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martes, 8 de diciembre de 1998
Tribuna:

Sirenas en el Amazonas

Los cronistas del Descubrimiento y la Conquista fueron los primeros, en América, en practicar el periodismo escrito. Algunos de ellos pueden ser considerados auténticos reporteros, pues, como Pedro Pizarro, Cieza de León o Bernal Díaz del Castillo, eran testigos y protagonistas de los sucesos que relataron, en tanto que otros, como el Inca Garcilaso de la Vega, el Padre Cobo, Pedro Mártir de Anglería o Herrera, recogieron sus informaciones entrevistando a sobrevivientes y depositarios de documentos y memorias de aquellas hazañas.Ese periodismo primigenio -la palabra aún no existía, aparecerá siglos más tarde- comenzaba a abrirse un espacio, entre dos gigantes que hasta entonces monopolizaban el reino de la información: la historia y la literatura. Las crónicas participan de ambos géneros, pero algunos cronistas se distancian de ellos, pues, como los prolijos Cieza o Bernal Díaz, no refieren hechos del pasado, sino de la llameante actualidad, guerras, hallazgos de tesoros, ciudades y paisajes exóticos, conquistas, traiciones, proezas, que están sucediendo o acaban de suceder. Lo que da a sus escritos esa cualidad eminentemente periodística de la inmediatez, de textos elaborados sobre lo visto, lo oído y lo tocado.

Sin embargo, ninguna de las crónicas, ni siquiera las más fidedignas, pasaría una prueba de lo que en este siglo llegó a considerarse el deber de objetividad del periodismo: la obligación de hacer un estricto deslinde entre opinión e información, la de no mezclar una noticia con juicios o prejuicios personales. Esa noción que diferencia entre información y opinión es absolutamente moderna, más protestante que católica y más anglosajona que latina o hispánica, y hubiera sido incomprensible para quienes escribieron sobre la Conquista de la Florida, de México, del Perú o del Río de la Plata. Porque para aquellos cronistas del XVI y del XVII, la frontera entre realidad objetiva, hecha de ocurrencias escuetas, y subjetiva, fraguada con ideas, creencias y mitos, no existía. Había sido eclipsada por una cultura que casaba en matrimonio indisoluble los hechos y las fábulas, los actos y su proyección legendaria. Esta confusión de ambos órdenes, que alcanzará siglos más tarde, con un Borges, un Carpentier, un Cortázar o un García Márquez, gran prestigio literario, que los críticos bautizarán con la etiqueta de "realismo mágico" y que muchos creerán rasgo prototípico de la cultura latinoamericana, puede rastrearse ya en esa manera de cabecear la realidad con la fantasía que impresiona tanto en las primeras relaciones escritas sobre América.

A esos escribidores que vieron elefantes en la isla Hispaniola, sirenas en el Amazonas, y poblaron las selvas y los Andes de prodigiosos animales importados de la mitología grecorromana sería una ligereza llamarlos embusteros, incluso visionarios. En verdad, no hacían más que acomodar -para entenderla mejor- una realidad desconocida, que los deslumbraba o aterraba, a modelos imaginarios que llevaban arraigados en el subconsciente, de modo que, gracias a semejante asimilación, podían ambientarse en el mundo fabuloso que pisaban por primera vez. Por eso, el Almirante Colón murió convencido de haber llegado con sus tres carabelas a la India de las especies, León Pinelo dedicó media vida a probar que el Paraíso Terrenal estuvo localizado en la orilla derecha del río de las Amazonas, y por eso desaparecieron tragados por los abismos andinos, en los páramos del altiplano o en los dédalos de la jungla, tantos exploradores que, a lo largo de tres siglos, recorrieron el Continente en busca de El Dorado, las Siete Ciudades de Cibola, la Fuente de la Juventud o las huellas del Preste Juan. Y, por eso, como demostró Irving Leonard en "Los libros del conquistador", los descubridores, adelantados, fundadores de ciudades y aventureros españoles y portugueses, bautizaron los lugares y poblaciones de América con nombres tomados de las novelas de caballerías. (Yo, por ejemplo, pasé parte de mi infancia en un barrio de Lima que se llama Miraflores; mucho después descubrí que debía su nombre al palacio imaginario de la bella princesa por la que recorre el mundo enderezando entuertos el Amadís de Gaula). Nadie contribuyó tanto como la Inquisición española a fortalecer en los iberoamericanos la costumbre de mezclar ficción y realidad -mentira y verdad-, con su pretensión de impedir que en las colonias de América se leyeran novelas. La Santa Inquisición tenía la sospecha -muy fundada, por lo demás- de que las historias imaginadas por los novelistas alborotan los espíritus, inspiran desasosiego, actitudes insumisas frente a lo establecido. Y, por tanto, durante tres siglos en la América española estuvo prohibido el género novelesco. La prohibición fue burlada en parte gracias al contrabando -los primeros ejemplares del Quijote llegaron a nuestras tierras ocultos en un tonel de vino-, pero funcionó en cuanto a la impresión de novelas. La primera, El periquillo sarniento, se publicó sólo en 1816, luego de la Emancipación.

