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miércoles, 22 de febrero de 1995
Tribuna:

El fracaso de Walesa y de los poscomunistas

Somos hoy testigos en Polonia del fracaso de la restauración de terciopelo, de toda la operación que tenía como fin restablecer con guante blanco muchos de los elementos del antiguo régimen comunista. Pero presenciamos también el gran fracaso de Lech Walesa, premio Nobel de la Paz, elegido democráticamente presidente de Polonia.Al comentar sus propias intenciones de disolver el Parlamento, Walesa, señaló: "No haré uso de las armas, aunque no sea * más que porque tengo el Premio Nobel. Tampoco pediré a la policía o al ejército que usen la fuerza. No soy, pues, un peligro y jamás asesinaré a un polaco u ordenaré que se le mate", dijo Walesa; pero inmediatamente añadió: "La policía, no obstante, defenderá el orden ante aquellos que quieran alterarlo".

Tenía un compañero de celda en la cárcel de Varsovia, un ladrón con mucha experiencia, que solía decirme: "No me hagas reír que tengo llagas en la boca". ¿Qué se puede esperar de un jefe del Estado que admite la posibilidad de violar la Constitución?

Walesa ganó las elecciones presidenciales de 1990, porque entonces todavía era para muchos polacos el gran ídolo popular. Pero como el papel desempeñado en la historia de la lucha contra el comunismo podía ser insuficiente para dar la victoria en las urnas, Walesa optó por prometer a los electores que gracias a él vivirían en Jauja.

Prometió, pues, 100 millones de zlotys de entonces a cada polaco (unos 10.000 dólares) como participación en la propiedad de todos los bienes estatales, creados, en definitiva, por todo el pueblo. Prometió asimismo el bienestar, la liquidación de la corrupción y del paro laboral, y todo ello a ritmo acelerado, quemando etapas.

Naturalmente, Walesa incumplió sus promesas, porque no podía cumplirlas, pero, aunque cometió desde entonces muchos errores y tonterías, no se convirtió en dictador, e, incluso, en los momentos cruciales, supo actuar de acuerdo con los intereses del país.

Hoy la situación es otra, hoy Walesa se enfrenta al examen más difícil de todos, al examen que pondrá a prueba su verdadera actitud hacia la democracia. Yo advertí ante los peligros que acarrearía la presidencia de Walesa, pero también lo defendí incondicionalmente cuando trataron de acusarlo de haber sido confidente de la policía comunista. Estando en una celda de Gdansk, en 1985, escribí sobre Walesa: "Siempre critiqué a Walesa, porque siempre vi en él la ambición de implantar una dictadura personal en el sindicato Solidaridad, de transformarse de presidente del movimiento en su sultán".

Confieso que Walesa me infunde temor, porque me asusta su habilidad para hacer malabarismos con las palabras 3, destruir a sus opositores. Me asusta el miedo que siente ante las personas de gran calibre, a las que siempre considera "rivales en potencia". Me asustaba siempre cuando decía: "Solidaridad soy yo". Pero cuando creí que me había equivocado en aquellas apreciaciones lo reconocí y también escribí que "Walesa estuvo a la altura de las necesidades de la lucha de Solidaridad y con su paciencia y tenacidad supo ganarse el prestigio dentro y fuera del país y se mereció el Premio Nobel".

Hoy me veo obligado a coincidir con uno de los más cercanos colaboradores de WaleSa, que en cierta ocasión me dijo: "Tiene el sentido de propiedad del campesino para el que todo aquel que quiera quitarle su casa, tierra o granero es un ladrón. Para Walesa el palacio presidencial que hoy ocupa es su propiedad y todo aquel que intente desalojarlo de él también será considerado un ladrón".

Walesa piensa que el legislativo puede recortarle sus atribuciones, es decir, "robarle" lo que es suyo, y de ahí que haya empuñado la escoba; pero eso no significa, ni mucho menos, que esté decidido a convertirse en un sangriento dictador o en autor de un golpe de Estado como el que protagonizó en 1981 el general Wojciech Jaruzelski. Su ambición es resolver el problema al modo de Yeltsin. Lo grave es que, aunque Yeltsin tampoco quería un derramamiento de sangre, vemos que su política, comenzando por el asalto al Parlamento, ya le ha conducido a una guerra en Chechenia. Ocurre que cuando se pone en marcha el mecanismo de la violencia casi siempre escapa al control de quien lo accionó.

De la misma manera que Walesa está convencido de su capacidad de hacer milagros, también parecen estarlo las fuerzas poscomunistas que, después de ganar las elecciories generales del 19 de septiembre, creyeron en que podría darse el milagro de conseguir la restauración del antiguo régimen, una restauración de terciopelo llevada a cabo con guante blanco. Los poscomunistas también prometieron "el oro y el moro", la liquidación rápida del paro, créditos baratos para la agricultura, la protección de los intereses de los productos nacionales con barreras arancelarias y el retorno a los subsidios conocidos a empresas incapaces de sobrevivir, aunque sabían que no podrían cumplirlo.

Al fracaso de la operación encaminada a la reconstrucción del antiguo sistema y de sus esquemas se añadió la corrupción de muchísimos cargos gubernamentales propiciada por el retomo al poder de muchas personas que gobernaron en el antiguo régimen, cuando podían actuar con Polonia como si fuese su patio particular.

La indolencia y la corrupción del Gobierno, pese a esos tremendos defectos apoyado incondicionalmente por la mayoría parlamentaría, dieron a Walesa el pretexto para lanzar su despiadado ataque contra el Gobierno y el legislativo.

La democracia es una forma de gobernar sumamente difícil, porque exige de los políticos paciencia y una gran apertura ante el diálogo y los compromisos. A veces suele ser injusta, pero cuando existe de verdad siempre equivale a la libertad dentro de determinados marcos legales, al respeto por la opinión pública.

Los actos de Walesa y de la coalición gubernamental pueden conducir a la destrucción del orden democrático que con tantos sacrificios tratamos de desarrollar y fortalecer desde hace apenas cinco años. Esos actos pueden también provocar en la sociedad un creciente desprecio por las normas jurídicas. Eso podría conducir a Polonia directamente a la situación, conocida en tantas otras partes del mundo bañadas en sangre, en la que la fuerza de la ley es suplantada por la ley de la fuerza.

Adam Michnik es director del periódico polaco Gazeta Wyborzka.

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