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domingo, 5 de enero de 1997
FÚTBOL DECIMOCTAVA JORNADA

Ronaldo deslumbra, Pizzi marca

El Barcelona gana en Riazor con un gol afortunado en el último minuto

Que no teman en Barcelona: e. Ronaldo enamorado es el Ronaldo de siempre. El brasileño llevaba un mes deambulante, triste y sin goles, pero es que quizá también los dioses necesitan tomarse un respiro de vez en cuando. El triunfo de anoche en Riazor llevó el sello de Pizzi, el hombre providencial que conectó un cabezazo a la red con el tiempo ya agotado. Pero el arquitecto de la victoria azulgrana fue, sin duda el brasileño, que tuvo veinte minutos prodigiosos, en los que amedrentó al Deportivo con dos latigazos a la madera y lo dejó en inferioridad numéricas tras provocar la expulsión de Nando. Ronaldo, de nuevo, volvió a sacar al Barça del pozo de la victoria y castigó a un Deportivo que en todo momento pareció conformarse con no perder.Si algún día el fútbol consigue librarse de la monsergas de los entrenadores, habremos ganado en salubridad mental y dejaremos de perder el tiempo en debates estériles y artificiosos. Como prueba, obsérvese el caso del Deportivo. Su técnico, John Toshack, lleva un año quejándose de que heredó una plantilla programada únicamente para el contragolpe, lo que, según él, le impedía cumplir su supuesto propósito de convertir a los blanquiazules en equipo de ataque. Con esa excusa, Toshack promovió una renovación total de su plantel. Pues bien, doce meses y 4.000 millones en fichajes después, el Deportivo sigue siendo lo que ha sido siempre: un equipo de contrataque.

El Deportivo salió anoche con la vieja fórmula de arropar se en la zona ancha y esperar a que el rival perdiese la pelota para lanzar la avanzadilla de los Fran, Martins y Rivaldo. La estadística de la primera parte ofreció a ese respecto un balan ce demoledor: el conjunto de Toshack disfrutó de una sola situación franca de contragolpe y ésa fue también la única ocasión clara de gol para los deportivistas; el balón se fue a la madera tras un extraño centro de Rivaldo y una no menos extraña indecisión de Vítor Baia. Eso sí, poco antes, en una jugada intrascedente, el árbitro no vio a Guardiola despejar una pelota con la mano dentro del área.

Si el Deportivo se pertrechó para el contragolpe, Robson tampoco deparó grandes novedades. A este Barça la cuesta manejar la pelota, una carencia increíble en un equipo que es un vergel de buenos futbolistas. Anoche, además, Popescu usurpó a Guardiola el mando del equipo, y ya se sabe lo que eso significa: mucho pelotazo y poca elaboración. El Barça, en todo caso, mejoró sensiblemente en el aspecto organizativo, lo que le permitió mantener el equilibrio frente a un rival que se exponía a tan pocos riesgos. Pero la apuesta de Robson era la triste historia de siempre: encomendarse a su majestad Ronaldo.

El brasileño dio toda la impresión de estar plenamente recuperado. No lució más en la primera parte porque estuvo -también como siempre- mal aprovisionado, sin recibir un pase, siempre a expensas de cualquier balón perdido. Y a pesar de ello, todas sus apariciones fueron temibles: un control primoroso, una inverosímil carrera supersónica o un regate construido en una centésima de segundo. Con este hombre no hay discusión posible. Cuando encuentra su estado de gracia, es sencillamente imparable, por mucho que tenga delante -como tenía anoche- a la defensa más sólida del campeonato.

Al margen de las explosiones individuales, el partido estuvo en todo momento muy trabado, con la típica pelea abierta, generosa y hasta interesante en la zona de creación, pero sin apenas deparar llegadas al área. Llegados a la mitad de la segunda parte, el diagnóstico se antojaba irrebatible: ganaría quien marcase primero. Fue justo el momento que escogió Ronaldo para quitarse la careta definitivamente.

En diez minutos, disparó dos veces al palo, Djukic le sacó un balón bajo la raya y mandó a la caseta a Nando por una falta al borde del área. En ese momento, el Barça tenía el partido atrapado; sólo quedaba a que Ronaldo se reencontrase con la fortuna. Sin embargo, el partido guardaba un guiño imprevisible. En un gesto inaudito, Robson introdujo a última hora a Pizzi por Ferrer y la cabeza del hispano argentino resolvió con un rebote lo que no pudo hacer la magia brasileña.

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