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domingo, 26 de marzo de 1995
Tribuna:

El amigo de la Unesco

Entre la gente de mi generación, la Unesco guarda todavía bastantes amigos. Muchos aún recordamos que, durante la dictadura, el Club de Amigos de la Unesco fue una de las entidades que apoyaba modestos actos subversivos dentro de la Universidad y fuera de ella, dirigidos a mantener razonablemente vivo el anhelo democrático. En la sede de ese club conseguíamos in illo tempore unos pequeños desplegables con la lista de los derechos humanos según los había establecido voluntariosamente la ONU, y los leíamos a cada rato en las asambleas, como asombrados de que se nos negaran flagrantemente casi todos. Como éramos pocos (¡escaseaban tanto entonces, los antigubernamentales, que ahora florecen por doquier!), la policía que asistía a esas demostraciones tomaba buena nota dé los amigos de la Unesco y de los amigos de los amigos de la Unesco. Yo creo que incluso copiaban al vuelo la lista de los derechos humanos, por si fuera cosa de elevar denuncia contra la ONU y la Unesco ante el Tribunal de Orden Público. En fin, favores que no se olvidan. De modo que algunos seguimos siendo perpetuos amigos de la Unesco, y ni siquiera cuando la benemérita entidad tiene un director empeñado en imponer lo políticamente correcto a los medios internacionales de comunicación o cuando otro recibe a Fidel Castro confundiéndole con Simón Bolívar le perdemos a esa casa el debido y afectuoso respeto.Confieso haber sentido cierta alarma al saber que la Unesco favorecía con su benévola tutela la conferencia de paz organizada por Elkarri en Bilbao hace pocas semanas. Pocas convocatorias tan escasamente prometedoras desde sus inicios han sido tan ampliamente publicitadas para obtener luego unos resultados aún más escasos de lo, que al principio se prometía. Para empezar, prometían poco los convocantes del encuentro: Elkarri es un movimiento pacifista (supongo que en el sentido de no violento) brotado de la coordinadora Lurraldea, la cual, en el asunto de la autopista de Leizarán, primero logró que ETA respaldase sus peticiones ecologistas con atentados y luego que cesara los atentados cuando se hicieron ciertas componendas políticas que dañaron gravemente la credibilidad del Pacto de Ajuria Enea. Esta habilidad para convocar al monstruo y después despacharlo, un acto de literal ilusionismo político en el sentido más tramposo del término, fue celebrado en Euskadi por quienes quieren arreglar sus conciencias aunque nada más se arregle como una gesta preñada de futuro. Lo único que de verdad tiene a su favor Elkarri, como se ha demostrado en la también reciente conferencia sobre Navarra y en otras ocasiones, es que son los menos bárbaros dentro de la barbarie del radicalismo abertzale. Ya es algo, pero no justifica que se lancen fuegos artificiales para celebrarlo, sobre todo si esa relativa moderación no logra impedir la escalada de crímenes y parece, en cambio, justificar en parte las reivindicaciones de quienes los cometen.

Tampoco prometía mucho el planteamiento mismo de la conferencia, pues se daba a entender que el problema de Euskadi no es el terrorismo sino los problemas de los terroristas para seguir siéndolo o para dejar de serlo. Se insistía desde el comienzo en el diálogo y en las virtudes de hablar con los adversarios, como si no hubiese ya un Parlamento vasco cuyo propio nombre de parlamento anuncia obligatoriamente esa vocación discursiva. Hablar políticamente es cosa muy buena con quien quiere hablar, no con quien quiere seguir matando hasta que se le haga caso. Además, el País Vasco es pequeño y solemos hablar unos con otros con frecuencia incluso sin esperar la invitación de Elkarri. Si de lo que se trata es de hablar, ya hablamos desde hace mucho, en el trabajo, en la universidad, en la parroquia, en Euskal Telebista, en la prensa, en mesas redondas, en todas partes; pero si de lo que se trata es de hablar políticamente, es decir, "parlamentar" entre representantes de ciudadanos y no cómplices o amiguetes, para eso está el Parlamento. Y con quien siga justificando la lucha armada, políticamente ni hablar. Algunos exhortan a los partidos democráticos a "tener valor" para hacer concesiones (¿cuáles?) sin esperar el fin de la violencia: ese "valor" es el mismo que demuestra el asaltado al que le ponen la navaja en el cuello cuando entrega la cartera sin resistencia, aunque pidiendo por favor que le dejen algo suelto para el taxi.

