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miércoles, 22 de mayo de 1991

César Rincon sube a los cielos

Ibán / Vázquez, Armillita, RincónToros de Baltasar Ibán, desiguales de presencia, varios pequeños aunque algunos en el tipo de su encaste, con cuajo 4º y 6º, flojos en general y con casta. Curro Vázquez: pinchazo, otro hondo ladeado, pinchazo y descabello (silencio); estocada corta atravesada descaradamente baja (algunos pitos). Armillita: pinchazo y bajonazo (silencio); estocada trasera, rueda de peones y descabello (silencio). César Ricón: dos pinchazos -aviso- y estocada, tirando la muleta en los tres encuentros (ovación y salida al tercio); estocada corta baja tirando la muleta (dos orejas); salió a hombros por la puerta grande.

Plaza de Las Ventas, 21 de mayo. 12º corrida de feria.

Lleno de "no hay billetes".

La apoteosis se le venía encima a César Rincón, y seguramente no se lo podía creer. El toro caía fulminado por efecto de una estocada mala, pero el éxito estaba conseguido, y ya flotaba César Rincón por entre las blancas nubes de la gloria. Le abrazaban las cuadrillas y el apoderado levitaba entre barreras con cara de querubín, mientras trepidaba el coso, el público en pie, rompiéndose las manos de aplaudir. Aquello debió de ser, para el torero, un sueño. Pero no era un sueño, era una realidad. Quizá una realidad mágica.

César Rincón había iniciado su ascensión a los cielos cuando se echó la muleta a la izquierda y el toro, un serio, fiero, encastado toro, pretendió arrebatársela pegando una arrancada temible. En aquel momento crucial se estaba dilucidando una cuestión de soberanía: o mandaba el torero, o mandaba el toro. Y el torero, en un instante de inspiración que quizá vaya a cambiar el rumbo de su vida, decidió tirar del toro hasta el centro del redondel, citarle allí de nuevo, y llevarle sometido en una tanda de naturales, que pusieron la plaza boca abajo y el toreo en la cumbre. Entonces se le entregó el toro y el triunfo ya fue suyo para siempre jamás.

Un triunfo que se produciría arrebatador. Quedaban lejos aquellas primeras tandas de derechazos, no muy seguras porque el toro pretendía imponer el poderío de su casta altiva. Quedaba lejísimos la interminable faena que aplicó al tercer toro, muy jaleada en algunos sectores de la plaza, pero también muy protestada en otros porque el toro era una birria. Todo aquello quedaba ya tan remoto que se perdía en el olvido y sólo permanencia la realidad mágica del momento presente; el toro dominado, el diestro dominador transformando en arte su pasión torera. Y el coso era un clamor...

Un tiempo antes estuvo todo preparado para que se produjera una apoteosis así, solo que se trataba de distinto torero y tuvo resultado adverso. Saltó a la arena un toro cuajado y noble al que Curro Vázquez recibió con verónicas torerísimas, luego mejoradas en el quite. Sus lances del delantal y la media verónica fueron, sencillamente, memorables. La gran faena se veía venir, el propio Curro Vázquez debió darla por segura, y empezó a construirla en terrenos del siete con ayudados a dos manos, una tanda de redondos... No pudo haber más. La casta del toro desbordaba la voluntad del torero, que no podía aguantar, menos aún conducir con templanza, aquella embestida agresiva que se le revolvía junto a los alamares.

Los tres primeros toros y el quinto fueron otra historia. Se trataba de toros chicos, efectivamente, aunque los hubo con el trapío propio de su encaste. Sobre el trapío aún no se ha escrito la última palabra, ni se escribirá nunca, porque es una apreciación subjetiva imposible de explicar. El toro tiene trapío o no lo tiene, independientemente de su tamaño. Por ejemplo, uno sostiene que aquellos torazos gigantescos de Garzón lidiados en la séptima corrida de feria no tenían trapío y, en cambio, el segundo de los lidiados ayer, protestado por chico, sí lo tenía.

De todas maneras, con trapío o sin él, los dos primeros toros llevaban dentro una casta vibrante en estado puro con la que no pudieron ni Curro Vázquez ni Armillita. El quinto estaba escuálido, mas su bronca mansedumbre planteó serias dificultades, que Armillita eludió macheteándolo por la cara. Y el sexto fue un toro, cuyo trapío nadie puso en cuestión. Un toro serio, de casta agresiva; un toro que habría de dar mérito a todo cuanto fuera capaz de hacerle quien se atreviera a ponerse delante, y si además sentía en lo profundo su pasión torera para transformarlo en arte, llevarle a la gloria. Y eso es lo que sucedió.

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