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sábado, 14 de septiembre de 1996
Tribuna:

El truhán en su pedestal

Vivimos tiempos en los que parece regresar una ferocidad de la que se podía pensar que nos habríamos librado tras el resultado de las elecciones. La decepción ante la gestión del Gobierno salido de las mismas será mayor o menor según los observadores y, por descontado, debe ser argumentada en los diversos terrenos de acción política. Lo que, en cambio, empieza por estragar el gusto y acaba por asustar un poco es la combinación entre el juicio moral apodíctico y descalificador acerca de las personas, justificado en motivos improbados o dudosos, y el dictamen político no menos taxativo sobre lo que resulta opinable. Este ambiente político no es bueno y debiera ser rectificado. Si el PP contribuyó a alimentarlo en el pasado, ahora es su principal perjudicado. Como al PSOE había que dejarle probar en 1993 su capacidad para rectificar, también en 1996, por mera economía de tiempo y recursos, hay que dejar que transcurran los meses para poder emitir un juicio definitivo. sobre los que nos gobiernan, por abundantes que hayan sido sus traspiés e ingenuidades.En este clima resulta refrescante e incitador el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia concedido a Adolfo Suárez. Azorín veía a los políticos retirados de la vida pública como esas prendas de vestir ya un poco ajadas, pero que despiertan cariño y a las que se recurre precisamente por ello. Pero estos personajes pueden ser un acicate no sólo por lo que hicieron, sino por el estilo que imprimieron a la vida colectiva. Añorarlo es querer recrearlo.Alfonso Guerra tiene sus virtudes, pero nunca se le podrá perdonar el haber calificado a Suárez como "truhán del Misisipí". Ni siquiera fue original al hacerlo, pues no hizo otra cosa que convertir en esperpento una imagen tan habitual como injustificada. Era la de un político tan sólo hábil, pero en el fondo tramposo e inauténtico. Eso siempre fue tremendamente injusto; en primer lugar, porque los políticos se miden por el resultado de sus acciones. Azaña escribió mucho mejor, Maura fue un orador de infinita mayor valía y Cambó tuvo una inteligencia analítica muy superior, pero Suárez hizo más por la concordia nacional que todos ellos. Es legítimo pensar que las circunstancias no eran las mismas. También es evidente que, sin personas como él, nada se habría producido de la misma manera. Vista su trayectoria desde la perspectiva del tiempo transcurrido, maravilla cómo supo menguar y crecer ante las dificultades como la Alicia de Carroll o cómo mantuvo suspenso el ánimo de los ciudadanos de la misma manera que Maquiavelo recomendó a los príncipes.Pero el estilo de Suárez no fue tan sólo, ni mucho menos, la habilidad. Consistió en muchas otras cosas (y mucho más grandes). A veces sus interlocutores lo descubrían en el primer instante del contacto personal. Un adversario ideológico particularmente malintencionado como fue Tierno le juzgó ",avispado", pero también "buena persona". Esa es una clave esencial del personaje sin la que es imposible comprenderle. Julián Marías, cuando le vio por primera vez, le oyó una frase casi inconcebible en labios de un político español: "Yo soy un hombre normal y tengo muchas lagunas". En un país en que los políticos son más megalómanos que los entrenadores de fútbol no hay nada tan gratificante como descubrir que pueden ser modestos.Todavía hay algo más importante que constituye una lección permanente y que debiera ser recordado de modo especial también hoy. Bien mirado, Suárez, en su etapa como gobernante, supo cumplir la divisa de toda persona que crea en ese auténtico liberalismo que, como decía Marañón, consiste en tratar de entender las razones del otro. No fue autor de confrontación alguna que fuera innecesaria, más allá del obvio contraste que surge del choque de ideas propio de la democracia. Fue, por el contrario, autor principal de una descrispación general de los españoles que hizo posible un inédito consenso constitucional. Todo eso debe ser agradecido y, por consiguiente, debe ser premiado. Pero bueno será, ahora que tenemos al supuesto truhán en su pedestal, que, además, lo imitemos.

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