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Tribuna:

Bajo el olivo

Leyendo a Lucrecio debajo de un olivo se entiende por qué los epicúreos fueron tomados en su tiempo por subversivos. Frente a la tiranía de los dioses enarbolaban las leyes de la naturaleza; frente a los terrores de ultratumba proclamaban que el alma desaparecía con la muerte puesto que no era distinta de los sentidos; frente a los crímenes de los políticos y la corrupción de la vida pública se purificaban huyendo al campo para acogerse allí a los deleites sencillos de cada día y con ellos. levantaban un bastión inexpugnable. Ahora en España tenemos a un presidente del Gobierno acusado de asesino y en el campo nuestras ovejas, debido a la sequía, ya saben escarbar la tierra con, las patas para buscar algunas raíces. Los epicúreos hablaban de mieses y recentales mientras en el foro corrían las puñaladas. Era una forma de provocar. Los españoles estamos asistiendo a un espectáculo putrefacto. Unos supuestos crímenes de Estado avivados por una feroz lucha por el poder han convertido a cada ciudadano en un juez que se ve forzado a dictar sentencia urgente en el bar, en el taxi, bajo los toldos de la playa, en la radio, en la oficina, en la parada del autobús, en la intimidad de la alcoba. Lo peor de los crímenes y de la corrupción política es que han acabado por ensuciar la mente del ciudadano corriente hasta convertirlo en sospechoso o inquisidor, en colaboracionista o conjurado, en culpable o inocente de su propia opinión. ¿Entienden por qué hablar ahora de pimientos asados en el campo dentro de un silencio de tórtolas e revolucionario? Lo mismo les sucedía a los epicúreos, pero entre nosotros se trata de un caso de legítima defensa. El deterioro de la vida pública es tan profundo que uno debe volver a armarse moralmente desde la naturaleza, allí donde las ovejas escarban en busca de raíces. Leyendo a Lucrecio debajo de un olivo puede uno comenzar a redimirse de la suciedad que la ciénaga política le ha dejado en el cerebro la última temporada ejerciendo ahora el pequeño placer de los sentidos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de julio de 1995