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viernes, 13 de febrero de 1998
Tribuna:ECONOMÍA INTERNACIONAL

Crisis y tradición en Asia

El autor analiza la crisis de grandes proporciones que, tras varios lustros de éxitos, afecta a varios de los países más importantes de Asia

La crisis asiática se está llevando por delante muchas cosas y puede cambiar los equilibrios en la zona. Para empezar, esta crisis ha apagado mucho el glamour del modelo asiático de desarrollo económico. Ese modelo no está tan claro porque los países asiáticos son heterogéneos, pero se puede simplificar en una combinación de Gobiernos fuertes, grandes conglomerados industriales, énfasis en el crecimiento, acusada protección de los mercados domésticos, baja presión fiscal, reducidos sistemas de protección social, mano de obra barata y disciplinada, poco desempleo y un patriotismo económico compartido por la mayoría de la población. A muchos neoconservadores, este esquema les atraía fuertemente.El modelo ha resultado no ser tan eficaz, y esa convicción es el detonante último de la crisis. Las economías afectadas han perdido la confianza de los mercados financieros que tanto las habían ensalzado, lo que ha desatado el pánico.

Esa falta de eficacia se manifiesta en la baja rentabilidad de grandes proyectos y de conglomerados industriales enteros. Tiene que ver con la eficiencia industrial, que no era tan elevada como se creía, y con la estrategia empresarial, que en muchos casos ha llevado a grandes excesos de capacidad.

Más difícil de entender es la ineficiencia de sus sistemas financieros: bancos, compañías de seguros y agencias de Bolsa concedieron créditos inexplicables o crearon una gran burbuja financiera (y también inmobiliaria), sin aprender de la crisis de Latinoamérica de 1982 y sin atender, simplemente, al sentido común.

La habilidad de los Gobiernos para manejar la pauta financiera de la economía ha sido más bien poca, dejando que esas burbujas crecieran durante años sin intervenir. Después, cuando la crisis se veía venir, no se atrevieron a pincharlas, optando por remansar los problemas.

Esta forma de actuar tiene tres causas. La primera es la antigua y equivocada convicción de que sólo la economía real, la productiva, tiene importancia. Es decir, que si la industria se desarrolla, gana mercados internacionales y crea empleo, todo irá bien. Pero eso depende de que tal crecimiento sea sano, se haga sin endeudarse más allá de ciertos ratios y genere beneficios suficientes.

La segunda causa es la identificación entre política y empresas. En algunos países (Japón, Corea), los partidos políticos en el Gobierno, durante décadas, tenían fortísimas vinculaciones con los conglomerados industriales que dificultaban la adopción de medidas desagradables a tiempo. En otros países (Indonesia, Malasia) ha habido muy poca separación entre políticos y grandes empresarios: muchos de ellos pertenecen a las mismas familias.

La tercera es el fuerte peso de la tradición y la débil institucionalización. La tradición, "el modo asiático de hacer las cosas", del que se vanagloriaban empresarios y políticos frente a Occidente, no puede resumirse en unas pocas líneas. Pero implica la primacía de las relaciones personales sobre las normas escritas. Es decir, equivale a favores mutuos, lealtades más allá de la legalidad, compromisos, arreglos y compadreos. La prensa anglosajona ha comentado este aspecto denominándolo "capitalismo de amiguetes", pero eso es frivolizar algo tan serio como la fidelidad personal en esa tradición asiática. Fidelidad que, por ejemplo, está en la base del bajo desempleo, por darse por supuesta entre empresario y trabajador cuando sobra plantilla.

Más criticable es la débil institucionalización. Ni bancos centrales, ni entidades supervisoras ni los tribunales han tenido la autoridad y los medios para impedir que se impusieran la costumbre o los compromisos sobre las leyes.

Otras veces, las leyes han sido laxas o incompletas. No les va a ser fácil superar la crisis sin reformas económicas que rompan monopolios, separen los grupos financieros de los bancarios y, sobre todo, den autoridad a las entidades supervisoras, dotándolas de normas modernas. Pero eso lo harán antes o después. Las mayores dificultades serán políticas, como dijo Paul Krugman en Madrid hace unos días. Porque hacen falta profundos cambios políticos hacia una mayor transparencia y democracia. En algunos países ya han empezado esos cambios, como en Corea, pero en otros, como Indonesia, no puede sostenerse una dictadura que ha perdido con esta crisis su coartada económica.

Sin embargo, la dificultad política más seria será superar el respeto hacia la forma tradicional de hacer las cosas. Que las instituciones estén por encima de las relaciones personales y no esté mal visto negar un crédito o ejecutar garantías a un grupo amigo, o que suspender pagos no se vea como una humillación para todo el país, por poner dos ejemplos.

El nacionalismo que ha sostenido el llamado modelo asiático está muy arraigado. Ahí está la imagen de los jóvenes coreanos destruyendo productos occidentales como reacción contra una inexistente conspiración occidental contra sus grupos industriales. Pasará algún tiempo para que allí se entienda que no se trata de patriotismo, ni de conspiraciones extranjeras, ni de eliminar de golpe una cultura de las relaciones humanas y una tradición formadas a través de los siglos.

Se trata sólo de aceptar la importancia y las reglas de la parte financiera de las economías modernas. El endeudamiento excesivo, la baja rentabilidad de las inversiones y la sobrecapacidad no se superan con "valores asiáticos". A los occidentales nos interesa que el FMI y los Gobiernos afectados acierten y esta crisis se supere pronto, aunque es de temer que ese cambio de mentalidad no sea tan rápido.

En cualquier caso, en el futuro las cosas ya no serán igual, porque los ciudadanos de Corea del Sur y de Japón preguntarán por qué ha sido necesario dedicar ingentes cantidades de dinero público para sanear grupos financieros privados. Seguramente, muchos pensarán que la transparencia de las democracias occidentales no está nada de más.

Mientras, muchos banqueros no asiáticos que han concedido créditos a grupos coreanos o indonesios sin preguntar demasiado, tendrán que reconocer que han olvidado las lecciones de Latinoamérica en la década pasada. La experiencia y la memoria son valores muy apreciados en Asia que Occidente debe cultivar.

Julián García Vargas es economista

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