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miércoles, 28 de junio de 1995
Tribuna:

La risa y la moral

Una contrarréplica a Muñoz Molina(Nota previa, aún necesaria: esto no es una polémica ni un enfrentamiento, es una mera discusión).

Aunque ha pasado mes y medio desde que Antonio Muñoz Molina respondió a mi artículo Y encima recochineo, y el periodismo actual exige cada vez más que los asuntos se exploten y se agoten rápidamente, la cuestión sobre la que discutíamos me parece lo bastante intemporal para volver ahora sobre ella y proseguir aquel diáogo un poco más.

En su pieza Tarantino, la suerte y la comedia: una respuesta a Javier Marías, Muñoz Molina me acusaba de haber hecho trampa en mis comentarios y argumentaciones previas, quizá porque tomó mis palaras como un argumentum ad ominem, que no eran en modo aIguno. La trampa, en cambio, creo que la hacía él con un recurso frecuentísimo, pero que no habría esperado de un escritor que suele jugar limpio. El recurso consiste en decir que no ha dicho lo que no ha dicho, o -no rehuyamos el verbo- en tergiversarlo, para así ar edificar y brillo a la propia defensa o ataque. Nadie ha apeado a Hitchcock, Chaplin, Cara o Cervantes para "explicar os valores de Pulpfiction", sino que yo sacaba a colación algunos títulos de esos maestros ara señalar que, según el criterio de vituperación seguido por Muñoz Molina contra Tarantino, esas obras clásicas podrían ser igualmente condenadas. Inroducir a posteriori el elemento diferencial de la calidad -siempre discutible y subjetivo, por lo demás- no creo que sea muy honrado, cuando no se tuvo en cuenta inicialmente ni yo había respondido a ello. La cuestión era otra: dice, Muñoz Molina que mencionar a esos directores s "casi tan excesivo como citar Cole Porter o a Kurt Weill a propósito de las canciones de Duncan Du". La verdad es que no sé quién es Duncan ni quién es Dhu, pero, sean quien es sean, lo que yo venía a decir es que sus canciones no deberán juzgadas desde una pérspectiva moralista ni por los efectos que causen en la juventud (el problema no sería de ellos, sino de la juventud). Y al pedir que la moralina no intervenga en los juicios estéticos lo pido tanto para John Ford como para Mariano Ozores, para Cervantes como para Umbral, para Schubert como para los reiterados Dhuy Duncan, a los que a este paso voy a tener que escuchar.

Las razones por las cuales conviene que ese punto de vista moral quede en principio al margen al juzgar el arte -a diferencia, insisto, de lo que sucede con los hechos o casos reales- son variadas, pero me limitaré a señalar una de índole práctica: si se admite ese criterio moral, no hay por qué no tener en cuenta cualquier posible moral. Si yo pongo objeciones a una novela porque su contenido y su espíritu me parecen fascistas, no puedo quejarme de que otro individuo reniegue de otra novela por comunista, o pornográfica, o disoluta, o subversiva. O de que en Estados Unidos se vea con malos ojos a Mark Twain porque empleaba a palabra nigger en su día. Yo estoy convencido de que Muñoz Molina no es partidario de prohibir ninguna película ni ningún libro, y jamás lo he acusado de lo contrario; y, como él dice, está en su perfecto derecho a disentir dé ese cine" (faltaría más), a reirse o no reirse y a emocionarse o aburrirse con lo que prefiera. A mí, dicho sea de paso, tampoco Pulp fiction me deslumbró, pero vi en ella un talento, atrevimiento y misterio, cosas que no abundan en el cine ni en la novela actuales.

