El principio de todo
(A Clemente García, Jabato) La genética no miente en la montaña. Jamás lo hizo. Quienes la habitan son como la tierra que les vio nacer, a ellos y a sus antepasados, por los siglos de los siglos. Historiadores y antropólogos parecen haberse puesto de acuerdo en el siguiente veredicto: es más que probable que justo en esta zona los hombres empezaran a ser y a comportarse como tales. Ahí se inició la más primitiva de las civilizaciones.No tienen la sonrisa fácil en la montaña. Imposible que así fuera en una tierra en la que el tiempo no acompaña. Apenas un mes en el que el sol luce con cierta frecuencia. Y entonces, los montañeses son como son, van y se quejan echando pestes del agobiante bochorno. Las noches son siempre refrescantes y, al despertar, invariablemente se detectan las huellas del rocío. Alguien dijo que ésta era una tierra para superhombres, y quizá tuviese razón. Desde Castro Urdiales hasta el puerto de San Glorio, y desde Liencres hasta Pozazal, y así viene sucediendo desde tiempos inmemoriales, aquí la vida se reduce a una pugna tenaz y callada contra un clima desfavorable que parece querer ponerlos a prueba.
Uno, que secretamente convive con el reto de escribir una novela sobre la Montaña, acaba reconociendo que eso es en cierto modo imposible. Lo es en la medida en que habría de ser una obra sobre la Magia. Es por ello por lo que aquel célebre título de Thomas Mann inducía al error. La Montaña es mágica en esencia. Los montañeses pues, están forjados en hierro. Diríase que nada les inmuta. Ni las tormentas de varias semanas, ni los océanos de niebla que les envuelven durante un invierno que se prolonga por espacio de casi 10 meses. Eso ha moldeado su carácter. Tal vez por ello posean un corazón grande y noble.
Se trata de una tierra anclada en el pasado, por fortuna, pues a eso se debe que se mantenga intacta y pura, virgen y limpia como un oasis demencial de hierba en medio de otras regiones en las que la paulatina degradación del paisaje hace ya tiempo que inició su labor de zapa destructora. Es la orografía, feroz pero también gratificante, la que hace que Cantabria sea un tesoro siempre por descubrir. Desde cartagineses a romanos, pasando por árabes y diversos pueblos bárbaros, debieron pensar lo mismo al llegar aquí: "Mala cosa es esta". La ecuación vale para cántabros, pero también para astures y vascones. En estos lares la vida late con un pulso distinto y dicha sensación se percibe al llegar de la península y cruzar el desfiladero de Pancorbo o el puerto del Escudo. Cambia el color del cielo y de la tierra, huele de modo especial, la comida sabe diferente y las estrellas, cuando el. firmamento está despejado, parecen brillar con otra intensidad.
Pasiegos con la guadaña cuyos perfiles se recortan, mudos como estatuas, sobre prados infinitos en pendiente. He ahí una imagen de la muerte en vida. O de la vida enaltecida más allá de la embrutecida, mortecina inercia de las ciudades. El reto de describir a esos hombre deviene en absurdo, mejor mirarlos. A pesar de todo, puede afirmarse que hay dos Cantabrias. Una es la de la montaña, que es la más genuina. Otra, no menos bella y seductora, la conforman los pueblos marinos y la propia capital. ¿Qué decir de esta última que no suponga el inmediato placer del descubrimiento para los visitantes? La plaza Porticada, el paseo de Pereda, la avenida de la Reina Victoria, las Caballerizas Reales, el Promontorio, la calle de los Azogues, la Catedral, el Sardinero o la Península de la Magdalena son, por sí solos, ineludibles puntos de referencia que avalan la belleza de esta ciudad que en la última época se ha convertido también en centro neurálgico de eventos culturales, entre los que la Universidad Menéndez Pelayo descolla con fuerza propia. Lo mismo cabe decir del rosario de villas situadas en la costa, y que concentran la mayor parte del turismo. Playas como Somo o Mogro, Isla o Noja, como las de Laredo, Castro, Santoña, Suances, San Vicente de la Barquera o Comillas, con su espléndida universidad y sus pequeñas reliquias diseminadas aquí y allá, bastan para catalizar el interés de quienes optan por un mar bravío y a menudo traidor, siempre poderoso y fascinante. Tal es la magia de Santander, que a un tiro de piedra de lugares para el esparcimiento como los anteriormente citados, aparecen las cuevas de Altamira para recordarnos lo insignficantes que somos, o Santillana, como un brote surgido de la época de Las Cruzadas, con el parador de Gil Blas, la Torre del Merino, la Colegiata, la calle de las Lindas o el palacio de los Borja, con su magnífico arco de ojiva, y otros caserones cuya simple visión incita a la humildad.