Una inesperada consecuencia del empeño de los inquisidores en prohibir la ficción, fue que la necesidad de completar la vida real con la vida soñada que anida en el corazón humano, los hispanoamericanos debieron aplacarla impregnando de fantasía toda la vida. No tuvimos novela durante los tres siglos coloniales. Pero la ficción se infiltró insidiosamente en todos los órdenes de la existencia: la religión, la política, la ciencia y, por supuesto, el periodismo.

La costumbre de mirar la realidad e informar sobre ella de manera subjetiva -que en literatura da excelentes frutos y en el periodismo venenosos- tiene en nuestras tierras una robusta tradición de cinco siglos y la señalo para destacar la influencia de la cultura en la determinación de las nociones de mentira y verdad, la descripción verídica de un hecho y su deformación subjetiva. Cuando ésta es deliberada, y persigue hacer pasar gato por liebre, contrabandear una mentira por una verdad, se comete una infracción tanto jurídica como ética, claro está. Abundan ejemplos de esta práctica delictuosa e inmoral.

Es más difícil emitir un juicio severo en aquellos casos, no siempre fáciles de detectar, en los que, de manera tan inconsciente como la de los primeros cronistas, el periodista de nuestros días, para explicarse a sí mismo aquello que le resulta extraño, írrito o inapresable con sus acostumbrados códigos, colorea, resalta o minimiza los hechos, creyendo así referirlos mejor, cuando, en verdad, los está juzgando o interpretando. El periodista no es, ni debe, ni puede ser, aunque se lo proponga, una máquina transmisora de datos, un robot a través del cual pasaría la información sin alterarse, como rayo de sol por un pulcro cristal. Siente, piensa y cree ciertas cosas, actúa en función de valores y paradigmas, y esta materia subjetiva deja adherencias en sus crónicas, aun cuando se esfuerce en ser imparcial, un invisible mensajero de la actualidad. Por eso, en América Latina el periodismo puede ser de alto o bajo nivel, admirable o execrable, pero sólo en casos excepcionales logra ser

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objetivo, como lo es, en cambio, con naturalidad, en los países anglosajones, donde una antigua tradición lo empuja a serlo.

Las culturas cambian más lentamente que las legislaciones, y, por eso, cuando los reglamentos y las leyes entran en conflicto con las propensiones y costumbres, funcionan mal, son desobedecidos y burlados, y obtienen resultados opuestos a los que se proponen. Aquella poderosa tradición de confundir deseos y realidades, aún viva, ha sido un fecundo incentivo para la creatividad artística. Pero esa misma tradición ha hecho que América Latina haya sido tan poco eficiente al organizar la sociedad, creando riqueza o aclimatando en su suelo la cultura de la libertad, cuya expresión política es la democracia. Ésta es una realidad profunda, no desmentida por el hecho de que hoy haya tantos gobiernos democráticos y pocas dictaduras. Tenemos democracias, sí, pero precarias, porque sus fundamentos han sido echados en un terreno poco sólido. Que las cosas hayan comenzado a cambiar y que en muchos países existan amplios consensos a favor del sistema democrático es alentador. Pero creer que ello es irreversible, sería ingenuidad, otra manifestación de esa vieja inclinación a confundir la presa con su sombra. Lo cierto es que la democracia se desmoronó en el Perú, en 1992, con la anuencia o indiferencia de buena parte de la población y la complicidad de casi todos los grandes medios de comunicación; que se salvó de milagro en Guatemala poco después; que por dos veces estuvo a punto de perecer en Venezuela y que, ahora, el coronel paracaidista Chávez, que intentó el liberticidio, podría llegar al poder con los votos de los venezolanos. Las últimas ocurrencias en Paraguay, donde otro golpista, el general Oviedo, ostenta desde la sombra tanto o más poder que el Presidente, llevan a preguntarse si eso es todavía una democracia, o dejó de serlo, aunque conserve las apariencias. La lista podría alargarse interminablemente.

