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sábado, 22 de octubre de 1994
Tribuna:ADIÓS A UNA LEYENDA DE HOLLYWOOD

La eternidad del gatopardo

  • Muere el Holywood mítico en beneficio del Hollywood computadoraSu carrera en los setenta debió mucho a sus filmes con Visconti

Fue nada menos que Luchino Visconti quien levantó a Burt Lancaster su pedestal definitivo al confiarle el papel del Príncipe Salina en El gatopardo, título cuya calidad no ha hecho sino crecer con los años. Fue una intepretación gigantesca en un filme de proporciones magnas; una conjunción que ya no se da hoy en día. En este sentido, la estatura estelar de Lancaster no tiene parangón con ninguna de las del Hollywood actual. Compáresele con un Stallone, un Schwarzenagger o un Bruce Willis, que han llevado el concepto de bruto a los límites de la horterez. Nada que ver.La muerte de Lancaster certifica, una vez más, la muerte del Hollywood mítico en beneficio del Hollywood computadora. La comparación con un Stallone demuestra que en el cine no se inventa nada nuevo: también Lancaster procedía de las palestras de la fuerza y también se impuso en primer lugar por unos músculos que el Hollywood de los años cuarenta no estaba acostumbrado a ver. Como es sabido, se ganaba la vida como acróbata, formando pareja con Nick Cravat, su diminuto compañero mudo en las acrobacias de El halcón y la flecha y El temible burlón. En todo caso, Lancaster fue uno de los pocos atletas del cine que supieron evolucionar hasta alcanzar cimas inesperadas y edificar una sólida carrera dramática. La diferen cia con un Stallone o un Schwarzenagger es que éstos permanecen haciendo las mismas irritantes estupideces, mientras que él supo pasar a empeños superiores, demostrando una exigencia como pocos actores de Hollywood han tenido antes o después.

Al igual que su compadre Kirk Douglas, y en otra medida Robert Mitchum, pertenecía al tipo de galán típico del cine americano de la inmediata posguerra. Jóvenes ex combatientes, curtidos, desengañados y decididamente duros de pelar. Pero, además, tanto Douglas como Lancaster fueron los primeros actores de su generación que supieron intuir a tiempo la fragilidad del sistema de los grandes estudios y se arriesgaron a convertirse en productores de sus propias películas.

Antihéroe del cine negro

Su debú en Forajidos, de Siodmak, fue espectacular. Interpretaba a un boxeador fracasado -El Sueco- que se ve prendido en una intriga de muerte y seducido por los encantos fatales de la ambigua señorita Kitty Collins, una Ava Gardner enfundada en suntuoso vestido de satén negro. El erotismo de la pareja resultaba lo suficientemente agresivo y sus personajes lo bastante malditos como para incorporarse a la mitología del cine negro. Llegaron después otros títulos de atmósfera asfixiante que Lancaster rodó en la Universal: Brute Force, de Jules Dassin; El abrazo de la muerte (1948), de Robert Siodmak. En la Paramount, y bajo la tutela del productor Hal Wallis, continuó la tónica negra incorporando a un ex convicto que aspira a la reinserción en Al volver a la vida, junto a Kirk Douglas, y Soga de arena (1949), intento de trasladar la mitología del cine negro a la legión extranjera. También llegaron títulos como Voces de muerte (1948), donde se dedicaba a aterrorizar por teléfono a una inválida Barbara Stanwyck. Y en la Universal volvió a escaparse de presidio apareciéndose entre la niebla a una ingenua maestrita llamada Joan Fontaine, en Sangre en las. manos.

De repente, en 1950, obsequió al público con nuevas facetas de su talento: fue un aventurero inolvidable en la mejor línea de Douglas Fairbanks o Errol Flynn. Se llamaba Dardo, y era un arquero aguerrido y siempre risueño que lucha por su hijo, la libertad de la Lombardía y el amor de Virginia Mayo. Con un tema que le iba como anillo al dedo, se lució como atleta, encantó como comediante y contribuyó decisivamente al éxito instantáneo de El halcón y la flecha, película de culto para los amantes del cine de aventuras. Cuando repitió sus acrobacias en El temible burlón (1952), lo hizo con tanto humor, con una sonrisa tan enorme y gallarda, que se convirtió en ídolo dé los niños y adolescentes de la época. Era una producción personal para la Warner, y un éxito absoluto.

Volvió a estar soberbio en otro título de producción propia, Apache (1954), dirigido por Aldrich, y uno de los primeros alegatos en favor de la exterminada raza india. Produjo, dirigió y protagonizó El hombre de Kentucky (1955), que no pasó de ser un western rutinario, pero se apuntó un tanto comercial importante con uno de los mejores westerns de la década, Veracruz (1955), también de Aldrich, con Gary Cooper. La publicidad realzó el enfrentamiento de los dos astros con la frase "batalla de gigantes". El éxito de tan afortunado encuentro le llevó a repetir la maniobra de dos cuando se convirtió en Wyatt Earp para enfrentarse a Kirk Douglas como Doc Hollyday en un tema mítico del viejo Oeste, tocado ya por John Ford en Pasión de los fuertes. El nuevo título fue Duelo de titanes (1957), enfrentamiento acariciado por el famoso tema musical de Dimitri Tiomkin Gunfigth at 0. K Corral, que se convirtió en referencia obligada de la memoria cinéfila.