La firma de los dioses
La belleza de Cantabria, sin embargo, reside en su interior. Allí es donde las cosas parecen haberse detenido en un pretérito casi indescifrable. Como si los dioses hubieran dejado su rúbrica celeste en esos cuatro hachazos que surcan la provincia: los Picos de Europa, los valles de Cabuérniga e Iguña y la Vega de Pas. Pocos marcos existen en todo el continente que posean ese hálito sobrenatural de los Picos de Europa. Nieves eternas, praderas regadas por las aguas del Deva, valles sin principio ni fin donde la brisa y el sol azotan cortando la piel.
¿Acaso es lícito intentar reproducir, aunque sea por escrito, tanta belleza concentrada? Tememos que no. Puede describirse la apariencia de la esencia, pero no la esencia misma. El secreto de ésta concierne a difusas jerarquías celestes, a embriagadoras fantasías de soledad. Sólo queda, pues, el reto de describir esa belleza. El valle de Cabuérniga, menos abrupto que la Liébana y sin sus cumbres monumentales, posee un mayor contraste y colorido. El segundo hachazo de los dioses va desde Cabezón de la Sal a Mataporquera. Allá está la reserva del Saja, auténtico paraíso donde aún pueden verse animales que se creían extintos. Allá hay inmensos hayedos y robledales donde pastan el ciervo y el corzo, donde deambulan jabalíes y osos, donde las rapaces vuelan alto y solemne. Carmona, Espinilla, Sopeña, Proaño, Fresneda o aldeas pintorescas como Los Tojos o Correpoco son el entrañable preludio a uno de los pueblos más famosos, Barcena Mayor, lugar que junto a Carrejo y Santibáñez dio cobijo a Carlos V y su séquito en el año 1517, quienes ya entonces debían estar al tanto de las maravillas gastronómicas de estos lares: carne de venado, truchas, embutidos de vértígo, berza y alubias blancas. Si el turista desea esquiar, ahí le esperan las estaciones de Braña Vieja o Alto Campoó. Si lo que quiere es contemplar un paisaje entre lunar e irreal, que suba al pico Tres Mares.
En esta tierra se amanece entre estáticas mareas de bruma que hablan el lenguaje de los bosques. Y el crepúsculo llega, como el alba, en medio de una sinfonía de cencerros que las vacas, sin atolondramiento pero sin pausa, agitan al pastar. Situado hacia el Este, aunque sin dejar la zona central de la montaña, entramos en el país pasiego. Abarca de Renedo de Piélagos hasta la Vega de Pas. Descendiendo desde la capital, al pasar Vargas, aparece Puente Viesgo con sus grutas prehistóricas del monte Castillo y ojalá que Spielberg no les descubra nunca. Luego entramos en el valle de Toranzo, zona de sobaos y quesadas, con sus casonas blasonadas de apellidos ilustres, estaciones balnearlas y palacios suntuosos, como el de Mercadal. Aquí el encanto rezuma enigmas milenarios, la propia Vega, San Pedro del Romeral o San Roque de Riomiera.
La Montaña es ahí, más que nunca, inaprensible y hermosa, un concepto que ensarta los sentidos y el alma, colmando aquellos y recordándonos que tal vez poseemos esto último. Quizá nunca nazca esa novela, quizá. Pero en el acercamiento visual a esta tierra de titanes subyace nuestra aventura mental, espiritual. Aceptemos, pues, el reto del intento. Tracemos el último esbozo. En el centro geométrico exacto de Cantabria, cruzándolo a modo de espina dorsal, el último de los hachazos, la así llamada cuenca del Besaya o ruta del Románico, tal vez una de las partes más desconocidas de la región por ser de tránsito, de Burgos o Palencia hasta la costa. La historia susurra leyendas entre parajes de ensueño. Lugar, en definitivas cuentas, en el que, de creer en la inmortalidad y sus ventajas, a uno le gustaría ser enterrado para así, de algún modo, poder estar más cerca de los dioses que de los hombres.
Mañana: Aragón Fugarse a Zaragoza Vicente Molina Foix