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jueves, 29 de agosto de 1996
Tribuna:

El córner

También la de 1973-1974 fue una gran temporada. Occidente temblaba con la crisis del petróleo, pero en el comer se vivía a manos llenas, sin enterarse demasiado de la jugada. También íbamos a tener la mejor Liga de Europa, sin duda ninguna. Era la primera Liga de los extranjeros, dos por club. El Madrid había fichado a Günter Netzer, y el Barca había fichado a Johan Cruyff. Pronto se sabría quién era quién. Mientras tanto, el Consejo de Ministros estaba en lo que le corresponde por derecho: debatiendo el subsidio de paro o el derecho al despido, mientras afuera llueve.La atracción hipnótica del fútbol tiene bastante que ver con la repetición de unos cuantos movimientos. El fútbol es un orden ajeno y a salvo. Hace muchos años que lo que sucede en el campo es prácticamente lo mismo. Jugadores, entrenadores, narradores, todos los que de un modo u otro viven del fútbol tratan de hacer creer lo contrario. Se trata de una ilusión muy explicable: defienden su pan y su lugar en el mundo. Hace años, años infinitos, que un hombre le pregunta a otro: ¿justo el resultado?, y que el otro hombre contesta con una seriedad implacable, evaluando las consecuencias: bueno, yo creo que sí. El fútbol es un amarre barato en el pasado, una leche que mamé. Desprende un aburrimiento atroz, y el griterío que lo acompaña es ensordecedor, descerebrado. Se trata de las condiciones del éxito.

Va a ser una gran temporada. Maastricht aprieta, pero desde el córner Maastricht no es nada más que el pase de la muerte. Vamos a tener la mejor Liga de Europa. La primera Liga sin fronteras y nosotros arriba del todo: qué tíos. Mijatovic, Ronaldo... Pronto se sabrá quién es quién. El Gobierno, reunido en Consejo de Ministros, pide a Dios su bendición y ganar el cielo. Luego dispone que don José Barea salga por la tele en los intermedios.

 
 

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