Previniendo
Para que la infamia de la prisión preventiva haya llegado a los titulares -a los titulares del poder y de los periódicos- han tenido que meter en prevención al ex director general del Banco de España, al ex presidente de uno de los bancos más importantes del país y al financiero catalán. O sea, que ha costado mucho. Todas esas gentes han tenido que sufrir mucho en la cárcel, porque siempre concibieron la cárcel en defensa propia, y, como los grandes peces abisales, su medio natural está, en apariencia, muy lejos de¡ fango, de la orilla dudosa, de esa línea de incertidumbre de la vida que puede atravesarse en un sentido u otro si - n que apenas se perciba.En primera instancia, la prisión preventiva no es nada más que el eufemismo con que la justicia designa su propia incapacidad, por razones técnicas, para analizar y sancionar el presunto delito. Los eufemismos son caros al lenguaje de la justicia: hay que ver, por ejemplo, cómo la ejemplaridad se ha transformado últimamente en alarma social. Pero, sobre todo, la prisión preventiva es un convencimiento inmoral: el que entra antes de que lo juzguen no va a salir después de que lo juzguen. Qué más da, entonces, que vaya cumpliendo su pena. Ya se le descontará... Porque no de otra forma puede entenderse esa monstruosidad que supone que un hombre, en España, pueda pasarse cinco años -¡cinco!- en la cárcel sin una sentencia firme. Pasarlos, además, en cárceles como la Modelo de Barcelona, donde se ha podido matar a un hombre haciendo llegar una bala telescópica desde un terrado cerca no hasta su cabeza, a través del estrecho ventanuco de la celda que ocupaba. Se llamaba Vacarizzi. Era un presunto gánster. Era un hombre. Era un preso preventivo. Hubo un honrado debate entonces, claro: sobre la escasa seguridad de la cárcel.