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domingo, 30 de enero de 2000
Tribuna:

Con la Iglesia más castiza hemos topado

¿Quién va a ocupar el espacio de centro? Con los intentos de lograr un esquema de izquierda plural parecería que, objetivamente, el PP aumenta las posibilidades de centrarse ideológicamente en el imaginario colectivo, algo que sus dirigentes ansían desde hace bastante tiempo. No ha sido así. Les ha salido la mueca verde, que recuerda las peores veleidades de la derecha española más castiza. Oir a Aznar amenazar con "los comunistas" y decir que si el PSOE e IU llegan a gobernar sacarán a España del euro; escuchar a Arenas afirmar que la izquierda en el poder significa más paro, más impuestos y volver a la antigüedad, suena a un consignazo para provocar el miedo de un regreso al pasado. El efecto es contradictorio para sus autores: el miedo lo dan ellos.Uno de los casos más paradigmáticos del retroceso de las posiciones aparentemente centristas del PP está en la defensa cerrada del poder de la Iglesia en las cajas andaluzas, con el acuerdo del Consejo de Ministros de recurrir la ley de Cajas de la Junta de Andalucía ante el Tribunal Constitucional. Un día antes de que el Parlamento andaluz aprobase esa ley de cajas, miles de cordobeses se manifestaron en contra de la misma, inspirados por el presidente de Cajasur (fruto de la fusión de otras dos), el sacerdote Miguel Castillejo; varios miembros del cabildo catedralicio de esta ciudad figuraban entre los manifestantes. Hasta ahora, tanto el consejo de administración (seis miembros de la Iglesia de los 17 totales), como la asamblea (50 representantes de la Iglesia de los 160 totales) de Cajasur tienen un 35% de la representación de la entidad fundadora, la Iglesia católica. Pero los estatutos de la entidad establecen que el presidente debe ser elegido de entre los seis canónigos que forman parte del consejo, lo que asegura la presidencia a la Iglesia. La nueva ley supone que el presidente de Cajasur, Miguel Castillejo, deberá jubilarse tras 25 años de mandato, al haber cumplido los 70 de edad.

El mismo día de esa manifestación, el obispo de Córdoba, Javier Martínez, hizo pública una nota en la que afirmaba que la iniciativa de la Junta era "un paso adelante en la reducción del espacio de libertad de la sociedad", hablaba de "injerencia del Estado" y de que "detrás de términos como la democratización hay una politización estatalista que favorece una cultura totalitaria". Poco después, los diez obispos andaluces pedían amparo a la Conferencia Episcopal para que reclamase al Gobierno una paralización de la ley andaluza de Cajas. El recurso del Ejecutivo de Aznar al Constitucional parece responder a ese amparo. Según el secretario de Estado de Economía, Cristóbal Montoro, candidato a diputado por el PP, la norma andaluza es un intento de someter a las cajas de la Iglesia, que tienen un estatuto especial que se rige por los acuerdos del Estado español con la Santa Sede. El Gobierno hace suyos, pues, los argumentos de los obispos.

El proyecto inicial de ley de Cajas de Andalucía era mucho más ambicioso: contemplaba la creación de una entidad financiera común para estimular la cooperación (la caja de cajas); un instituto andaluz de finanzas (similar al Instituto de Crédito Oficial), que facilitase la política de financiación del Gobierno autonómico; y la no renovación de los presidentes de las cajas, por método oxigenador en su funcionamiento. El empeño negociador de Manuel Chaves con el resto de los grupos políticos descafeinó el proyecto y el consenso hizo que se cayesen del texto final los puntos anteriores.

Que el Gobierno estatal aparezca ahora defendiendo los intereses de Cajasur y de la Iglesia, habiendo callado en el caso de otras leyes autonómicas relacionadas con las cajas de ahorro, mucho más intervencionistas que la andaluza y menos consensuadas con la oposición, refleja el punto del arco ideológico en el que están sus responsables. Hacer discurso de la modernidad, y la vez apoyar que seis canónigos elijan a estas alturas del siglo al presidente de una entidad financiera, muestra de nuevo la distancia entre la retórica y la realidad.

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