia acumulada, pel que es veu) el Carner". "Jo el vaig defensar", escribe Oliver. "Perquè encara hi ha classes".

Ante el testimonio inapelable de la correspondencia entre Pere Quart y Benguerel, a falta de una cinta magnetofónica, ni que fuese trucada -pero, ¿quién tenía en 1949 una cinta magnetofónica para llevársela al premio Joanot Martorell, en la Barcelona de la literatura resistente que no del estraperlo?-, no me queda más remedio que pedir disculpas, una vez más, por ese padre, Dante de pacotilla ante un Carner auténtico, que me obsequiaba con melocotones de oro, mientras él, experto en sonrisas, cigarros y "bresques de mel", se dedicaba a decir pestes de su Virgilio, corroído por un rencor dantesco. Puede que mi padre fuese un hipócrita, pero los melocotones de Carner eran de oro, de oro puro, y fue él, mi padre, quien me los dio. Confío en que Carner y él, se los estén comiendo, los melocotones, en alguna parte, lejos de aquí.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de octubre de 2000