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viernes, 28 de febrero de 1997
Tribuna:

Derechos y deberes cívicos y sociales

En Europa se ha constituido un Comité de Sabios que ha hecho un informe importante que titula Por una Europa de los derechos cívicos y sociales. Quizá el mayor error ha sido llamarse así, por que su conclusión es precisamente la contraria. Porque ese famoso comité confiesa acertadamente que Ias instituciones o los expertos ya no son los únicos que deben intervenir en temas tales como los derechos fundamenta les que afectan a la vida cotidiana de las personas". La ciudadanía no se agota hablando de una suma de derechos, sino que "es también una manera de ser, de reconocer las obligaciones hacia los demás", y de "participar en la construcción de la sociedad", ya que "una simple enumeración de una lista de derechos no refleja debidamente esta dimensión de la ciudadanía". Es preciso "definir una visión más equilibrada de los derechos y deberes". Y en España, la Comisión Española de Ayuda, al Refugiado (CEAR), donde participan los partidos y sindicatos, junto con grupos humanos y personas significadas, lo difunde en sus jornadas.Hasta ahora, sólo nos habíamos fijado en los derechos, y esto era necesario, pero no era suficiente, y caemos en la cuenta de que a todo derecho corresponde también un deber y, si no, estaremos en un mundo desvencijado e ineficaz en sus pretensiones, como pasa actualmente. La ley que gobierna. al mundo nos ha costado trabajo darnos cuenta de que es la ley de la reciprocidad, que siglos antes de Cristo descubrió y propagó el gran líder humano que fue Kung-fu-tse (Confucio).

Lo malo es que hemos perdido la memoria histórica, y estamos inventando trabajosamente cada poco lo que ya estaba inventado y habíamos olvidado. La historia debía ser la gran maestra de la vida, pero no lo es. Nuestra ignorancia es supina; y esto nos hace perder un tiempo hermoso que tenemos que rehacer después de habernos dado con la cabeza -en la pared. Vamos poco a poco adelantando; pero ¡cuánto nos cuesta hacerlo! Somos como una pesada carreta que no avanza apenas, quedándonos empantanados en la vida cotidiana, sin vislumbrar ni abrir el camino futuro.

La Revolución Francesa descubrió un elenco de derechos que hoy deberíamos volver a leer y pensar, porque dice algo esencial que debíamos haber tenido en cuenta los ciudadanos del mundo. Se hace imprescindible reconsiderar todo ello, a la luz de lo ocurrido en estos años del siglo, con tanta injusticia palmaria que clama al cielo y tanto problema de dimensiones mundiales. Estamos todavía admirados con el primer nivel de derechos, los que propugnó el liberalismo: las libertades básicas, que son la piedra fundamental de un Estado de derecho; y mal que bien, al menos de palabra, parecen haberse conseguido en buena parte de Europa, aunque no en toda. El fascismo, el nazismo, el franquismo y el sovietismo estaliniano han desaparecido, y poco a poco entran en caja los países que han padecido su dominio tan poco humano.

Pero ahora está apareciendo todos los días la necesidad de desarrollar y aplicar los derechos de segundo nivel los derecos económicos, culturales y sociales, que todavía falta mucho para que sean una realidad generalizada. Las libertades, son falsas si no tienen este apoyo de, base, porque no se es libre si no se come y no se tiene un abrigo y una casa; y tampoco si no hay suficienie protección real y práctica del enfermo, del jubila do o del anciano, el parado y el inmigrante.

Lo mismo Ángel Ganivet que Unamuno proclamaron, además, a principios de, siglo, que para tener más, libertad real se necesitaba más cultura. La base de una libertad auténtica es la cultura, y sin ella no hay una verdadera libertad en la práctica, porque no sabemos elegir nuestra conducta de modo adecuado. No nos damos cuenta de que "la libertad consiste en poder hacer todo cuanto no perjudique a otros", y hemos de percatamos de ello; y Ia, ley sólo tiene derecho de prohibir aquellos actos que son perjudiciales a la sociedad" (artículos 4º y 5º de la Declaración de Derechos del Hombre, de 1789): no puede prohibirlo todo. Y esto lo hemos de decidir entre todos y llevarlo a cabo con la participación de todos. Ya no se puede gobernar para el pueblo sin el pueblo, como frecuentemente se hace al olvidarse durante cuatro años de las necesidades reales de los votantes después de haber conseguido su voto. Ni podemos estar a merced de los grupos de intereses, qué no representan a la mayoría, pero la acaparan sin respeto a su libertad.

Pero faltan aún los llamados derechos de la tercera generación. Todavía estamos en mantillas, y son más que nunca necesarios si queremos que el mundo deje de ir a la deriva. Son un ambiente sano, sin estar contaminado por el ruido, que irrita y enfrenta a los seres humanos, con los nervios a flor de piel; o la polución que nos invade en las grandes ciudades, lo mismo que en los sitios de grandes fábrica peligrosas, porque arrojan sobre el pobre ciudadano sus mismas. Es el derecho a una sociedad en paz, donde la felicidad humana sea posible. Es el derecho a una vida y una muerte dignas; lo mismo que a nuestra intimidad, violada constantemente en nuestra sociedad de la comunicación a ultranza y del morbo por la noticia escandalosa. Y también a la necesaria inviolabilidad de nuestro patrimonio genético, que está en peligro con la llamada revolución-genética y la ingeniería genética.

Pero nada se conseguirá si los ciudadanos y los que nos gobiernan no saben cumplir sus correspondientes deberes, como contrapartida de los derechos humanos, para que sean eficaces y no sólo resulten pura palabrería- propagandística. Declaración, sí; pero compromiso, también. Compromiso de las personas, de los grupos y de ese gran monstruo en que se están convirtiendo él Estado y las administraciones públicas.

Estamos llegando así a la última clave: el motor de todo ello tiene que ser el desarrollo de esa calidad humana que empieza a sonar corno imprescindible para la sociedad del futuro, la solidaridad.

Recordaba al principio el olvido de lo que se supo hace años, y ya no recordamos. Yo tuve -al profesor Verdes Montenegro como catedrático de una asignatura que hoy tendría que imponerse a todos en los estudios para la adolescencia y juventud: debe res éticos y cívicos. Nos educaba este profesor en lo ,que no supimos continuar dentro de la crispación de las dos Españas enfrentadas tradicionalmente, y que antes de nuestra guerra civil lo estaban más todavía. Sabía educamos prácticamente en esa moral cívica hoy tan necesaria, definiendo la ética como "la ciencia de las costumbres de cuanto es plausible o censurable, de cuanto se produce de modo que la humana convivencia pueda, conservarse y mejorar". Y las leyes tienen que ser el marco mínimo necesario para que se cumpla el bien humano: "El derecho hace posible la práctica del bien", ya que Ias normas morales se re fieren a todas las acciones humanas", y "su cumplimiento se deja a la voluntad del sujeto o sólo se exige por arte de la opinión pública"; en cambio, Ias normas jurídicas sólo atañen a menor número de actos", y "su efectividad es exigida más decidida y vigorosamente por la opinión unánime o por las leyes".

La ética cívica se gobierna, además, por las consecuencias de nuestros actos, consecuencias cada vez mejor conocidas hoy; y el móvil práctico de nuestro deber consiste en percatamos de "la deuda para con la sociedad que nos impulsa a devolver el beneficio recibido". No es cuestión de intenciones, sino de responsabilidad social.

De este modo es como Europa y la CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado) colaboran a desarrollar estas urgentes necesidades humanas.

E. Miret Magdalena es teólogo seglar.

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