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martes, 21 de marzo de 1995
Tribuna:

Una tumba profanada

Entrar estos días en un libro que indaga la raíz ibérica de un filósofo holandés de hace tres siglos (Spinoza, el marrano de la razón, Anaya & Muclinik) es volver a pisar tierra firme.Mientras se erosiona lo que queda de la vieja roca, la averiguación del autor de ese libro, Yirmiyashu Yovel, en el legado que los padres júdí-os de este idioma deslizaron en el inmenso y misterioso Baruch Spinoza, judío "de ojos tristes que", lo dice Jorge Luis Borges, "engendró a Dios"; que construyó una filosofía,, lo dice Fernando Savater, "de inmenso vigor vivificante"; y que, añade Yovel, entrometió en Europa el verbo fronterizo (La Mancha es lugar del apátrida y frontera interior por excelencia) de gente tan vivificadora y recta como Fernando de Rojas y Miguel de Cervantes y tan vivificadora y golfa como Guzmán de Alfarache y Lázaro de Tormes, es escarbar con las uñas el granito en busca del oro que guarda. Y desenterrar la pasión con que Américo Castro convocó, en el ecuador del siglo, el lado judío de nuestra identidad. Y sentir algo que se parece a la rectitud que sigue a las flotaciones demasiado largas en las resacas, cuando el barco atraviesa la bocana del puerto y el viajero recupera la idea de equilibrio.Amparada en Américo de Castro se escapa, una generalización: "los padres judíos de este idioma"; pero esto, aunque suene a exceso, a nadie que conserve algún hilo de la memoria heredada le sonara a hueco. No hay estadísticas, ni le hacen falta a la evidencia que invadió a un paisano mío cuando, siendo un niño, su padre le llevó desde su aldea talaverana a conocer el Tránsito. No, Toledo, sino el Tránsito: columna vertebral de la colina de la judería española, antes de que, hace medio milenio, fuera desparramada y sumergida. De una de las vértebras (la portuguesa) esparcidas de esa columna rota procedía Spinoza.

Entendió mi paisano el sentido de aquel su primer viaje al Tránsito cuando años después quiso reconstruirlo y no pudo salvar de su naufragio en el olvido más que un residuo, que al principio le pareció irrelevante y luego se convirtió en la clave que le descifró su condición ritual de iniciación a lo que Américo Castro llama conciencia de pertenencia. Su padre, detrás de él, inclinó sobre el oído su voz ronca en un tono inexplicablemente muy bajo y le dijo: "Cuando yo era un muchacho, mi padre me trajo aquí y me dijo: éste es el único sitio de Toledo donde no se ven la Catedral y el Alcázar", los signos de la mordaza. Y ahí se abre el acceso a esa conciencia de pertenencia, procedente de las palabras y de la tonalidad murmurada (rumor) en un viaje (tránsito) al doble fondo (herencia de una herencia) de la estancia de la conciencia. en que fueron dichas.

Yovel indaga en el rumor del verbo judío ibérico de Spinoza, el de la Sefarad cantada por Salvador Espriu en La pell de brau, que alimenta una zona fundacional de la Europa moderna. El Tránsito es otra cosa además de un lugar: es una calle, una quietud de barro, pero también el pasaje que conduce a un movimiento de la inteligencia libérrimo y sin embargo sofocante, temerario y sin embargo cauto, nítido pero indescifrable; dueño de algunas fértiles dobleces que Yovel oye en el discurso de Spinoza, pero también en la queja sacrílega de Pleberio y en la rufianesca elegía de Pármeno a La Celestina ["madre puta vieja": terrible y gozoso desquite metafórico contra España, coartada de la diáspora], Tránsito literario cuya intensidad emocional y sigilo dramático sólo alcanza Shakespeare y que aporta, desde su irrealidad de cosa remota, una gota de realidad a la irrealidad de la vida española, pues como la lente deforme del esperpento o la geometría verbal de Spinoza, hace transparentes los comportamientos oscuros.

De ahí la elevación que crea el, referido por Savater, dicterio que alguien escribió en la tumba de Spinoza: "Escupe' sobre esta tumba: aquí yace Spinoza. ¡Ojalá su doctrina quede también sepultada y no se propague su pestilencia!". Se reconoce la tinta: es la misma que embadurna las paredes con vocación de paredones de Argel, Berlín, Niza, Donostia, Moscú, Belgrado.

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