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lunes, 24 de junio de 1991
LAS VENTAS

Impresionante cogida de Luis Reina

Tremenda cogida la que sufrió Luis Reina cuando saludaba de capa al cuarto toro, que era sobrero y apabullante galán. Hizo mal en saludarlo. Toros así no merecen que se les trate con cortesía. Y no por apabullante galán; por pregonao. Luis Reina se hizo presente en los medios, capote bien dispuesto, y cargaba la suerte en las verónicas a pesar de que el toro las tomaba pegando cornadas. Sucedió lo que se temía: una de las cornadas alcanzó al torero, con tanta violencia que lo lanzó al aire como un pelele y cayó pesadamente de espaldas. Aún se revolvió el toro, vapuleando con las astas el cuerpo caído; un hachazo al cuello fue a parar al vacío, de allí al revuelo de capotes que ya estaban al quite; Reina consiguió incorporarse pero rodó por el suelo, perdido el conocimiento; subalternos y asistencias se lo llevaron a la enfermería a todo correr. La espantosa voltereta había traído el recuerdo de Julio Robles y Nimeño II... La consternación era muy grande.Quedó en la plaza el torazo pregonao, y a Emilio Silvera le correspondía el compromiso de lidiarlo. Las cuadrillas se portaron magníficamente. El peón José Castilla asumió personalmente la brega con valentía y eficacia, y José Luis Bote, siempre en su sitio y atento al quite, echó una mano cuando fue menester. Silvera macheteó por la cara pues el toraco estaba a la defensiva y lo liquidó de un sartenazo.

Albaserrada / Reina, Silvera, Bote

Cinco toros del marqués de Albaserrada (uno fue rechazado en el reconocimiento), con trapío y encastados; inválidos 4º (devuelto al corral) y 6º. 5º del conde de Cabral, cinqueño, terciado, feo y flojo. 4º sobrero de Sotillo Gutiérrez, de impresionante trapío, manso pregonao.Luis Reina: tres pinchazos, bajonazo y descabello (silencio); cogido al recibir al 4º. Emilio Silvera, que confirmó la alternativa: pinchazo y estocada corta perpendicular baja (silencio); media escandalosamente baja (aplausos y saludos); dos pinchazos bajos y estocada corta descaradamente baja (silencio). José Luis Bote: pinchazo y estocada corta trasera (ovación y salida al tercio); pinchazo, media trasera caída y cinco descabellos (palmas y saludos). Reina sufre traumatismos craneoencefálico y cervical con probable lesión ósea. Pronóstico grave. Plaza de Las Ventas, 23 de junio. Cerca de media entrada.

Al toro siguiente, un cinqueño del conde de Cabral, corto, cabezón, feo de cara y medio tullido, Emilio Silvera sólo pudo hacerle una faena voluntariosa. Mala suerte la del diestro onubense en la tarde solemne de su confirmación de alternativa, es cierto. Pero no es menos cierto que, antes, el Albaserrada de la confirmación había exhibido encastada nobleza. El pundonor de Silvera fue entonces evidente, mas su decisión para quedarse donde uno se debe quedar cuando de ligar los pases se trata, ya no lo fue tanto. La pérdida de terrenos al rematar las suertes, el escaso temple, quizá los nervios, produjeron que el toro de encastada nobleza acabara en el desolladero sin que nadie le hubiera hecho el toreo verdadero.

Los Albaserrada, ese y cuantos se llegaron á lidiar, tuvieron cierta bravura, casta buena y sólo les faltó mayor fortaleza física para dar el resultado que quieren los toreros cabales y admiran los aficionados de pro. Uno de esos toreros cabales es Luis Reina, y estuvo decidido -aunque no templado- con el primero, incierto por el pitón izquierdo, manejable por el derecho. Otro torero cabal es José Luis Bote.

José Luis Bote es torero cabal, desde luego, y tiene especial relevancia que se le esté viendo más torero -cabal- cada día. José Luis Bote lidia con autoridad y torea con exquisitez. Un toro flojo y otro absolutamente inválido ruidosamente protestado -cuya permanencia en el ruedo sólo se puede explicar desde la sinrazón del presidente- le impidieron redondear sendas faenas en las que interpretó el toreo puro, ciñendo la embestida y embarcándola con armónica suavidad. Cuando Bote adelantaba la muletilla, se traía al toro humillado, le daba salida detrás de la cadera y ya estaba de nuevo la muletilla delante para que la embestida no perdiera su celo, allí olía a torero. Es un aroma peculiar, que ni se compra ni se vende. A quien Dios se lo da, San Pedro se lo bendice. Y a quien no, pues va por la tauromaquia de figura profesional y trabajadora, ya le pueden echar encima cuanto incienso gastan en el Vaticano, que siempre le estará cantando el alerón.

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