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martes, 26 de abril de 1994

La cueva de Alcalá y los artistas

Cuatro escultores instalan su taller en una vieja casona

Alcalá de Henares, además de un museo al aire libre, esconde otras guaridas de arte, más secretas. Una casona antigua y descascarada, que se mantiene en pie conservando a duras penas los últimos destellos de su remoto señorío, da refugio a cuatro artistas jóvenes. Donde probablemente hubo alfombras anudadas a mano ahora hay regueros de pintura y trozos de escayola. En lugar de cuadros impresionistas, en las paredes cuelgan bocetos sin retocar y una nota con el teléfono de algún servicio de entrega de pizzas a domicilio. Iván de Lucas, Jorge Varas, César Rey y Gabriel Perezzan han devuelto la vida y la utilidad a un esqueleto de casa y se han repartido equitativamente las habitaciones para dar rienda suelta a su imaginación. Jorge Varas tiene su estudio en el desorden del éxito. Las cajas vacías que llevarán su obra a la ciudad alemana de Stuttgart lo cubren todo. Varas trabaja con distintos materiales: no desperdicia ni un solo trozo de hierro ni de piedra ni de bronce. Sin embargo, sus últimas obras son de madera y espejos: extrañas canoas que transmiten la idea inquietante de un viaje final. "A través de estas piezas me interesa dar una idea del tiempo y del viaje a su través. Los espejos son como los ojos del tiempo: ven, pero también reflejan. Marcan", confiesa el artista.Gabriel Perezzan es quizá el que ha desarrollado la obra más pictórica. Las habitaciones que ha elegido para trabajar están tapizadas de grandes planchas de vidrio tocadas de color.

César Rey parece un profesor de ciencia política de la California de los años setenta. En apariencia es el más contracultural del grupo, y lo confirman sus pasiones: jugar al billar y soñar esculturas. "Trabajo siempre a partir de una idea que engloba el material y la forma. Me obsesiona la idea de los ciclos, la idea de los retornos, el orden del caos". Se dedica en exclusiva a la escultura y sabe que "para poder hacerlo hay que renunciar a muchas cosas".

Se fue con el dinero de un premio, "muy poco dinero", a Nueva York. Cuando quiso regresar a Madrid se dio cuenta de que su apartamento estaba tan lleno de esculturas y de materiales -la mayoría de ellos encontrados en contenedores de basura, pues trabaja con desechos- que optó por regresar sin nada. En este momento trabaja la madera. De sus manos acaba de salir una canoa tan liviana de forma y espíritu que no parece una canoa, sino su hueco. Su estudio está completamente lleno de piedras.

Iván de Lucas es el más joven. Todavía vive en la duda del qué hacer, y de momento ha abandonado la escultura en beneficio de los muebles. Ahora es un ebanista. En sus habitaciones hay mesas, sillas y pies de lámparas.

Iván de Lucas pintaba antes de ser seducido por las vetas del palorrojo y la manzonia, dos maderas centroamericanas con las que ahora construye sus muebles. "No he estudiado diseño. Trabajo con dos ideas básicas: la utilidad y la belleza. Siento un placer especial al pensar que el trabajo que a mí me produce placer estético tiene, además, una utilidad. Comprendo que reduzco el problema del arte notablemente, a mí se me puede plantear la duda de cómo hacer una mesa, pero para qué" comenta.

En El Alamillo, una antigua explotación agropecuaria, que ahora sirve de refugio a cerrajeros, criadores de palomas, y a unos diminutos huertos para jubilados, trabaja Andrés Fernández Alcántara. Allí, en su barracón, rodeado degubias y alfabetos, trabaja la piedra hasta hacer surgir formas inquietantes. La evolución de este artista, ya reconocido, es notable y recoge de manera progresivamente cálida la infinidad de dibujos nacidos en la soledad de El Alamillo. "Combato el frío poniéndome a trabajar la piedra a primera hora, es un sistema infalible". Sus últimas piezas, la serie televisores, llevan a la caliza la radicalidad de su manera de entender el arte.

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