Pero lo que la película de la discordia nos haya parecido a él o a mí no tiene la menor importancia, ni siquiera tiene interés. Como no tiene sentido afirmar, según Muñoz Molina, que "la gran dificultad de la comedia es que ( ... ) si no provoca la risa, su fracaso es instantáneo". La risa (contra la que él escribió hace poco otro artículo, por lo demás) es tan subjetiva como la moral, y además es cambiante: no sólo lo que a mí me hace gracia puede no hacérsela a él y viceversa, sino que lo que me hacía reír de niño tal vez ya, no me hace reír de mayor, y quizá de viejo no me gusten los chistes que me gustan hoy. Ha habido cómicos que hacían partirse de risa en su tiempo a los espectadores y que hoy no los tendrían ni en la hora punta de la televisión. En América provoca carcajadas Bob Hope, que en Europa logró arrancar alguna media sonrisa en su momento de esplendor. La risa y la moral varían tanto ¿e individuo en individuo, de época en época y de país en país que una de las películas que hoy encuentra indiscutibles Muñoz Molina, To be or not to be, de Lubitsch, tuvo problemas y fue atacada en su día por la gente seria precisamente porque se atrevía a hablar en tono de broma de algo tan grave como la invasión de Polonia. Hoy resulta increíble, entre otras cosas, porque la vemos como una sátira antinazi libre de toda sospecha, pero entonces su pecado era que fuera eso, sátira y broma, en vez de solemnidad y luto. Es seguro, por tanto, que Kika, de Almodóvar, habría fracasado como comedia si todos sus espectadores hubieran reaccionado como Muñoz Molina, lo cual no ha sido el caso.

Pero no quiero dejar de lado la frase principal de su respuesta: "De lo que sí estoy seguro es de que en el arte. hay siempre una dimensión moral e ideológica, y de que las reacciones ante una obra y los juicios de valor estéticos ( ... ) nunca son exclusivamente formales". Desde luego que nunca son "exclusivamente formales", entre otros motivos, porque la idea del arte por el arte está tan trasnochada como la del arte formativo o el arte moral, aunque a mi interlocutor le cueste desprenderse de esta última. Ha costado mucho meter en la cabeza de los críticos (y no de todos) que la separación de contenido y forma es tan disparatada como la separación de lo que antiguamente se llamaba alma y la actuación del cuerpo que encerraba esa alma. Hace siglos que no oigo a nadie decir: "Es un asesino, pero tiene buen fondo", o bien: "La película es horrenda, pero la fotografla es excelente". Que una obra que se exhibe ante el público tenga buena fotografía se da por descontado, es lo mínimo exigible os que haya una voluntad de imperfección o feísmo.

Pero en lo que sí estoy de acuerdo es en la dimensión moral del arte. No tanto en la ideológica, y afirmar, con Ken Loah, que Arma letal está tan comprometida ideológicamente como Ladybird, Ladybird me parece el tipo de simplificación elemental -sí, de nuevo-, falsaria e intelectualmente perezosa que durante lustros llevó a, tantos críticos a sostener que las obras de John Ford eran fascistas, lo pretendieran o no. Lo que ocurre es que esa dimensión moral del arte tiene poco o nada que ver con la de la realidad, y eso es lo que Muñoz Molina no acaba de querer ver. Salvar a los personajes odiosos de Uno de los nuestros, de Scorsese, y condenar en cambio. a los de Pulpfiction -porque Scorsese "es un gran director de cine" y Tarantino sólo "un aprendiz joven y probablemente malogrado es no sólo un absurdo, sino una aplicación elitista de esa moralidad de la vida real llevada a la ficción. La dimensión moral, de las obras de arte va por otros caminos, a mi entender. La lista de Schindler, sobre cuya correcta ideología, y propósito moral no hay dudas aparentes, yo la veo como una película deshonesta y por tanto inmoral desde el momento en que recurre a un truco barato y lacrimógeno para conmover al espectador, como si Spielberg no se fiara de la fuerza de su material: en medio del blanco y negro de toda la cinta va apareciendo en color rojo el abriguito de una niña judía que acabará cadáver, como es matural, Con todo su carga ideológica irreprochable, esa película es artísticamente inmoral, como lo son españoladas de izquierdas que no vacilan en explotar confines crematísticos la ímagen tópica de la España renegrida y, cerril, navajera y tremendista que se supone que piden en el extranjero. O como lo es (y aquí confío en que Muñoz Molina no vea "malevolencia freudiana" ni un golpe bajo) recurrir a la nacionalidad de una película para execrarla, recordando que, al fin y al cabo, viene de un país en el que se niega el último cigarrillo. a los condenados a muerte. Si Muñoz Molina lo piensa dos veces, tendríamos que execrar cuanto viene del nuestro, incluyendo sus novelas y las mías.

Javier Marías es escritor.

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