En ningún dominio se advierte con tanta nitidez lo quebradiza que es aún la salud democrática, como en ese termómetro que es la libertad de prensa. Desde el punto de vista jurídico, jamás estuvo mejor defendida. Constituciones y sistemas legales la proclaman y los gobiernos se jactan de respetarla. Sin embargo, a menudo, a ese amparo legal y a esos pronunciamientos hay que concederles la misma seriedad que a los documentos de realismo mágico que firma cada año Fidel Castro con los demás jefes de Estado de las Cumbres Iberoamericanas a favor del sistema democrático.

En realidad, como atestiguan la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa), Amnistía Internacional, Americas Watch, Article XIX, y muchos otros organismos internacionales, de un confín a otro del Continente los atropellos a la libertad de prensa son constantes y abarcan un variadísimo repertorio: desde el asesinato y desaparición de periodistas, hasta el despojo a sus dueños, mediante triquiñuelas legales, de sus medios de comunicación, pasando por todas las formas de intimidación y soborno, a fin de silenciar las críticas, manipular la información e impedir la fiscalización del poder.

El avance de la democracia en América Latina es real. Pero, en vez de consolidarse gracias a ello, la libertad de prensa se ve todavía mediatizada, de mil insidiosas o brutales maneras, aun en sociedades donde la libertad política y la libertad económica han llegado más lejos. Conviene encarar esta circunstancia con lucidez, si queremos corregirla. Y, para ello, el primer paso es reconocer en nuestra psicología y nuestros usos -en nuestra cultura- los adversarios a los que hay que derrotar para llegar a ser, algún día, verdaderamente libres.

Jorge Luis Borges afirmó: "Espero que alguna vez merezcamos la democracia". Quería decir que vivir en una sociedad libre, regida por leyes justas, no es un punto de partida sino de llegada, una meta que se alcanza practicando la tolerancia y la convivencia, admitiendo y ejercitando la crítica, y, sobre todo, renunciando, en la vida cívica, a la tentación de lo imposible, en nombre de ese pragmatismo que los ingleses llaman el sentido común y los franceses el principio de realidad. Los latinoamericanos difícilmente nos resignamos a aceptar que esa cosa tan aburrida y mediocre -el sentido común- puede ser una virtud política, y, entre realidad e irrealidad, preferimos esta última, más fulgurante que aquélla, tan pedestre. Por eso, nos hemos pasado la vida, como los fundadores, buscando ciudades y reinos de ilusión. El resultado es que nuestra vida se ha quedado muy rezagada detrás de nuestros espejismos y que, debido a ello, seguimos pobres mientras muchos países prosperaban, y oprimidos, mientras otros pueblos conquistaban mayores márgenes de libertad.

Una cultura no es un campo de concentración, una condición inmutable del ser. Es una creación humana susceptible de transformación, un paisaje espiritual que cambia al compás de las acciones de los hombres, como las dunas al capricho del viento. Nuestra cultura tradicional no nos preparó para la libertad porque fue autoritaria, intolerante y dogmática, de verdades absolutas impuestas por la coerción. E inoculó en nuestros espíritus la sumisión o la rebeldía anárquica, dos formas de violencia reñidas con la convivencia en la diversidad. Somos mejores soñando y fantaseando que viviendo, virtud en el dominio artístico, lastre en la realidad económica, política y social.

Hemos comenzado a cambiar, y, aunque los problemas son enormes, hay en América Latina algunos progresos. Pero nada está garantizado y la posibilidad de un retroceso acecha por doquier. Ésta no es una consideración pesimista sino un llamado a la vigilancia. Albert Camus decía que era legítimo ser pesimista en el campo de la metafísica, en el que nada podemos, pero que tenemos la obligación del optimismo en el de la historia, en el que todo depende de nosotros. Es una idea que deberíamos adoptar, y buscar en ella aliento, mientras hacemos méritos a fin de merecer, pronto, los favores de la libertad, esquiva y maltratada señora de nuestra historia.

©Mario Vargas Llosa, 1998. ©Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SA, 1998.

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