Tampoco los participantes en la conferencia de paz permitían hacerse muchas ilusiones sobre el resultado de la misma. Los miembros del PSOE y del PP se abstuvieron de ir, supongo que por algunas razones como las antes apuntadas. Sabían que el mítico contencioso aparecería como responsable último de la violencia, cuando lo evidente es que la violencia constituye el único y verdadero contencioso que enfrenta a los vascos entre sí y con el resto del Estado, hasta el punto de estimular con el GAL lo más indigno y siniestro de éste. Los nacionalistas democráticos no tenían más remedio que asistir, porque se acercan elecciones y los votos que van a perder hacia el PP sólo pueden compensarlos arañando clientela a los abertzales. No hace falta que Joseba Eguibar explique más veces la postura de su grupo, el dramático dilema en que se encuentran es fácilmente comprensible: los nacionalistas tienen que intentar acabar con el terrorismo porque si no se quedan sin país, pero conservando el con tencioso porque si no se quedan sinriacionalismo. Los beneficiarios de la reunión debían ser, pues, los "moderados" de HB, con una nueva ocasión de condenar la "intransigencia" de los españolistas por no escucharles mientras las turbas de su partido ponían patas arriba San Sebastián en una manifestación asilvestrada, y la propia organización Elkarri, que descolocaba con su protagonismo al resto de las organizaciones pacifistas vascas.

Por encima de todo ello planeaba angélicamente don Félix Martí i Ambel, director del centro Unesco de Cataluña y presidente de la conferencia de aquí paz y después gloria (sobre todo para las próximas víctimas de ETA). Nada más pisar tierra vasca ya lanzó su primer diagnóstico sobre la situación: el tema de la violencia no es cuestión de "buenos y malos", no basta con condenarla, sino que "hay que reflexionar sobre sus causas". ¿Cuál puede ser la causa? "En el origen de los conflictos -sentenció don Félix- siempre hay una injusticia". ¡Qué tranquilidad le dará saberlo al Herodes que reparte muñecas-bomba a niñas gitanas en .los semáforos de Pisa! En cuanto el mundo sea justo, él cesará de asesinar criaturas y se dedicará a la floricultura, su auténtica vocación... Pero la injusticia que subyace al terrorismo en Euskadi es particularmente difícil de resolver, porque no es cuestión meramente ética, ni siquiera política, "sino también de carácter metafísico: se debate el ser o no ser de los pueblos y la convivencia entre ellos". Como don Félix Martí es filósofo, la palabra metafísica no le parece demasiado alarmante, pero a mí, en cambio, en este contexto me deja tan inquieto como un enfermo de cáncer al que su médico le dijese que su dolencia tiene mucho que ver con el signo astrológico del mismo nombre.

En las conclusiones de la conferencia, vaya por Dios, no se mencionó a ETA ni al terrorismo. Sólo se dijo que la reunión fue óptima porque había abierto el diálogo, que dialogar siempre es bueno porque abre oportunidades para más diálogo y que el objetivo del futuro es incorporar al diálogo a los hasta ahora remisos. Don Félix, en una aportación personal, quiso ir más allá (lo que tampoco era difícil) y esbozó un decálogo, del que destaco el punto fundamental: "El marco de la paz es el respeto exquisito de los derechos individuales y colectivos. Nadie tiene derecho a matar, a torturar, a negar los derechos colectivos, a coartar las identidades culturales". Coincide así con el obispo Setién y el vicario Pagola, que también insisten mucho en "los derechos individuales y colectivos". Lamento discrepar una vez más. El derecho a no ser asesinado ni torturado no es del mismo rango que el derecho colectivo a la autodeterminación, la identidad cultural, el orden público o lo que sea. Sabemos quién es el sujeto del derecho individual, pero caben todas las versiones posibles respecto a sujetos colectivos como "el pueblo" o "la cultura nacional". Los primeros derechos son indiscutibles, los segundos. están para ser discutidos por quienes respetan los primeros. Porque los derechos individuales se reivindican como el límite civilizado que no deben transgredir las razones colectivas y porque a la vista está que siempre se justifican las violaciones de los derechos individuales en nombre de los intereses colectivos. Mal asunto para todos nosotros si ya hasta en la Unesco dudan de estas cosas...

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

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