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domingo, 13 de junio de 1999
Tribuna:LA HORMA DE MI SOMBRERO

El pequeño país JOAN DE SAGARRA

Olimpiada de 1992. Cena en casa de mis amigos Juan Ferrer y Nuria de Arana. Nuria ha hecho perdices (las hace de maravilla). Compartimos mesa con Manuel de Solà-Morales y Jaime de Sivate. Juan, Manuel, Jaime y un servidor somos viejos alumnos de los jesuitas de Sarrià. Nuria, Manuel y Jaime son viejos vecinos de Sarrià. Hablamos de los cambios que experimenta Barcelona. Manuel, el arquitecto, habla de urbanismo. Nuria le dice que todo eso está muy bien, pero que con tanto abrir la ciudad al mar, con tanto rollo de capital socialista y mediterránea -y la puñetera lo dice, sin inmutarse, desde su precioso pisito del paseo de Colom-, nos vamos a quedar sin la novela de la Barcelonan "de arriba". No es la primera vez que Nuria saca ese tema. En otra ocasión me dijo que mis amigotes, Marsé, Vázquez Montalbán, Moix y la Roig, habían impuesto un modelo de ciudad en el que no aparecía la Barcelona de su niñez, de su adolescencia, de su juventud. La Barcelona "de arriba", la de Sarrià, de su calle, la calle de Anglí, la de su casa de juguete, hoy derribada, en el 31 de la calle de Anglí. Pues bien, Nuria de Arana, ahí está tu novela: El país del alma, de Nuria Amat. (Seix Barral. Biblioteca Breve. Barcelona, 1999). En esta novela, Nuria Amat describe el Sarrià de la inmediata posguerra civil, en torno a la familia de un industrial, el señor Arnau, amigo de Cambó, catalanista, "hombre de mundo y también de barrio", al decir de su hijo (aunque al señor Arnau, como a mi abuelo Ferran de Sagarra y de Siscar, como al poeta Foix o a Maurici Serrahima, eso de llamar "barrio" a Sarrià no les hubiese hecho demasiada gracia). Un señor Arnau, amigo del alcalde Porcioles, aunque sólo sea porque juntos, en privado, hablan la lengua del "pequeño país"; que bendice la mesa familiar antes de cada almuerzo y de cada cena, y que confía en que el Congreso Eucarístico de 1952 sirva para adecentar Barcelona y hacer que un caballero como él, cuando se desplace al extranjero no sea tratado de franquista. Sobre todo después que un grupo de jóvenes, en la clausura del Congreso Eucarístico, han desplegado durante media hora una bandera catalana de gigantescas proporciones en una de las montañas de la ciudad. Leo la novela de Nuria Amat no precisamente desde la perspectiva del "pequeño país", de la lengua oprimida y de la "música callada" (Mompou). En aquellos años, 1945-1952, yo era relativamente vecino de la novela de Nuria Amat. Vivía con mis padres en el número 1 del entonces castellanizado paseo de San Gervasio. En casa hablábamos catalán, pero no éramos catalanistas -mi madre seguro que no- y, por lo que a mí respecta, prefería como amigos a los pijos de mi barrio, Bonanova / Sarrià, que a los hijos de los catalanistas (la mayoría de sus padres eran amigos de Riba y hablaban mal de mi padre). Mis amigos eran Álvaro Camín (Torre Villamediana), Ignacio de Olano (hijo del conde de Fígols), y Alfonso de Ayguavives (nieto de Pich i Pon). También tenía un amigote catalanufo, como diría Marsé: Tomás Batlló, que vivía en El Conventet, y con el que hablábamos en catalán. Con mis amigotes, frecuentábamos el cine Murillo -Álvaro se llevaba un revólver de su padre, un revólver de verdad, para matar pieles rojas-, el futbolín del bar de la plaza de Sarrià, y solíamos rematar la jugada yendo a robar, o cuando menos lo intentábamos, algún que otro búlgaro en la pastelería Foix. Leo la novela de Nuria Amat à la manière de mi hermano pequeño Lluís Permanyer. Me intereso por el entorno barrio / ciudad antes que por la psicología -¿se dice así?- de los personajes y la calidad -¿poética?- de la prosa, las cuales, según leo en los papeles, son cojonudas. Lo mío es el entorno, y el entorno, la verdad, me encanta. Escribe Nuria Amat: "El cantante Bernard Hilda dirigía la orquesta de El Cortijo". Bernard Hilda no era cantante ni figura en ningún diccionario o libro especializado como tal. Hilda era violinista y compositor. (Buen amigo de Alberto Puig Palau. En los años del Ritz y de El Cortijo montaron ambos una red para pasar a Francia, de acuerdo con De Gaulle, miembros de la resistencia francesa. A Alberto le concedieron por ello la Legión de Honor. Hilda era su jefe). Bernard Hilda no cantaba: tenía, su orquesta y en ella su cantante. Escribe Nuria Amat que un tal mosén Rovira (¿mosén Ribot, buen amigo de Tomàs Garcés, el suegro de Nuria Amat?) recibe de unos amigos de Francia -estamos en 1947-1948- un libro de un irlandés, un tal Joyce. Ulysses se llama el libro. Y dice que el mosén lo está traduciendo. El Ulysses (1922) de Joyce fue traducido y publicado en Francia en 1929. Al año siguiente llegó a la biblioteca del Ateneu. Marià Manent habla de él en Notes sobre literatura estrangera (La Revista, 1934). Yo todavá lo pillé, en el Ateneu. Escribe Nuria Amat: "Lo habían matado sus mismos compañeros socialistas". Vale. Pero, en 1999, ¿se puede llamar a los asesinos a sueldo de Stalin los "mismos compañeros socialistas" de Andreu Nin? Y termino. Escribe Nuria Amat: Barcelona, 1952. "Un cantante francés de varietés llamado Maurice Chevalier venía por primera vez a la ciudad" . "Era como si todo París viniera a visitarnos". ¿Dónde estaban el señor Amat, o el señor Arnau, o el señor Rocamora, cuando Maurice Chevalier y Josephine Baker hicieron su aparición en el Paralelo a finales de los veinte principio de los treinta? Me parece, querida Nuria de Arana, que tanto tú como yo no nos perdimos gran cosa en el Sarrià, en el "pequeño país" de Nuria Amat.

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