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martes, 19 de julio de 1994
Tribuna:

Alarma

La alarma social se ha convertido en uno de los centros de la razón judicial. Carlos Sotos y Paulino Barrabés están en la cárcel más que por lo que hayan hecho (cosa aún sin juzgar), por la alarma social que se ha creado en torno al escándalo de PSV. Rubio y De la Concha, ídem de las parecidas.Ahora, Berlusconi, primer ministro italiano, nos hace llegar una alarma social desde fuera: por decreto ha eliminado la prisión preventiva para los golfos encausados en la Operación Manos Limpias. Tanta alarma ha creado, que se ha producido una insurrección ideológica entre quienes le jalearon, porque se ve venir para España una posibilidad semejante. O sea, que provoca pánico que la alarma social deje de permitir a un juez encarcelar a quien él quiera.

A mí, por una vez y sin que sirva de precedente, la decisión de Berlusconi me ha tranquilizado, porque tanta cárcel sin fianza me provoca alarma individual. Las alarmas sociales, no es nuevo, alarman a los individuos. Hasta el punto de que mi parte individual pensó en marcharse del país si mi parte social se hubiera alarmado porque Nicolás Redondo estuviera en libertad.

En países como Italia y España, en los que hay leyes abundantes y se presume de que los derechos humanos se respetan, se ha puesto de moda que los jueces se alarmen socialmente y enchironen a discreción a los presuntos. Para nuestra desgracia, ha tenido que ser Berlusconi quien nos recuerde que existen las garantías individuales. No sólo frente a la policía y el Ministerio del Interior, sino también frente a los jueces y su sumisión a las alarmas sociales.

¿El que los jueces sean independientes garantiza que vayan a aplicar la ley de una manera equilibrada? ¿No nos da a todos un poco de alarma individual tan generosa discrecionalidad? Juicios rápidos, fianzas y retiradas de pasaportes. Un poco menos de entusiasmo carcelario.

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