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miércoles, 26 de mayo de 1999
Tribuna:

Ni MNAC ni aeropuerto ORIOL BOHIGAS

Aunque últimamente muchos ciudadanos hemos caído en un cierto pesimismo crítico puntualmente justificado, tenemos que reconocer que la reconstrucción de Cataluña ha logrado importantes avances y se han conquistado posiciones que nos habían parecido inasequibles antes de la democracia. No tendríamos que olvidarlo ni siquiera en medio de los torneos quisquillosos de las campañas electorales. Los dos partidos hasta ahora hegemónicos y sus colaterales mantuvieron en la transición y en los inicios de la autonomía dos posiciones respecto al futuro de Cataluña que fueron extremadamente útiles y a las que hay que atribuir buena parte de los éxitos. Pero el panorama ha cambiado y no estoy seguro que -desde el Gobierno o la oposición- aquellas actitudes sean hoy tan oportunas como lo fueron en los trances fundacionales. Al contrario, es probable que, en parte, sean el origen de algunas situaciones erráticas, precisamente las que provocan ahora aquel pesimismo crítico de la ciudadanía. La derecha catalanista hizo en este tema lo que tenía que hacer: pronunciarse como nacionalista en el sentido más tradicional, levantar las banderas de la identidad histórica, cultural, lingüística y reivindicar las diferencias afirmativas. Estos gestos de autoestima, después de tantas rupturas, eran imprescindibles para reencontrar una normalidad popular. La izquierda catalanista tomó otra actitud igualmente imprescindible: coaligarse con la izquierda española, a pesar de su centralismo, para evitar una fractura social que evocaba los viejos fantasmas del lerrouxismo e intentar que el catalanismo no entrase en colisión con otra izquierda potenciada por las nuevas inmigraciones y apoyada por las ideologías internacionalistas que, con el franquismo, habían perdido contacto con la izquierda catalanista y republicana. El programa tuvo que ser, por lo tanto, un programa de soberanía material, de realidades operativas. Pero la prolongación de estas dos actitudes estratégicas ha acabado siendo un lastre político. El partido que gobierna en la Generalitat -con algunos matices compensatorios que hay que reconocer- ha seguido apoyándose en una política que, preocupada por las banderas, aplaza a menudo problemas tan reales como la financiación de la autonomía, la imposición de independencias políticas que permitan libres interdependencias, la transformación de los instrumentos productivos, la modernización cultural. El partido que está en la oposición ha seguido siendo el hermanastro débil de los socialistas españoles, con lo cual no se ha atrevido hasta ahora a radicalizar los instrumentos de una soberanía material más allá de los exclusivamente identitarios y no ha encauzado los españolismos periféricos hacia un real entendimiento. Y, por añadidura, sufre la influencia perniciosa de un partido español que está pasando sus horas más bajas. Parece que los dos partidos han empezado a reconocer sus respectivas deficiencias. Jordi Pujol, hace meses, empezó a priorizar algunos temas reales y a no dejarse engañar por la simple reivindicación de banderas fundamentalistas. Pasqual Maragall está ensayando una débil pero significativa independencia de los aparatos del partido, oxidados en las humedades jacobinas de Madrid. Pero ambos parecen todavía lastrados por sus precedentes estratégicos. El Gobierno de la Generalitat ha tardado demasiados años en exigir soluciones concretas a los grandes problemas de supervivencia condicionados por los injustos sistemas de financiación de la autonomía, y no ha resuelto todavía problemas puntuales de tanta trascendencia como la ampliación del aeropuerto, la adecuada integración del tren de alta velocidad y la reconstrucción de los sistemas ferroviarios. Ya sabemos que muchos de estos temas están encallados por los desconciertos y la animadversión del Gobierno central, pero se ha tardado demasiado en darles la prioridad que les corresponde y a exigirlos como contrapartida de la llamada gobernabilidad del Estado. Y lo curioso es que estos errores de prioridad han contaminado también a las grandes operaciones de lo que llamamos la vía identitaria. ¿Qué pasa, por ejemplo, con el Museo Nacional de Arte de Cataluña, el auténtico almacén de nuestras mejores identidades? ¿Seguiremos ocultando a varias generaciones el contenido más importante de nuestra historia cultural, esperando la limosna del Ministerio, cuando es un esfuerzo que corresponde exclusivamente a las competencias de un gobierno autónomo, un gobierno que quiere instituciones "nacionales"? ¿Se puede pretender ser una nación sin aeropuerto y sin museo nacional, es decir, sin eficacia productora y sin los monumentos de su identidad? Curiosamente, la mayoría de ayuntamientos, dentro de sus límites, han conseguido más resultados "nacionales" que la Generalitat. La positiva evolución de los socialistas también parece poco firme y sigue, por ahora, algunos caminos erráticos. Cuando empezábamos a vislumbrar unos colectivos que querían aislarse de los partidismos para reivindicar aquel catalanismo de izquierdas que corresponde al talante de una buena parte de la ciudadanía, Maragall nos ha sorprendido anunciando que el fantasma de Borrell se unirá a su campaña para incorporar la fe españolista de ciertas izquierdas que viven y trabajan en Cataluña. Por suerte, Pujol y Maragall son dos personajes políticos de gran envergadura y deben entender estos problemas, pero no sabemos si los afrontarán con valentía en sus próximos programas electorales. Habrá que forzarlos dando soporte a nuevas vías del catalanismo que superen los viejos compromisos estratégicos. Quizás el mejor camino es conseguir que los respectivos partidos colaterales -minoritarios con mayor libertad programática y más independientes- puedan participar activamente en los próximos gobiernos.

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