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martes, 18 de abril de 1995
Tribuna:

Su eminencia gris

El obispo de una gran y antigua diócesis española, hombre de gran futuro en la Iglesia católica, predica hoy en la catedral. Es la misa mayor, y hay lleno. En sintonía con las doctrinas que imparte el papa Wojtyla desde Roma, este hombre venerable arremete contra el fenómeno homosexual. La Iglesia, dice desde el púlpito ante el estupor inicial de los más fieles, ha de ser comprensiva con esos desvíos, que a veces sólo son hábitos transitorios (respiro hondo de los feligreses), pero otras, expresión de un instinto innato (caras de aprensión en los primeros bancos). Ahora bien, sigue el obispo, si la tendencia homosexual involuntaria no es pecado, sí lo son los actos de homosexualidad libremente consentidos o realizados (relajación de piernas y puños, supiros de España). Consecuentes: tanto el que nace como el que se hace homosexual debe reprimir sus instintos, al igual que los que tienen ciertas inclinaciones patológicas como el sadismo o la piromanía (coro de aplausos, vivas en el lado del evangelio).Un homosexual católico practicante (de las dos modalidades, quiero decir) escucha turbado el sermón y al salir de misa hace esfuerzos por recordar, camino del aperitivo dominical. No le cabe ninguna duda en el ejercicio pleno de su homoerotismo, pero se acuerda con un dulce pesar de cómo fue iniciado en él: siendo alumno en un colegio religioso al, acabar la confesión, tocado y excitado por el capellán, un joven cura de voz y mano acariciadora que hoy, con bastante más grasa en el cuerpo y pelo cano, es el obispo de su diócesis. El aperitivo lo toma con dos amigos no creyentes pero sí practicantes de su "innata homosexualidad" (a ellos no les facilitó el camino de su identidad el tocamiento posconfesional; iban al instituto). Pero estos dos amigos son combativos y radicales; están hartos de verse hostigados por una jerarquía eclesiástica que no les incumbe personalmente, pero hace difícil y humillante la vida a millones de personas de su misma tendencia, que o bien son católicos con ganas de disfrutar su sexualidad o se ven satanizados por el efecto de sermones como el de hoy entre sus familiares, sus amigos y sus jefes de personal. Como además no es la primera vez que compañeros de su edad, horno o heterosexuales, han comentado la manera tan táctil con que ese joven cura hoy prelado les metía en el cuerpo la palabra de Dios, deciden pasar a la acción. El obispo recibe al día siguiente, lunes, una carta conminándole a que cese en sus ataques contra los homosexuales y se declare favorable al amor físico consentido entre adultos del mismo sexo. En el caso contrario, su nombre aparecerá, junto al de otros conocidos hombres de la Iglesia católica homoxesual vergonzantes pero activos, en pasquines y comunicados que revelen su naturaleza y su agresiva hipocresía.

El relato anterior no es una fantasía sino una hipótesis, y por eso no acabo de encontrarle un final; podría ser feliz (el obispo confiesa ante su grey al domingo siguiente y se arrepiente de su falsedad entre las lipotimias de los beatos y el aplauso de un solitario), pero también trágico (el obispo sufre un infarto al leer la carta, cae fulminado al suelo y de ahí va directo al infierno). En Gran Bretaña, sin embargo, esta fábula se ha hecho realidad gracias al grupo radical gay OutRage (Ultraje, y un segundo sentido mezcla de out, desvelar la homosexualidad, y rage, rabia), que está llevando a cabo una campaña de outings coactivos que ha forzado ya a tres obispos, una diaconesa y varios pastores protestantes a reconocer la grave mentira evangélica de sentir y practicar una sexualidad que a sus feligreses presentan como pecaminosa e indigna.

¿Son los componentes de OutRage unos terroristas desalmados? La inspiración de este colectivo viene, como tantas iniciativas en la esfera de las reivindicaciones gay, de Estados Unidos, donde ya floreció en la pasada década el grupo autollamado Queer Nation (Nación Marica), una de cuyas actividades más militantes consistía en pegar anuncios públicos denunciando a homosexuales célebres del mundo del espectáculo que negaban o encubrían con bodas o noviazgos su verdadera naturaleza. Recuerdo ahora dos de los carteles que vi en un viaje a Nueva York: "Richard Gere: marica". "Jodie Foster: tortillera", ambos con las fotos correspondientes a estos agraciados actores. Hubo bastantes más pasquines.

Mi opinión es que resulta intolerable que cualquier grupo por justa que sea su ira y verdaderas sus denuncias, se dedique a proclamar lo que un individuo por decisión que sólo a él incumbe decide ocultar de sí mismo, aun, claro está, en los casos en que el hombre o la mujer en cuestión se presente ante la opinión pública con tapadera. Sí soy, por el contrario, defensor convencido de las actuaciones intimidatorias de grupos como OutRage (y, por tanto, del hipotético comando de mi fábula obispal), por cuanto están dirigidas contra personas no ya falsarias sino peligrosamente corruptas, ejercitantes de una doble moral que no les impide a ellos gozar de sus deseos -a menudo, con 'abuso de autoridad, como saben muchos de los educados en colegios de curas-, sin dejar de mortificar y vejar a quienes sólo tratan de vivir sin tapujo, vergüenza o agravio la completa dimensión de su sexualidad.

La Iglesia católica pasa ahora por uno de sus peores periodos de intransigencia y acoso doctrinal, y en el asunto específico de su cruzada anti-gay es lógico y deseable que los perseguidos reaccionen en defensa de unos legítimos derechos que tanto ha costado ver reconocidos en la legislación de los países democráticos. La Iglesia de Roma no es, naturalmente, un cuerpo democrático ni representativo de la totalidad de ciudadanos de los países en que ella opera, lo cual no impide a sus más conspicuos portavoces -monsefior Yanes es nuestro ejemplo más chillón- recomendar y aun exigir medidas que constituyen una llamada a la opresión y vilipendio general de una importante minoría de la población. -

No hace falta repasar, por otro lado, el riguroso y oportuno libro de Pepe Rodríguez que acaba de aparecer sobre La vida sexual del clero (Ediciones B, con prólogos, de Victoria Camps y Miret Magdalena), donde en el apartado homosexual se documentan varios casos de pederastia sacerdotal escandalosamente tapada por sus obispos (si bien los clérigos del libro de Rodríguez cubren todos los ismos y filias del catálogo sexual, incluyendo algunos que no pasaron por la mente del marqués de Sade). El periódico, de aquí o de allá, de capital o de provincias, nos trae regularmente la noticia de estupros o actos indecentes protagonizados por prefectos, capellanes, directores espirituales, confesores y demás religiosos encargados de la salud del alma. El último de estos episodios afecta al cardenal católico de Viena monseñor Groer, aficionado, según los testimonios, a la escrupulosa limpieza de los miembros más formados de su parroquia. ¿Confesará algo su eminencia desde el púlpito de la catedral?

En Inglaterra, el obispo anglicano de Londres David Hope, uno de los tres que habló, dijo que su sexualidad era ambigua; frente a las personas claramente heterosexuales y claramente homosexuales él se coloca en un espacio intermedio: la zona gris. La jerarquía católica, siempre rotunda en cuestiones de celibato y sexualidad desviada, no admite esas medias tintas; para el Papa y sus acólitos el sexo es blanco o negro. Sólo que a veces se les cruza el rojo, y no el de la sangre derramada por las víctimas de cualquier persecución: el púrpura de algún traje talar con manchas blancas. ¿O serán negras?

Vicente Molina Foix es escritor.

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