Embri(b)ones
Una infame subasta recorre el mundo úteros hospitalarios se ofrecen para adoptar -adoptar, ¡así lo dicen!- algunas de las miles de gotitas reunidas en sofisticados iglús, antes de que las destruyan -¡así lo dicen!-. Asociaciones e individuos del tipo más pintoresco dan uno, ciento, mil, un millón para que una muchacha inglesa que no quiere gemelos tenga gemelos: les debe de hacer la misma ilusión que un huevo con dos yemas. Psicoterapeutas ofrecen sus servicios a la citada muchacha, con la avidez de quien atisba en lontananza una pieza muy rara y carnosa: han asegurado esos lóbregos gestores de la mala vida que el niño siempre le recordará a la madre el embrión desechado y que ellos han de intervenir. Y ya debe de haber tabloides ofreciendo millones para que la protagonista explique su caso, si es que no está ya todo negociado, escrito y a punto de embalar en la edición del domingo.¿Quién da más?
El espectáculo de la alta tecnología, a menudo tan ficticio y tan coreado en su ficción por los medios -nadie explica el dolorosísimo y mayoritario fracaso de las técnicas de reproducción... artificial, dicen, convencidos de que hay hombres artificiales-, resulta humillante para los que experimentan en carne viva la confrontación entró ese espectáculo y la realidad no, meramente virtual de los hombres y sus problemas. La humillación se carga de obscenidad cuando la internacional de la caridad -esa perversión de la solidaridad que adjudica sistemáticamente a las víctimas una inferioridad moral- derrama al punto la exudación de su mala conciencia. Y la obscena humillación se vuelve delito, perseguible de oficio, cuando tras la máscara de la generosidad se descubre un mero interés de propaganda ideólógica o profesional, un reflejo de lentejuela clavado en el oscuro y ajeno corazón de la desdicha.