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jueves, 29 de abril de 1999
REPORTAJE

"Cuando nos dejaron salir del colegio, la calle estaba llena de cuerpos"

Frikete, una niña de ocho años acogida en Sigüenza, cuenta su visión de la tragedia desde una escuela en Masget

Disparos, explosiones y cuerpos inertes. Esto es lo que oyó y vio Frikete Berisha, de 8 años, hace apenas tres semanas en su colegio, en Masget, una aldea de Kosovo. Friket es una de los 102 albanokosovares que se refugian en el seminario de Sigüenza desde que el domingo llegaran a España procedentes del campamento de desplazados de Stankovic, Macedonia. Ella, junto con otros 16 deportados, conversaron ayer con los periodistas después del merecido descanso de tres días aconsejado por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Durante ese tiempo aprovecharon para tramitar sus expedientes y someterse a exámenes médicos con la ayuda de los encargados del seminario, la ONG Comisión Católica. Sus caras recuperan la sonrisa con timidez, pero los recuerdos pesan, y se proyectan en sus miradas y en sus palabras.

Frikete, una niña delgada, cándida, de pelo oscuro y largo, se sentó sobre las rodillas de su abuelo, uno de los 14 familiares que han venido con ella, para relatar las escenas que sus curtidas retinas repiten una y otra vez: "Después de los disparos entraron en las clases y nos dijeron que nos tumbáramos".

La voz de Frikete, fría y pausada, sorprende ante la fragilidad de su físico, y penetra en los que la escuchan. "Cuando nos dejaron salir, las aceras estaban cubiertas con cuerpos de hombres, mujeres y niños. Todos estaban muertos", sentencia, distante. Frikete relata la matanza casi sin pasión, con el cansancio y la distancia de haberla recordado y revivido hasta hacerla cotidiana.

Fuera ya se había puesto el sol. Hacía frío. "Pasamos toda la noche en la calle, ante la amenaza de que nos pudieran matar los mismos que habían matado a las personas que permanecían en el suelo". Con la mañana llegaron unos tractores. Subieron en ellos. Pero no para ir a sus casas: "Nos condujeron a una fábrica de cemento donde nos reunieron a todos". En la cementera acabó su pesadilla. Una de las muchas con las que se acuestan los cientos de miles de refugiados albanokosovares expulsados de sus hogares por el régimen de Slobodan Milosevic.

Sefer Crasnici, de 32 años, tuvo que abandonar su casa en Pristina nada más comenzar los bombardeos aliados el 24 de marzo. "Pero no por la OTAN, sino porque los paramilitares de Arkan nos expulsaron". Salió con lo puesto: una gastada cazadora de cuero negro de la que no se desprende nunca, un jersey de cuello vuelto del mismo color, y unos pantalones oscuros. Le acompañaban ocho miembros de su familia y vivió la odisea de culminar el último tramo hasta la frontera con Macedonia caminando sobre las vías del tren: "Nos dijeron que era lo más seguro: el campo estaba repleto de minas".

Las minas están lejos ahora, pero la guerra les acompaña en sus recuerdos, en sus facciones. Dentro del poco equipaje que han traído en bolsas de plástico se encuentra un calendario del Ejército de Liberación de Kosovo (ELK) que cuelga, ahora, sobre el aparato de televisión. Recuerda el hogar abandonado. Y también los disparos, las explosiones y los cuerpos inertes.

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