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domingo, 1 de noviembre de 1992
Editorial:

Periodismo sin sospecha

EL SEGUNDO congreso de periodistas catalanes concluye hoy con la aprobación de un código deontológico de la profesión del máximo interés y cuya trascendencia social excede el ámbito de quienes se dedican a este oficio.Es un texto sucinto, que propugna normas de conducta profesional obvias para los grandes medios informativos de calidad de distintos países. Pero no resulta tan obvio en el periodismo español. En el Reino Unido o en Alemania existe una prensa sensacionalista a la que no importa equiparar rumor con noticia y crítica con injuria. Sus lectores -que son muchos- y toda la sociedad, saben que ése es su código de conducta y no le confieren la credibilidad que depositan en los periódicos de calidad. La libertad de expresión ampara la existencia de cualquier medio, por repugnante que parezca su estilo, siempre que acate las leyes. Pero el derecho a la información veraz garantiza también a los ciudadanos la posibilidad de establecer una separación clara entre la búsqueda de la verdad o el predominio de las sensaciones fuertes, entre el rigor y la frivolidad. Lo decisivo es el -deslinde entre ambas categorías, la frontera entre la información -por errores que pueda contener y perfectible que pueda ser- y la demagogia o la charlatanería.

Eso es lo que diferencia a nuestro país de los arriba mencionados. Al no existir en España una prensa del estilo de la tabloide -una posibilidad truncada por la dictadura y no recuperada después al llenarse ese hueco por la irrupción audiovisual-, se facilita la confusión. Así, determinados periódicos aparentan ser rigurosos sin serlo; algunas revistas ilustradas sólo ilustran mercancías averiadas, y viajan por las ondas tertulias cuyas bromas y veras esconden la simple bazofia injuriosa. De manera que todo ello conlleva el riesgo de contaminar la imagen del periodismo que pretende ser riguroso y veraz. Los excesos de algunos repercuten en demérito de la credibilidad de todos, y, en consecuencia, el periodismo español tiende a ser un periodismo bajo sospecha.

Para mayor sarcasmo, algunos de los comunicadores más sectarios -por cobrar de terceros, por imponer el chantaje sobre el contraste de fuentes y la competencia leal, por ejercer simultáneamente tareas incompatibles, por implicarse en turbias operaciones político-económicas- se autoerigen en paladines de la libertad de expresión, a base de confundir el oficio con los negocios. Por fortuna, el periodismo español es algo más que este totum revolutum, bastante circunscrito a determinados medios locales de Madrid con pretensiones de prensa nacional.

Con este telón de fondo, la conveniencia de incrementar la autoexigencia y autorregulación profesional para defender la libertad de expresión y la idea de incorporar al conjunto de la sociedad a un papel más activo en el proceso de la comunicación se convierten en urgencias. El código que hoy aprueban y postulan los periodistas en Barcelona resume con bastante exactitud este espíritu. Propugna instrumentos de trabajo elementales: no confundir información y opinión, ofrecer noticias fundamentadas, rectificar en caso de error, utilizar siempre métodos lícitos, rechazar retribuciones de terceros y trabajos incompatibles, no utilizar en beneficio propio informaciones obtenidas en el ejercicio de la profesión, respetar el derecho a la intimidad y el principio de la presunción de inocencia, tratar con especial cuidado las noticias relativas a menores o que puedan suscitar discriminaciones raciales o sexistas, etcétera. Son conductas obvias para un ejercicio honesto del periodismo. Pero son éstos unos tiempos en que hasta repetir lo elemental resulta indispensable.

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