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miércoles, 28 de junio de 2000
Tribuna:

Infames

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La historia de la fama se escribe rápido. Rodea al poderoso un enjambre de historiadores de levita y medallón que maquillan el pasado hasta hacerlo coincidir con los delirios narcisistas del nuevo dueño. Pero la historia de la infamia se escribe mucho más despacio. Hubieron de pasar 30 años, tras la derrota de Alemania, para que comenzara a conocerse seriamente el Holocausto. Cuarenta para que los funcionarios franceses admitieran haber colaborado con entusiasmo a la ocupación de Francia. Y en España, aún ignoramos la historia de los crímenes franquistas cuyos ejecutores continúan en el mando.Como compensación, y gracias a los archivos abiertos en el último decenio, algo comienza a saberse sobre los campos de trabajos forzados de la URSS. Sabemos que el régimen no era comunista sino esclavista. Que entre 1930 y 1960 penaron en los infames campos no menos de 30 millones de reos. Que trabajaban en tareas tan insólitas como factorías pesqueras, construcción de carreteras, granjas colectivas, plantas nucleares o (con una mortandad escalofriante) en las minas siberianas. Sabemos que esa colosal destrucción de vidas formaba parte de la planificación económica, y que fracasó. Pero la ineficacia no fue la razón suficiente para su desaparición. Las razones de la maldad son más fuertes que las del beneficio. El terror trae privilegios para el mando que se anteponen a las necesidades elementales de la población. Por eso es tan fácil negociar con el terror. Basta con legalizar a los ejecutores, rematar a los muertos y volver a escribir el pasado a gusto de los vencedores.

Que el régimen esclavista de la URSS se presentara como modelo moral durante casi un siglo y aún haya quien lo tenga por preferible al occidental, que concitara la adhesión de tantos intelectuales y periodistas (los más próximos, dicen, a la "realidad"), provoca una dolorosa carcajada. No sabemos cuál será la historia de nuestra infamia, la que vivimos ahora mismo con insoportable levedad. Sólo conocemos la historia de la fama que escriben a toda prisa los untuosos escribas del satrapismo nacional. De otra parte, aquellos que ya conocen esa futura historia de nuestra infamia, no la van a escribir. Son las víctimas y están todas muertas.

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