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miércoles, 14 de septiembre de 1994

Ingeniería genética en el campo

Dos mil pruebas de plantas fabricadas en laboratorio para evaluar sus posibilidades y riesgos antes de llegar al mercado

ALICIA RIVERA Aunque los primeros productos de consumo hechos por ingeniería genética están llegando al mercado con cuentagotas, ya está preparada una avalancha de cultivos y bacterias antes inexistentes en la naturaleza, fruto de la capacidad actual de modificar con precisión microorganismos, plantas y animales mediante la manipulación directa de sus genes. Y con ellos llegan los temores, temores a que los cambios introducidos tengan efectos perjudiciales para el hombre o para el equilibrio natural.

En la avanzadilla de los nuevos productos van unos tomates con el gen implicado en la putrefacción desactivado que llegarán enseguida a los supermercados de Estados Unidos, tabaco resistente a virus que se cultiva comercialmente en China o una variedad de esa planta, especialmente diseñada para soportar herbicidas, que ha sido autorizada en Europa.

"Actualmente hay en todo el mundo unos dos mil ensayos de campo de cultivos de remolacha azucarera, colza, soja, patatas, maíz, arroz, frutas... hasta 20 tipos de plantas con diferentes manipulaciones de ingeniería genética", comenta Patrick Rüdelsheim, biólogo experto en plantas transgénicas. Lo que se pretende con ellas es que sean resistentes a enfermedades, plagas y tensiones ambientales, que tengan mejores propiedades alimenticias y productivas o que su especial tolerancia a productos químicos facilite el tratamiento de los campos. Y los especialistas en microorganismos están intentando hacer bacterias artificiales que degraden contaminantes tan peligrosos como la dioxina.

Utilizarlos y comerlos

La cuestión es si está la gente dispuesta a utilizar estos nuevos productos, a comerlos, a admitir que se liberen en el ya maltrecho medio ambiente. Toda una lista de desmanes industriales y agrícolas, contaminación e incluso serios accidentes identificados con nuevas tecnologías -como la energía nuclear o algunos procesos químicos- han puesto a la sociedad sobre aviso.

En los ensayos de campo con plantas construidas por ingeniería genética -recombinantes se denominan estas creaciones de los biólogos- se cultiva la nueva variedad rodeada de plantas corrientes. "Así estudiamos, por ejemplo, la dispersión de polen, de los genes", explicó Rüdelsheim en el curso sobre bioseguridad celebrado la semana pasada en la Universidad Menéndez y Pelayo (Santander).

Este experto de la empresa Plant Genetic Systems comentaba que los experimentos hechos durante 10 años indican que no hay peligros intrínsecos de la ingeniería genética y que los efectos no son diferentes de los que producen las prácticas agrícolas, ganaderas e industriales tradicionales.

Los especialistas se han enfrentado a incógnitas como el efecto de las resistencias a herbicidas o antibióticos que se introducen en los organismos construidos por ingeniería genética, la transferencia de genes al resto de los cultivos o la proliferación en los ecosistemas de las nueva s variedades. Y su recomendación es que hay que analizar exhaustivamente caso por caso, experimento por experimento, en cada nivel de ensayo, producción, comercialización y dispersión en el medio ambiente, sin condenar genéricamente a la ingeniería genética.

Al fin y al cabo, dicen, las mismas medidas de prudencia deberían tomarse cori cualquier nuevo producto o procesos. "Los organismos recombinantes no son ni mejores ni peores que los que ya existen: hacen exactamente lo mismo", explicó en Santander Víctor de Lorenzo, científico del Centro de Investigaciones Biológicas (del CSIC). El se dedica a construir, mediante ingeniería genética, bacterias dedicadas a la biorremediación, es decir, a degradar compuestos recalcitrantes y a tratar residuos. "En el laboratorio sencillamente intentamos conseguir en poco tiempo lo que por evolución podría tardar miles de años en surgir", dice.

Dioxina

Por ejemplo: no existe en la naturaleza ninguna bacteria capaz de degradar la tetracloro dibenceno dioxina, uno de los compuestos más tóxicos que ha creado la actividad industrial. "A lo mejor acaba apareciendo por evolución ese microorganismo, pero los biólogos moleculares estamos ayudando a que aparezca cuanto antes, cogiendo un gen de aquí, otro de allá... y juntándolos en una bacteria para que adquiera esa capacidad biodegradante", explica de Lorenzo. Lo mismo se pretende con los policlorobifenilos y con los compuestos azufrados que originan la lluvia ácida.

Aunque confianza no quiere decir despreocupación total, Armando Albert, investigador del CSIC, recuerda que "hasta ahora no se ha demostrado que haya habido ningún accidente con la biotecnología, aunque sí se ha hecho algún experimento absurdo, sin permiso y sin avisar".

Ante los resultados tranquilizadores aportados por los científicos, las ventajas esperadas y las presiones de las empresas -dispuestas a sacar enormes beneficios en este nuevo sector- las administraciones públicas, están liberalizando la regulación de la ingeniería genética, tras unos anos de gran recelo y cautela plasmados en normativas muy restrictivas tanto en EE UU como en Europa.

