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jueves, 21 de octubre de 1993
Tribuna:

A ver

Con la entrada en la edad adulta, empecé a interesarme por un asunto: la decantación sexual de los nacionalismos. Una afición que no debería sorprender a nadie. La gente de mi generación y lugar vivimos, con 20 años y durante la transición, una edad de oro de la inteligencia. Entonces el nacionalismo español hozaba errático y avergonzado en las covachas del presente y su parienta, el nacionalismo catalán, no había desplazado al catalanismo en la realidad y en la conciencia de las gentes. Pero eso acabó pronto y desde los ochenta, por necesidades del guión, hemos tenido que dedicar lo mejor de nosotros mismos a la evaluación y crítica de los nacionalismos, un muy estúpido asunto desde el punto de vista intelectual, que ha acabado por consumirnos. Puestos a vagar por este páramo, cada cual se ha procurado especializaciones minimalistas. Yo quisiera llegar a ser un experto en eso que apunté al principio: lo macho y lo hembra aplicados al nacionalismo.Todo empezó para mí con la lectura de Amor a Cataluña, libro sensacional de uno de los primeros surrealistas españoles, el gran Giménez Caballero. Ese flujo seminal explicaba cómo, en 1939, la tropa macha de Castilla daba cuenta de la grácil fémina catalana. Es la crónica de una gozada. De la Gran Gozada. Luego, múltiples verificaciones no han hecho más que confirmar -a uno y otro lado del páramo- el arquetipo de una España prepucial y una Cataluña ovárica. Así, cuando los machos nos advierten que guardemos el respeto necesario -sea con lengua o el quince por ciento- para no despertar ese horrible monstruo nacionalista que llevan dentro, veo la tierra que habito, toda ella con faldita corta y sonrisa equívoca, y admito que, en efecto, vamos provocando y no es extraño que luego pase lo que pasa. Y sanciono, con ilusión, que el amor a Cataluña no mengua. Que otra vez quieren gozarnos, esos insaciables.

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