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jueves, 8 de septiembre de 1994
Tribuna:

El oscurantismo medieval

  • Los grandes escritores pertenecéis a todos los países y a todos los tiempos
La escritora bangladesí Taslima Nasrin, de 32 años, contesta con esta carta a las publicadas en EL PAÍS por diversos intelectuales que desde julio secundaron la campaña de solidaridad de Reporteros sin Fronteras. Su novela Vergüenza, condenada por los integristas islámicos, será publicada en España por Ediciones B en noviembre.

Queridos amigos escritores:Sólo soy una humilde escritora que pertenece a un pequeño país. Y sin embargo, habéis cogido la pluma para liberarme de las garras del oscurantismo. Sólo yo puedo medir la importancia de este gesto. Os estoy infinitamente agradecida.

Existen todavía en este mundo personas de espíritu abierto, justo y razonable. He podido regresar a este mundo de luz tras una estancia en una habitación

ada, donde no se podía ni ver ni respirar realmente. Existen todavía seres capaces de alzarse contra las iniquidades: estoy orgullosa de haber podido acercarme a ellos. En realidad, todos los justos son miembros de una misma familia. Queridos amigos escritores, pienso en vosotros como en mis parientes más cercanos.

Aunque Bangladesh es un pequeño país, 200 millones de individuos hablan el bengalí. Nuestra literatura, con más de mil años, de antigüedad, se enorgullece' de su rica tradición. Los bangladesíes son los únicos que se han sacrificado hasta el martirio por su lengua. En 1971, en el transcurso de una sangrienta guerra, el pueblo de Bangladesh luchó para lograr la creación de un Estado bangladesí soberano, basado no en la religión, sino en la lengua y la cultura. En el interior del país, a los dirigentes de los movimientos democráticos y laicos se los pasó sin piedad por las armas. La élite cultural de la joven nación fue eliminada por los asesinos fundamentalistas en una matanza organizada. A los asesinos de ayer se los rehabilitó después y ocupan en la actualidad puestos respetables en el interior y el exterior del Gobierno. Hoy, una tenebrosa fuerza extranjera extiende sus vastos tentáculos sobre una nación que quería ser ilustrada.

¿Cómo no lamentar que un país fundado sobre los cuatro pilares del socialismo, la democracia, el laicismo y el nacionalismo haya suprimido de pronto de su constitución el principio del laicismo? Subrepticiamente, tiene lugar una conspiración para transformar esta nación en un Estado islámico. Desde siempre, nuestros Gobiernos de militares han intrigado en este sentido. El Gobierno actual, heredero de los anteriores, dirige el país por medio de esta Constitución circuncisa. Sabemos por experiencia que los bangladesíes pueden rugir, pero hoy el espíritu de la guerra de liberación se está erosionando y no se rebelan como lo hicieron en 1971. Por el contrario, los fundamentalistas se multiplican, sus voces se elevan in crescendo, sus fuerzas se consolidan, salen a la calle y la ocupan. Ahora, se desplazan por todo el país como dominadores, se reúnen y organizan comitivas y manifestaciones. Pueden chillar a voz en grito y formar un estruendo ensordecedor -algo que les habría resultado totalmente imposible inmediatamente después de nuestra independencia, cuando se escondieron en sus agujeros-. Ahora han salido. Los fundamentalistas ahogan con sus manos envenenadas toda voz valerosa que se alce contra el oscurantismo y la ceguera. Un día amenazaron con soltar un millón de serpientes venenosas en las calles de Dhaka. No veo la menor diferencia entre ellos y estos reptiles.

Durante dos meses, perdí poco a poco toda esperanza de vivir. Por todo el país había huelgas generales para pedir que me ahorcaran, cientos de miles de hombres se apostaban en las calles, organizaban largas comitivas, celebraban gigantescas reuniones, enviaban equipos de asesinos en mi busca, ponían un precio cada vez más alto a mi cabeza y juraban eliminarme por todos los medios. A la gente considerada progresista en nuestro país le daba miedo la idea de apoyarme; los partidos políticos multiplicaban las declaraciones en mi contra para recuperar electores. Entonces vinisteis vosotros a darme vuestro apoyo. Yo soy un ser muy normal. Mi vida no vale gran cosa. Mi muerte no pondría el mundo patas arriba, pero no dejaba de inquietarme -y sigue haciéndolo- el que una nación con tantas posibilidades acabe en esta situación. ¿Habrían quedado satisfechos los fundamentalistas después de matarme? No. Asesinarían a todos los progresistas laicos uno a uno. Si no somos capaces de pararlos ahora, muy pronto veremos lo que queda de este país.

Quieren introducir una ley contra la blasfemia. Si esa ley inmunda se aprueba, nuestros campos creativos se volverán estériles, nuestro mundo de las artes y la literatura quedará en bancarrota. Los fundaatalistas se mueren de impaciencia por devolver Bangladesh a un oscurantismo medieval. Vosotros, yo y toda la gente de buena voluntad del mundo tenemos la responsabilidad de salvar a mi país de sus garras asesinas.

Cuando se declara una guerra a muerte entre la pluma y la espada-, entre las fuerzas de la luz y las de la noche, la unidad de todos los seres con conciencia, sobre todo escritores y artistas, es infinitamente preciosa. Yo le debo la vida a esta unidad -escritores de numerosos países se han esforzado, juntos, para darme una oportunidad de vivir-.

Considero que todos vosotros, los grandes escritores, no pertenecéis a ningún país ni a ninguna época, pertenecéis a todos los países y a todos los tiempos. A vuestras manos, esas manos generosas que habéis ofrecido al derecho, a la justicia y a la razón, uno las mías.

Tenéis todo mi amor.

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