Los organismos especialmente resistentes pueden incidir en la pérdida de la biodiversidad denunciada como catástrofe por los biólogos. Por ejemplo, una planta diseñada para subsistir en la sequía, ¿puede imponerse en territorios áridos en detrimento de otras variedades del ecosistema? O una resistencia a unos insectos, ¿acabaría con esas especies animales en la región? Son factores a considerar pero que ya están presentes en la la agricultura, responde Rüdelsheim, o incluso en la práctica repetida tantas veces de implantar especies exóticas en ecosistemas.

"Además, con la ingeniería genética, conocemos mucho mejor los mecanismos biológicos que en los cultivos tradicionales,

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por lo que la predicción y la evaluación de las incertidumbres son mucho más precisas", afirma este experto. Es más, José Luis García López, investigador del CSIC, ve mucho más riesgo en determinadas prácticas tradicionales: "cuando se hacen híbridos, se irradian plantas o se dispersan insectos esterilizados para lucha biológica se alteran muchos genes sin conocer exactamente cuáles".

De Lorenzo asegura que no se puede imaginar ninguna situación en que la dispersión de un microorganismo manipulado para mejorar su capacidad biodegradante pueda generar nada malo. "Conocemos estas bacterias suficientemente bien para manejarlas con un alto grado de predictibilidad". dice. Incluso, por si algo saliera mal, los biólogos están diseñando mecanismos de control, como genes letales que se activen en las bacterias en condiciones predeterminadas.

Biodiversidad

Por ahora no parece fácil la difusión incontrolada de las bacterias recombinantes, puesto que los científicos se enfrentan precisamente al problema opuesto: hacer que sobrevivan fuera de las condiciones óptimas de laboratorio. "Supongamos que logramos hacer una bacteria capaz de degradar la dioxina y que no sólo prospera muy bien en un ecosistema sino que incluso transfiere sus genes especiales a otras. ¿Cuál es el problema?", plantea De Lorenzo. "Si otros organismos adquieren esa capacidad, pues estupendo", dice.

Pero la ingeniería genética no se detiene en microorganismos y plantas. Los especialistas en animales están manipulando genes en vacas, por ejemplo, para que produzcan más leche, o en cerdos para que transmitan determinada inmunidad a sus lechones. Y los expertos. en salud humana han demostrado ya la utilidad de estas nuevas técnicas para desarrollar medicamentos, medios de diagnóstico y vacunas que ya están comercializados. Tal vez el conocimiento de organismos complejos sea, por ahora, menos completo que el de organismos sencillos, y su manipulación sea más delicada.

La población española, como la de otros países europeos, manifiesta un rechazo notable a la investigación básica de ingeniería genética en seres humanos, menos inquietud si se trata de animales y apenas ninguna si son plantas o microorganismos, según estudios sociológicos presentados en Santander por Louis Lenikow (Universidad Autónoma de Barcelona). Sin embargo, de las aplicaciones se espera, primero, nuevos medicamentos y terapias, mientras que hay reticencias ante alimentos manipulados genéticamente.

En España se aprobó el pasado mes de junio la ley sobre bioseguridad, que incorpora las. dos normativas de la UE al respecto. "La ley no pretende poner trabas a la investigación y al desarrollo de la biotecnología, ya que sus beneficios son muy importantes, sino establecer todas las medidas para garantizar la seguridad de la población", comenta Elisa Barahona, del Ministerio de Obras Públicas. Según la ley, los organismos se clasifican por el riesgo que puedan suponer y se establecen sistemas de registros y autorizaciones precisas en cada caso.

Imitaciones perfectas

Una bacteria hecha por ingeniería genética se distingue de una natural por la huella que deja uno de los pasos del proceso de manipulación. Pero una técnica de la imitación perfecta está a punto de llegar a los laboratorios.Cuando el científico construye una de estas bacterias artificiales no suele manipular un sólo ejemplar, sino un cultivo con miles de ellas, y uno de los problemas que tiene es que no todas adquieren los nuevos genes. Para separar unas de otras se introduce en ellas, a la vez que los nuevos genes, una resistencia a un antibiótico o a un herbicida. Luego basta con someter el cultivo a ese producto para eliminar a todas las bacterias que no hayan resultado transformadas.

Esa indeseable resistencia es la huella de la manipulación y un equipo español, dirigido por Victor de Lorenzo, en colaboración con colegas de la Universidad Técnica de Dinamarca, ha conseguido suprimirla tras el proceso de selección. Lo han hecho en un experimento en el que han modificado una bacteria para hacerla capaz de degradar el tolueno (compuesto presente en el petróleo). "No se puede distinguir de una natural. Al final llegamos a una situación a la que se podía haber llegado perfectamente por evolución", dice De Lorenzo. La tecnología podría adaptarse a plantas y otros organismos.

En plantas precisamente se utiliza a menudo la resistencia a la cianamida -un antibiótico que ya no se usa en enfermos- para seleccionar en laboratorio los organismos recombinantes. Luego estas variedades salen al campo con esos genes de resistencia. No es precisamente deseable, apuntan algunos investigadores. No obstante señalan que, en el peor de los casos, la dispersión de una resistencia a un antibiótico no sería, desgraciadamente, un problema nuevo ni introducido Por la ingeniería genética.

En los laboratorios se pueden usar otros trucos para seleccionar, como introducir en bacterias genes de la melanina para idendficar a las manipuladas por cómo se ponen de morenas. Pero ésto sólo sirve para experimentos en placas con pocos ejemplares.

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