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jueves, 4 de abril de 1996
Tribuna:

Me hago el test

Especializado como estoy en el análisis y puesta en su lugar de las flaquezas de mis compatriotas, arrugo la nariz ante la negociación de CiU y PP. Entiéndase: la arrugo como la fiera huele la presa, dando por supuesto que hay tajo seguro por ahí. Porque el mensaje implícito de esa negociación ahonda en lo que debe llamarse la fatuidad catalana, ese poco crispado pero inexorable complejo de superioridad con que determinados catalanes afrontan su relación con el resto mortal de España. Paréntesis: cualquiera que quiera desentrañar las peculiaridades de ese complejo y quiera saber qué punto de comicidad alcanza puede aprovechar estos días penitenciales para visitar en Barcelona el nuevo Museo de Historia de Cataluña. De allí saldrá rebosante de paradoja, preguntándose por qué un pueblo presentado como modelo de inteligencia, laboriosidad, modernidad y bondad ha acabado perdiendo tantas batallas decisivas. Cerrado el paréntesis: primero fue Molins diciendo que Aznar no daba la talla; luego Pujol, filtrando que sus encuentros con Aznar eran un examen donde sólo estaba claro quién era el examinando; tercero, el entorno de CiU asegurando que el PP está "muy verde". La catarata de eufemismos apenas basta para atenuar el mensaje: estamos negociando con incapaces. Se trata de un discurso sorprendente. En una negociación política los- criterios pueden ser contrapuestos; sin embargo, los tests de inteligencia no se usan como arma arrojadiza. Por eso estoy a punto de saltar, ironizando sobre la dicha fatuidad. Sin embargo, cavilando, reconozco que he escuchado cómo Aznar decía "el catalán no sólo lo leo, sino que lo entiendo" y he visto también las primeras evoluciones del cerebro popular, el señor Montoro... Bloqueado y en la última raya, me pregunto si no me estaré convirtiendo en patriota.

 
 

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