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jueves, 7 de diciembre de 1995

La maldición de los rabinos

"Le queda poco tiempo", salmodió un religioso 'ultra' ante la casa de Rabin días antes de su asesinato

Sigmund Freud dijo una vez que el primer hombre que lanzó un maleficio en vez de un cuchillo fue el fundador de la civilización. Eso trae poco solaz a los judíos de Israel, cada día más asombrados por las revelaciones de que unos rabinos conjuraron una maldición mortal contra el primer ministro Isaac Rabin. Prefieren atenerse a aquella frase de Walter Scott: "Un maleficio es como una piedra suspendida en el aire que, caerá sobre la cabeza del que lo profirió".En el ambiente de congoja y rabia que hay en Israel, eso es lo que espera la mayoría.

Como en todas partes del plaenta, en el próspero y moderno Estado de Israel siempre se ha hablado de poderes sobrenaturales. Pero pocos se imaginaron que la administración de fuerzas ocultas no era un rito limitado a aquelarres ajenos, extranjeros, sino que es una actividad que círculo de su jerarquía religiosa.

¿Rabinos que se dan a la brujería? Tal parece ser el caso. A medida que se descubren detalles del plan que culminó con el asesinato de Rabin por un judío fanático el 4 de noviembre, los israelíes están abalanzando se sobre enciclopedias y tomos religiosos para verificar algo que suena increíble: que el judaísmo acepta, invoca y utiliza los más terribles maleficios y que Rabin fue víctima de uno de ellos.

Según The Jerusalem Report, una noche de octubre un rabino vinculado con el proscrito movimiento racista y ultrarreligioso Kach se aproximó sigilosamente hasta las puertas de la casa de Rabin. Allí profirió la pulsa denura, el término arameo para latigazos de fuego. "A Isaac Rabin le queda poco tiempo", musitó el rabino, cuya identidad aún no ha sido divulgada. "Los ángeles ya tienen sus órdenes. Rabin incita contra el judaísmo. Y sobre él, Isaac, el hijo de Rosa y conocido como Rabin, tenemos permiso para demandar de los ángeles de la destrucción que usen la espada contra este malvado hombre, que lo maten por entregar la tierra de Israel a nuestros enemigos, los hijos de Ismael". En menos de un mes, el tiempo que supuestamente toma la realización del maleficio, Rabin estaba muerto.

En el momento de su detención, el asesino confeso, Yigal Amir, declaró que la orden de matar a Rabin "vino de arriba".

La policía está detrás de varios rabinos ocultistas y emplea el mismo tesón contra los judíos fanáticos, como aquellos dos jóvenes detenidos por escupir y orinar en la tumba de Rabin. Todavía no se conocen resultados. Pero en el empeño, las autoridades y el público han abierto sus propias investigaciones. Unos sostienen que los maleficios funcionan como ejemplo el caso de Gershon Agrón, alcalde de Jerusalén en la década de los cincuenta y pionero de las piscinas mixtas. La idea de hombres y mujeres en una misma alberca horrorizó a unos rabinos cabalistas de la ultraortodoxa secta Edah Haredit. En un año, Agrón murió de hepatitis.

Otros miran la cuestión de los maleficios y maldiciones, con escepticismo. Uno de los más publicitados maleficios rabínicos de los últimos tiempos fue aquel lanzado contra el líder íraquí, Sadam Husein, cuando sus misiles Scud comenzaron a estrellarse en Tel Aviv durante la guerra del Golfo, en 1991. Sadam sigue vivo y coleando.

Pero ello no ha mellado el tenebroso respeto que inspiran las fatuas judías. Si un rabino maldice a quien se atreva a construir un edificio en una zona, sagrada, las posibilidades de que el jefe de obras se vea de la noche a la mañana sin albañiles son más bien altas. Las amenazas de súbita demencia, cáncer y bancarrota son cosas que se toman en serio. Especialmente después del infarto que fulminó a Eyal Ragonis, el jefe de una compañía constructora que el año pasado desafié las maldiciones y fue enterrado a los 37 años de edad. O del súbito cáncer que en 1987 terminó con el arqueólogo Yigal Shiloh, que excavó las ruinas de la Ciudad de David, en los extramuros de Jerusalén, hasta toparse con osamentas cuyo descubrimiento los rabinos de la muerte prometida habían declarado tabú.

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