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jueves, 27 de mayo de 1993
Tribuna:

Aquella reaparición de Luis Miguel

Estaban todos, absolutamente todos. Los de siempre y los de los festejos. La noticia de su reaparición había provocado entusiasmo, cierta expectación y bastante morbo desde el mismo momento de ser anunciada. Los curtidos venteños recordaron viejas anécdotas y recurrentes episodios de fascinante evocación que eran tan irresponsablemente recontados por los ocasionales que pareciera como que la historia se evaporase. Junto a la veteranía, pero formando parte del mismo ambiente -mezclando torerías con lo último de...-, la gente guapa, el todo Madrid que se decía. Personajes de quita y pon, desubicados emocionales, náufragos de la conciencia que preguntaban por todo el mundo mientras comentaban, como en secreto, "lo de la posible implicación del excéntrico multimillonar¡o Howard Hughes en el Watergate".Unos revivían la genialidad torera de Curro Romero, que de Sevilla llegó con tan sólo media verónica en ocho toros, sin estar previsto, sustituyendo a Diego Puerta, y de Madrid salió victorioso, triunfante, "pedazo de torero"... A hurtadillas, pero con dos orejas bajo su chalequillo, las del toro Marismeño, de Benitez Cubero, que le dio, y no la quiso, la llave que le debía de abrir por octava vez la puerta de Madrid. Los otros eran emperifollados personajes de la ya entonces fructífera y rentable prensa del corazón, que, entre cumplido y canapé, se transmitían ávidamente lo último del dolor de la familia de Nino Bravo -muerto en trágico accidente el 16 de abril-, que hurgaban en los detalles del reparto de la herencia de Pablo Picasso -fallecido el 8 de abril- o que enredaban en los últimos cotilleos de la ajetreada vida familiar de aquella saga, uno de cuyos representantes iba a saltar a este albero, que no pisaba por feria desde hacía 24 años y en otras fechas desde hacía 13.

El ambiente en la plaza de Las Ventas la tarde del viernes 25 de mayo de 1973 superaba con creces todos los registros, todas las acepciones de la palabra expectación. Un día absolutamente primaveral, aunque con más calor de lo deseado, en el que todo era fiesta, en el que los reventas recuperaron del fondo de sus armarios sus mejores galas porque había que dar imagen para pedir como si tal cosa 1.000 pesetas por un tendido alto de sol. Se anunciaban toros de Atanasio Fernández (y daba igual que hubiera chanchullos en el apartado, que los hubo) para Paco Camino, Sebastián Palomo Linares y, sobre todo, Luis Miguel Dominguín, que, prisionero de la responsabilidad y de los recuerdos, padecía como nunca en esos desasosegados momentos previos hasta casi temblar, literalmente enjaulado en un infernal atasco madrileño en día grande de toros.

En la plaza, el volumen de la expectación rozaba el límite máximo de decibelios. Sólo un minuto antes de las en punto se abrió una brecha en medio de aquella orgía sensorial de palpitaciones, sudores y deseos, y entró el torero. Serio, circunspecto... De seda rosa, casi fucsia, escasamente poblada por originales adornos rematados en oro que decían diseñados por su querido y llorado Pablo Picasso. Corbatín negro sumergido en suaves y blanquísimas chorreras y chaleco elegante; discreto, pero elegante.

Todos habían ido a verle, a mirarle, a envidiarle... Apenas un grupito acudió con el ánimo de observar su toreo, pero ese talante, de tan inconsistente, apenas luchó por su hegemonía, dejándose llevar sin resistencia a la querencia del murmullo chismorreante. Apenas terminado el paseíllo, el bisbiseo adulador se convirtió en descarnada y puntillosa crítica que al cuarto capotazo ya fue vomitada con desbocada y cruel pasión. Luis Miguel ordenó por un instante una parálisis a sus músculos; oteó barreras, tendidos, gradas y andanadas, y susurró a todos, a los de siempre y a los de los festejos, un gallardo "peor para. vosotros". Luego elevó la vista y murmuró: "Pablo, ya lo! conoces, ya lo habíamos comentado". Luis Miguel Dominguín fue silenciado con desprecio y pitado con sorna, aunque, una vez más, ascendió vertiginoso hacia el titular de las crónicas de aquella tarde, por mucho que Paco Camino y Sebastián Palomo Linares cortaran una oreja cada uno: "Decepcionante reaparición de Luis Miguel en Las Ventas".

Javier Manzano es periodista.

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