Contando con la reputación dramática obtenida por su interpretación en la obra de Inge Vuelve, pequeña Sheba (1952) -donde interpretaba a un alcohólico-, fue el sargento que pierde sus ropas en la playa, al abrazarse a la adúltera esposa de su capitán (Deborah Kerr) en la escena más famosa del drama militar De aquí a la eternidad (1953). Prescindiendo del impacto erótico que en su momento provocó aquel revolcón, cabe destacar que Burt consiguió una actuación de notable sobriedad, por la que obtuvo el premio de la, crítica de Nueva York y una candidatura para el Oscar. En la misma línea dramática estuvo sensacional como el despreocupado italiano que corteja a la fogosa viuda Anna Magnani en La rosa tatuada, según la obra homónima de Tennessee Williams. Viajó después a Europa, concretamente a París, para incorporar sus antiguas acrobacias a un drama de "pasiones encontradas" en un ambiente circense: Trapecio, junto a Tony Curtis y Gina Lollobrigida, que constituyó un rotundo éxito comercial. Llegó también El farsante (1956), tragicomedia de costumbres que le permitía enfrentarse a la inmensa Katharine Hepburn; Chantaje en Broadway (1957), un tema de Clifford Odets que le permitía incorporar a un despiadado columnista enfrentado a un no menos despiadado agente de prensa, que volvía a ser Tony Curtis en su etapa de aprendiz de arte dramático. En Mesas separadas (1958), fue el escritor amargado por el recuerdo de sus amores con Rita Hayworth. Semejante pareja, típicamente hollywoodiense, triunfó rotundamente.

Llegó John Huston con un western excelente, Los que no perdonan, y muy en especialmente El fuego y la palabra, absurdo título español para Elmer Gantry, según la novela de Sinclair Lewis. El tema era explosivo para la época: las manipulaciones de la religión a cargo de un embaucador que llega a movilizar a las masas en provecho de sus embustes. El nuevo Lancaster dio una personificación violenta, extravertida un verdadero recital que marcó la frontera entre el atleta mítico, deleite de adolescentes, y el ya consumado intérprete de ternas adultos.

'The leopard'

Este nuevo status y la victoria en la batalla por el Oscar le llevaron a preferir los filmes de grandes pretensiones, no siempre justificadas. Sin embargo, estuvo soberbio en el alegato antinazi Vencedores y vencidos y en su interpretación del convicto Robert Strout, más conocido por su desaforado amor a los pájaros (El hombre de Alcatraz, 1962), acaso su interpretación más elogiada hasta el momento.

Cuando Visconti lo eligió como protagonista de El gatopardo (The leopard en los países de habla inglesa), Lancaster fue consciente de la oportunidad de participar en una obra artística de alcance superior. Desgraciadamente para sus Ilusiones, se estrenó en Estados Unidos amputado en la mitad de su duración original y constituyó un rotundo fracaso. Era impensable que los espectadores de Tejas o Nebraska pudiesen comprender la exquisitez, el refinamiento y las exigencias culturales de Visconti, Lampedusa y el propio intérprete.

Su lista de películas de calidad fue a partir de entonces inagotable, y comprende títulos tan distintos como Siete días de mayo (1964) y El tren, de Frankeheimer; La batalla de las colinas del whisky (1965); Los profesionales (1966), de Richard Brooks, y El nadador (1968), según la novela de John Cheever. Conviene destacar otro título de Visconti, Confidencias (Gruno di fiamiglia in un interno, 1975), título crepuscular, donde volvió a estar soberbio en el papel de un solitario profesor que se convierte en voz del propio autor meditando sobre los cambios operados en su larga vida y en la sociedad italiana. Fue la penúltima obra de Visconti. Sólo la intervención de un Lancaster agradecido por su anterior oportunidad pudo conseguir la Financiación necesaria para un filme que los distribuidores americanos consideraban de explotación imposible.

En los numerosos cambios que sacudieron el mundo de la producción durante los años setenta, muchos -grandes nombres cayeron, pero Lancaster emergió con extraordinario prestigio. - Paradójicamente, su nueva carrera debió mucho más a sus filmes con Visconti que a su etapa anterior como ídolo de Hollywood. Una generación de nuevos realizadores buscó en él al actor concienzudo que había demostrado ser a lo largo de los años, y un Lancaster convertido en el antihéroe Lou Pasco asombró al mundo en Atlantic City (1981), de Louis Malle,

que le devolvió a la actualidad cinematográfica y le valió por tercera vez el premio de la crítica de Nueva York y una nueva candidatura al Oscar.

Al igual que otros actores de su generación, encontró refugio en las series televisivas, como El fantasma de la ópera, según el tema de Gaston Leroux tantas veces revisitado, y una serie sobre Moises, y más recientemente en producciones históricas de la televisión italiana, entre ellas una obra del papa Wojtyla. (¡Otra!).

Sus últimas noticias se referían únicamente a su alarmante estado de salud. A la vista del provecto caballero retratado en los quirófanos, era imposible no invocar su gallarda figura de los primeros años cincuenta, cuando convirtió el estudio cinematográfico en su gimnasio particular. Su sonrisa -enorme, blanca, optimista y burlona- fue única. Pero también lo fue aquella melancolía con que se enfrentaba a la sombra de la muerte en el juego crepuscular del gatopardo siciliano. En ambos casos, Burt Lancaster fue una figura inolvidable y un gran amigo para la eternidad del cinéfilo.

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