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lunes, 4 de noviembre de 1996
Tribuna:

Dialéctica del presente

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El Tiempo nos desgarra y angustia al sentirlo fluir perpetuándose a sí mismo. El pasado está, aquí o allí, soterrado; el presente discurre sin casi darnos cuenta; el futuro ignorado presentimos está creándose a cada instante. En realidad, vivimos la plenitud de los .tiempos, gozando y sufriendo los momentos fugitivos del presente. Somos hijos de Cronos, el Dios de las horas, días, años que van haciendo y deshaciendo, Tiempo objetivo que presencia la materialidad del Ser. También vivimos un tiempo que nos deja sus hueIllas; es el subjetivo, íntimo que podemos medir, mirar atrás, verlo venir y hasta acariciar su piel móvil, permaneciendo aferrado a nuestro cuerpo. Tiempo vivido por el sentir de los sentimientos sucesivos y, -más tarde, al racionalizarse se proyectan en el fluir consciente de la sentimentalidad.Necesitamos definirnos concretamente para llegar a ser. En este sentido, el Tiempo es la Historia que desmitifica la verdad perenne, el Ente Supremo y demuestra, sin lugar a dudas, que todo cambia, se transforma en el devenir temporal. El arrobamiento ante la belleza de un cuadro de Velázquez, el deliquio místico del amor único, crean un falso sentimiento de eternidad, al evadirnos del Tiempo real que continúa su marcha llevándonos hacia el futuro.

En nuestros días el Tiempo adquiere una actualidad dramática, preocupa hasta acongojarnos. Acuciados por sucesos que se precipitan con frenesí vertiginoso, cambios encadenados unos a otros con dinamismo atroz, vivimos sometidos a una dimensión temporal desmesurada. Es indudable que siempre nos ha gobernado el Tiempo, pero en otras épocas los hechos de la vida tenían una cadencia tranquila, se hilvanaban las horas acordes al ciclo natural de las estaciones del año, y el acontecer florecía en orden pausado.. El advenimiento del capitalismo, con su furia innovadora, sacudió el ritmo de la vida, destruyendo arcaicas formas de existencia, el eterno Ser Supremo, la inmortalidad del alma, la poesía virgiliana del Espíritu, la perpetuidad del linaje, y nace el sentimiento del Tiempo moderno: cambios febriles, innovaciones materiales, violentada industrialización, cosmopolitismo, trastrueque de costumbres, desraizamiento, y se toma conciencia de la movilidad total: "No sólo en la mecánica, sino que tampoco en la electrodinámica hay propiedad alguna de los fenómenos que corresponden al concepto de reposo absoluto" (Albert Einstein). Actualmente, la revolución técnicocientífica, la informática, la cibernética, originan una angustiosa temporalidad que, diversificada en medidas y valoresdiferentes, impiden coincidir en un Tiempo que lleve al entendimiento de todos los hombres.

El Tiempo no es artificiosa eternidad invisible, es dialéctico porque, su continuidad discontinua, aúna pasado, presente y futuro. En 1789 los hombres se tocaban de gorro frigio y las mujeres vestían la túnica de las matronas romanas. ¿Moda retro? No, aquellos personajes de la Revolución Francesa revivían el pasado que era todavía para inaugurar una nueva etapa de la Historia. El Tiempo, no es, pues, lo que ya pasó ni lo que aún permanece, es nuestro emplazamiento en él, y Walter Benjamín denominó Jeztzeit ("Ahora"), que contiene el pasado y en el presente está prefigurado el futuro. El Tiempo no es lineal físico, sino perspectiva desde la actualidad, cuyo espacio es la sucesividad de realidades que la configuran. Para Robespierre, Roma era un pasado presente y vivo, e hizo saltar en añicos la supuesta perennidad de la Historia. El Tiempo es Presencia de los distintos "Ahora" que se suceden, dice Benjamín, y añade: "La Gran Revolución introdujo un nuevo calendario. El día que nació un nuevo calendario surgió como un nuevo Tiempo histórico". Este presente no es mera restauración del pasado, como pensaba Hegel, sino actualización cualitativa de las tendencias históricas que ya existen prefiguradas y latentes como nuevas situaciones y valores originales. Benjamín ataca la ingenua fe en el progreso indefinido de la Ilustración racionalista, porque no tiene en cuenta la permanente y cuantitativa evolución temporal, ya que lo nuevo irrumpe súbitamente como un sorprendente mundo original. Cuando no se aprovecha este momento crucial del Tiempo, después de todos los progresos realizados, lo antiguo se restablece. Entonces, la movilidad del tiempo parece cesar cuando, en realidad, nos descubre la simultaneidad de los episodios históricos, articulados por la unidad del Tiempo. Así, una revolución no es un mero periodo del Tiempo, sino que revela una Epoca más del proceso temporal de la Historia. Entre las distintas Épocas históricas, se puede establecer una conexión ideal que lleva a una configuración objetiva, paralelismos que demuestran la unidad de los procesos del Tiempo histórico.

El descubrimiento de afinidades entre períodos históricos muy distantes, reafirma el concepto diverso, pero único, del "Ahora", y hace que la historia sea siempre dinámica, abierta a todos los futuros. A este respecto, Ernst Bloch afirma que el original concepto benjaminiano de un tiempo pasado que reaparece como presente, no es una vuelta o remembranza, sino que demuestra la unidad de los distintos tiempos del Tiempo en el espacio único de la historia. El acontecer no es siempre igual ni se desarrolla simétricamente; por ello, insiste Bloch, debe contemplarse con mirada crítica sus cambios y alteraciones, teniendo siempre en cuenta la fragilidad de los hechos sin dejarse engañar por ellos, para que "la Estrella luminosa del Tiempo" no se apague, y una súbita oscuridad nos hunda en la desesperación, con pérdida del verdadero sentido de la historia. El Tiempo, afirma, es como la música de Bach, nos lleva a lo más profundo y sombrío de nuestro Yo para, más tarde, elevarnos a la serena claridad, a la armonía del Tiempo sin luchas, desgarramientos ni dolorosas rupturas, y el "Ahora" sea canto final de las discordancias que separan a los hombres.

Abandonemos los sueños paradisiacos del futuro sin renunciar a la autopía y dejemos atrás las remembranzas melancólicas de un pasado dichoso. Adoremos, simplemente, la presencia del presente.

Carlos Gurméndez es ensayista, autor del Tiempo y la Dialéctica.

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